Cuando Ecuador se dolarizó, yo era un niño de 8 años. No me importaba ni la cotización del dólar ni el petróleo. Sin embargo, uno de los recuerdos que tengo es que de las pocas monedas de Sucres que me quedaban de la escuela, le pedí a mi papá que me las cambiara por dólares. Mi papá se rió al ver que mi puñado de soberanas monedas no alcanzaba ni para diez centavos de dólar.
Triste por el intercambio fallido, ahorré en una alcancía hasta que logré cambiar mis sucres por 1 dólar. Se sorprenderían de ver el tamaño de la bolsita --cerca de 4.000 sucres en monedas de 10, 50, y 100. Eran los tiempos de la devaluación del Sucre, entre enero de 1999 y enero del 2000, el Sucre se depreció 400%, y la inflación llegó al 60,7%.
En menos de un año, ese dólar pasó de $4.000 sucres a $25.000, y se emitieron billetes de hasta $50.000 sucres. La moneda de 1 sucre prácticamente dejó de circular, pues con ella no se podía comprar nada, literalmente, los “tazos” que venían en las funditas de papas valían más que 1 sucre.
Finalmente, en el año 2000, el Sucre desapareció, y con el, la inflación. Cuando crecí, comprendí la razón: el gobierno emitía moneda sin respaldo.
Hoy, Venezuela y Argentina enfrentan un monstruo similar, siendo Venezuela el país con la inflación más alta del mundo, además de un sistema cambiario sumamente complejo que limita el acceso a monedas extranjeras. Existe desconfianza en los mercados acerca del Bolívar y del Peso. La inversión no se asoma por estos países, e incluso ha aparecido la escasez de productos básicos.
Este será el último año de Cristina Fernandez de Kirchner en la Argentina, y quizá, también el último de Nicolas Maduro, según pronostica un artículo de Heinz Dieterich, padre del socialismo del Siglo XXI. Pero, después de ellos ¿Qué hacer?
Las economías venezolana y argentina requieren urgentemente recuperar la confianza de los inversionistas y detener la inflación. Para ello, medidas a mediano plazo serían de aplicar y aún más de mantener en países donde el clientelismo político se ha vuelto un modus vivendi.
Lo mas recomendable sería seguir el ejemplo ecuatoriano, que equivale a cortar el nudo gordiano de un solo golpe: dolarizar, quitándole así la facultad de imprimir moneda a sus gobiernos. Es la única medida que de inmediato, podría acabar con la inflación y devolver la confianza a los mercados, para bien de los argentinos y venezolanos, pues la inflación es un impuesto camuflado que se roba el valor de sus ahorros.
La dolarización es el verdadero milagro ecuatoriano que ha traído casi dos décadas de estabilidad financiera, renovó la confianza de los inversores, acabó con la inflación, y por ende, mejoró la capacidad adquisitiva de los ecuatorianos. Creo que es tiempo de que Venezuela y Argentina se planteