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La respuesta de la gran mayoría sería un contundente "sí". Pero Johan Norberg indica que las fundas plásticas son menos malas, al menos si las reciclamos utilizándolas para deshacernos de nuestra basura y luego son quemadas y convertidas en nueva energía. En cambio, una funda de papel tendría que ser usada al menos 7 veces para tener menos impacto que una funda plástica, esto es porque hacer una funda de papel requiere mucha más energía que hacer una funda de plástico. Pero todavía peor son las fundas de algodón: habría que usarlas al menos 327 veces para que tengan menos impacto que las fundas plásticas. 

No es un problema de colores políticos, y no es exclusivamente español. Sabemos que en otros países también se han producido episodios en los que algunos políticos han sido descubiertos engañando en la formación académica que decían ostentar, sea porque no la tenían en absoluto o porque la habían conseguido por vías irregulares, por ejemplo, plagiando sus tesis doctorales o recibiendo un trato de favor por parte de las universidades.

La pregunta es: ¿por qué? ¿Por qué se arriesgan las autoridades de forma tan temeraria a perder todo su prestigio y a arruinar sus carreras si tales maniobras son desenmascaradas?

Sospecho que la respuesta no nos remite tanto al rey-filósofo de Platón como a un fenómeno mucho más reciente, que tiene que ver con la hipertrofia de los Estados modernos, incomparablemente más grandes y onerosos que cualquier sistema político del pasado.

En nuestros Estados actuales, la política es demasiado absorbente, y ofrece oportunidades laborales suficientemente tentadoras, como para que sus protagonistas puedan dedicarse con intensidad a mejorar su formación. Y, al mismo tiempo, unos Estados tan voluminosos suelen legitimarse alegando que la política es un asunto técnico, es decir, un asunto que requiere a los mejores profesionales. Como esta contradicción es insoluble, algunos caen en la tentación de hacer trampas para resolverla de forma disfrazada.

Estos laberintos en los que se pierden algunos gobernantes podrían tener una salida que conserve su honor y no quebrante los derechos de los ciudadanos. Se trataría de reconocer que la política no es un tema principalmente técnico, y los mejores mandatarios no son los profesores más sabios, eruditos y geniales. El mejor ministro de Economía no debe ser Premio Nobel. Y el mejor ministro de Sanidad no debe ser el mejor cirujano. Lo que los políticos deben tener, sobre todo, no son doctorados sino principios. Por ejemplo, el principio de no mentir en sus titulaciones académicas.

Si esa sinceridad se combinara con la modestia de reconocer las fronteras de la inteligencia humana, podría potenciarse el principio político más importante para los derechos del pueblo, a saber, el principio de que la libertad no depende de la sabiduría de los poderosos, porque no depende de la forma del poder, sino de sus límites.

Publicado originalmente en El Periódico de Sotogrande (España) el 25 de abril de 2018.

Cuba: ¿qué transición?

Publicado por Juan Carlos Hidalgo

Raúl Castro ha dejado su puesto como el presidente de Cuba. Su reemplazo —Miguel Díaz Canel— no es sólo un hombre mucho más joven que Raúl (57), sino que es un civil. La imagen del dictador cubano de edad avanzada portando un uniforme verde olivo pronto pasará a ser cosa del pasado. ¿Será que estemos a punto de presenciar las versiones tropicales del glasnost y de la perestroika?

No debemos esperanzarnos.

Tal como ha dicho Antonio Rodiles, disidente del régimen cubano y activista de derechos humanos, creer que una transición democrática emanará del régimen es dejar que los sentimientos les ganen a los hechos. Para empezar, Raúl aún no se retira. Seguirá siendo el Secretario General del Partido Comunista hasta el 2021. Este es el bastión del poder en la isla. Eso no es todo, Raúl también permanecerá como el jefe de las fuerzas armadas. Al parecer, Diaz-Canel será sólo un maniquí de la dictadura.

En segundo lugar, Raúl ha estado arreglando todo para que su hijo, Alejandro Castro Espín, sea su remplazo como el Secretario General del Partido Comunista en 2021. Castro Espín es ya una de las figuras más poderosas y, sobretodo, temidas en Cuba. A su vez, el yerno de Raúl, Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, es el director del Grupo Administración Empresarial Sociedad Anónima (GAESA), el conglomerado militar que controla el 60 por ciento de la economía isleña. La familia Castro seguirá tomando todas las decisiones.

Para terminar, en los años recientes los dirigentes cubanos, entre ellos Díaz-Canel, han dejado muy en claro que el modelo estalinista que gobierna sobre la política y la economía cubana no es negociable. Aquellos que esperen que el nuevo presidente sea el Gorbachev caribeño se quedarán muy decepcionados.

Si hay un grupo que puede dar fe de la naturaleza brutal del régimen cubano —y de cómo la represión en contra de los disidentes ha ido en aumento estos últimos años— es el de las Damas de Blanco, quienes por una década y media han sido golpeadas y acosadas por rufianes del gobierno debido a sus demandas de que se liberen a los prisioneros políticos y a su lucha para obtener más libertades políticas y civiles. Estoy encantado que sea dentro del contexto de esta transición artificial en Cuba, que el Instituto Cato le haya otorgado a las Damas de Blanco el Premio Milton Friedman por la Libertad 2018.

Desafortunadamente, no existen razones para creer que la lucha por la libertad de las Damas de Blanco vaya a culminar con éxito pronto. La dictadura cubana permanecerá en su lugar, sólo que con un rostro más joven como máscara.

Publicado originalmente en Cato at Liberty (EE.UU.) el 19 de abril de 2018.

La mayor confusión en torno a la dolarización es la posibilidad que se acaben los dólares. Y por ende, que se caiga. Los proteccionistas del Socialismo del Siglo XXI son los principales promotores de esta hipótesis. Nada más equivocado. En un artículo anterior expliqué por qué salir del dólar solo tiene justificación política. Ahora entro en los detalles económicos.

El error más grande surge ante la confusión generalizada entre los conceptos de Reserva Monetaria Internacional (RMI) y las Reservas Internacionales (RI). La primera diferencia es estética. Si bien en ambos casos se trata de dinero colocado en el exterior, la RMI se circunscribe a países con moneda propia, mientras que las RI a los dolarizados. Es vital estar claros en esto.

Lo segundo es el propósito. En una economía con moneda propia, la Reserva Monetaria Internacional son activos del banco central colocados en el exterior (en dólares) como respaldo de sus pasivos locales (en moneda nacional). Por eso se sostiene que la RMI es una especie de garantía de las obligaciones con el exterior. Por ejemplo, si la RMI cae, el país tiene menos dólares para pagar las importaciones. En un caso extremo, si la RMI es cero, el país no sería capaz de pagar sus importaciones porque “nadie más tiene dólares”.

Por otro lado, en una economía dolarizada la Reserva Internacional son ahorros de los agentes económicos colocados en el exterior a través del banco central. Por eso, en el Ecuador dolarizado, el banco central no tiene más atribuciones que la reserva integral de los valores puestos a su recaudo. En contraste con la RMI, la RI no sirve de respaldo de las obligaciones externas del país básicamente porque la moneda local es la misma que la internacional. Cada dólar interno es su propio respaldo externo. En otras palabras, su valor es el mismo afuera que adentro y no existe riesgo de impago por falta de divisas porque “todos tienen dólares”. Considerando el mismo caso extremo que antes en el que la RI sea cero, el país aún podría seguir haciendo pagos al exterior porque los dólares son propiedad de los agentes económicos (asumiendo que no hay problemas en el sistema financiero). Por eso es errado pensar en la RI como un indicador de la salud o sostenibilidad de la dolarización. Lo es incluso utilizarla como un indicador del riesgo de una crisis de balanza de pagos. Los dólares están en poder de la ciudadanía, no del banco central.

Lo anterior nos lleva al tercer punto. Tomando en cuenta que estamos dolarizados, si tuviéramos que observar un indicador monetario para medir la capacidad de pago de obligaciones con el exterior sería la Liquidez Total, conocida en economía como la M2. Este indicador se refiere al total de dinero en efectivo, en cuentas corrientes y cuentas de ahorros que existen en la economía. En otras palabras, al total de dólares en el país. Esta, y no la RI, sería el respaldo para garantizar el pago de importaciones y transferencias al exterior. Por eso, entre mayor es la Liquidez Total (M2), más fuerte es la dolarización. Y eso solo se consigue con mayor actividad financiera (el dinero se multiplica a través del crédito, no imprimiendo), más aún con integración al mercado financiero mundial.

Hasta aquí por qué la RI no es lo mismo que la RMI ni de forma ni de fondo. Queda para el debate incluso si las RI son relevantes o no en dolarización. Su única función pareciera ser la diversificación del riesgo nacional con ahorros en el exterior. Y en el caso del Ecuador, como caja chica o colchón del Gobierno Central dado el control del Ejecutivo sobre el Banco Central (esto también lo comenté anteriormente).

Ahora bien, la pregunta de rigor es si la “fuga” de dólares es un problema que causaría que el Ecuador se quede sin dólares. Si se quisiera evaluar dicha “fuga” versus la disponibilidad (creación) de dinero, se podría analizar la variación de la Liquidez Total (M2) contra el resultado de la Balanza de Pagos. De acuerdo a información del Banco Central del Ecuador, entre 2009 y 2017 la liquidez de la economía creció en USD 33,614 millones mientras que el flujo neto de divisas (balanza de pagos) fue de USD -4,888 millones. Una prueba más ácida sería considerar solo las Especies Monetarias en Circulación (dinero en efectivo) que crecieron USD 10,760 millones en el mismo periodo. Es claro que no existe riesgo para los pagos al exterior, mucho menos para la dolarización. No es posible quedarse sin dólares.

BoP M2 EMC

En conclusión, ¿existe riesgo de crisis por balanza de pagos? No. ¿Existe un problema de circulante o liquidez en el Ecuador? No. ¿Es un problema actual, del pasado o del futuro la salida de dólares para la dolarización? No. ¿Es necesario restringir las importaciones para protegerla? No. La dolarización está más fuerte que nunca. Los verdaderos protectores de dólar son sus dueños, no el Gobierno, ni los políticos, mucho menos el Banco Central. No existe razón para restringir la salida de dólares.

Para finalizar, considero importante destacar que el rol más importante en un esquema dolarizado es el del sistema financiero. Un sistema financiero sólido y saludable fortalece la dolarización. Por eso es vital el respeto a los recursos privados de la RI y la apertura financiera. Que haya confianza y certidumbre para que el dinero no huya del sistema financiero. El Banco Central, no solo que no debe seguir utilizando los recursos de la RI porque no le pertenecen, sino que debería restituirlos completamente. Una medida contundente en pro de la dolarización sería promover la integración financiera mundial del Ecuador brindando facilidades para la operación de la banca internacional en el país.

Como ven, no hay razón para que se caiga el dólar. Menos para quitarlo.

Este artículo fue publicado originalmente en el blog Panchonomics (Ecuador) el 28 de marzo de 2018.

No hay forma consecuente de salir de la dolarización. Por eso, hablar de "protegerla" no tiene sentido. Abandonar el dólar sólo puede ser una decisión política para obtener mayor poder en medio de una situación adversa. Lo racional es mantenerla pase lo que pase.

Ecuador se dolarizó hace 18 años –desde el 2000. De ellos, 10 años tuvo déficit comercial. Cuatro entre 2000 y 2006, y 6 entre 2007 y 2017. Además, la balanza comercial no petrolera siempre ha sido deficitaria. Nunca se temió perder el dólar. Fue en 2014, tras la caída del precio del petróleo y el fortalecimiento del dólar, que el ex presidente Correa sacó el tema a debate para justificar el aumento de tributos a las importaciones y sostener el gasto público. El nuevo Gobierno, de la misma línea e ideología, continúa con la misma argumentación. ¿Es posible?

Consideremos la situación más temida. Fuga masiva de dólares. Pérdida de circulante en la economía nacional. Falta de dinero para pagos y transacciones. Caos financiero, retiro masivo de depósitos, quiebres bancarios. Crisis grave. En consecuencia, altas tasas de desempleo, pobreza y demás problemas socio-económicos. En cualquier economía este escenario es raro, más aún en dolarización. Pero aun si pasara, la des-dolarización no sería una alternativa. De hecho, sería lo peor.

Des-dolarizar es la opción con la que amenazan los políticos. Es una decisión política que solo puede ser justificada (erróneamente) en un ambiente de caos. Una opción teóricamente innecesaria y no deseada. Tanto, que la ciudadanía está dispuesta a pagar a ciegas (impuestos, sobretasas, etc.) por mantener sus dólares. Aunque es lo que quisieran la mayoría de los economistas y gobernantes, hacerlo solamente agravaría el problema monetario, la desconfianza y la crisis financiera. Nadie confiaría en la nueva moneda. La caída de precios y salario sería controlada artificialmente con el poder sobre la nueva moneda. Pero la economía no se ajusta, los precios no se corrigen como deben y se posterga la crisis. Como una gripe mal curada, volverá al poco tiempo y con síntomas agravados. La economía no se sana y la recuperación es un chiste. Todos perdemos, ganan los políticos y tomadores de decisiones. Recuperar el control sobre la moneda es tener más poder. Eso es lo que desean los gobernantes. Con la des-dolarización viene la devaluación.

Por eso la decisión más sensata dentro de ese panorama negativo es mantener el dólar. Pues sería lo único que gozaría de confianza a esas alturas. Sí, sería un golpe duro de sobrellevar con graves consecuencias sociales. Es lo más cercano a un ajuste real. Los precios y salarios caerían, habría una devaluación automática, de mercado, y sin filtro. Las ventas y las ganancias también. Se controlaría el pánico. La economía se corregiría sola. Luego viene la recuperación de la economía y el proceso de sanación porque nadie tuvo la potestad para elegir los ganadores y perdedores. Eso sí, no hay gobernante que sobreviva a esta historia. El dólar queda más seguro que nunca.

Como ven, ambos caminos tendrían consecuencias similares pero con magnitudes y perspectivas diferentes. Con la des-dolarización no habría corrección sino intervención de la economía. Debido a que es volver a una moneda local más débil, implicaría mayor desconfianza a futuro y poder de los gobernantes sobre el valor de nuestro dinero. Un escenario al que nadie quiere volver. Con un gasto público que no tiene límites las devaluaciones serían constantes. Si ya con falta de poder sobre el dólar encarecen las importaciones para restringir el comercio, qué no harían si lo tuviesen. El caso extremo de mal uso de ese poder es Venezuela. Devalúa todos los meses. Es claro que salir del dólar no sería la solución a la situación hipotética (e imposible) de falta de circulante con la que atemorizan los políticos de turno.

Por eso el dólar no se puede caer. No hay razón para des-dolarizar. Es una hipótesis que solo puede ser implementada por alguien con ansias de poder y control sobre la economía, o por algún otro que no la entiende y en una situación de extremo caos financiero. En el primer caso, ya tuvimos alguien que lo deseó y lo pensó, pero no pudo hacerlo porque no tuvo razones. Lo superamos. Ojalá en el futuro no nos toque aquel sin conocimiento sobre economía que piense que des-dolarizar es una opción.

Me quedo tranquilo porque la situación hipotética de fuga de dólares y desabastecimiento de dinero en dolarización no es posible (lea porqué en la siguiente publicación).

Publicado originalmente en el blog Panchonomics (Ecuador) el 26 de marzo de 2018.

Como brevemente comenté en mi último blog post, Ricardo López Murphy visitó el Cato Institute la semana pasada y compartió un momento con el equipo de ElCato.org. Aprovechamos para preguntarle, entre otras cosas, cómo ve a la Argentina en el largo plazo, qué sucederá con la inflación y la deuda externa, y su opinión acerca de Donald Trump.

En este primer segmento habla sobre las reformas que necesita Argentina. Explica la necesidad de que el país vuelva a un cauce más normal y común al de sus vecinos en materia de política fiscal y monetaria. "Necesitamos volver a reglas un poco más exigentes" afirma.

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Próximamente estarán disponibles los otros segmentos sobre inflación, gradualismo, deuda externa y Donald Trump.

"Argentina era un país muy exitoso hasta la segunda guerra mundial". Así comenzó hoy la presentaciónde Ricardo López Murphy en el Cato Institute. López Murphy fue ministro de Defensa, ministro de Economía y ministro de Infraestructura y Vivienda durante la presidencia de Fernando de la Rúa. ¿Qué fue lo que Argentina hizo mal? Aumentar el gasto público y las regulaciones.

Casi sesenta años después, el gasto público y las regulaciones siguen siendo los parámetros que representan el flagelo mayor para la economía argentina. El gasto público primario (sin los intereses de deuda) en 2015, casi duplicó al de 2002. Esto, sumado a la política monetaria expansiva durante los mandatos de Cristina Kirchner, resultó en una serie de obstáculos económicos que el gobierno de Macri heredó:

  • Crecimiento económico estancado desde 2011
  • Baja inversión
  • Alta inflación
  • Altos desequilibrios fiscales producto de la también alta participación del gobierno en la economía financiado vía impuestos distorsivos.
  • Altos niveles de pobreza
  • Distorsiones de precios en energía y transporte, por ejemplo.
  • Múltiples tipos de cambio
  • Regulaciones no sanas

Según López Murphy, el único "activo" que Macri heredó del gobierno anterior fue un nivel bajo de deuda pública y privada.

Ahora, ¿cuál es la estrategia con la que el nuevo gobierno está enfrentando esta herencia? Un crecimiento basado en inversiones, un objetivo inflacionario bastante ambicioso atado a una política monetaria más rígida y un aumento en la deuda externa para amortiguar la transición. Se espera también una eliminación de los subsidios a la energía y transporte en los próximos 4 años y una desmantelamiento gradual de regulaciones perjudiciales para la economía (esto comenzó con la eliminación del cepo cambiario en diciembre de 2015). De igual forma, se espera una corrección gradual en el ámbito fiscal, con un gasto público congelado en términos reales, y una reducción de impuestos para trabajadores de baja calificación. Sin embargo, estos dos últimos puntos, los que más comprometen a la economía argentina, prevén realizarse en el largo plazo. 

El riesgo de que esta situación no termine en una nueva crisis depende de cuán rápido se ataque el problema déficit fiscal. Mientras más se espere en reparar las cuentas fiscales, como ha venido haciendo el actual gobierno, más cerca estará Argentina de una futura crisis. A este gradualismo también se le suma el problema de apoyarse en deuda externa, además de otros factores externos que podrían afectar a la situación económica argentina: la recuperación de Brasil, los precios internacionales de los commodities, las condiciones financieras internacionales y otros factores climáticos que afectan directamente al sector agrícola argentino.

Los próximos pasos a dar deberían estar enfocados en sanear la situación fiscal de inmediato. De no ser así, no sería descabellado pensar en una posible recaída al populismo.  

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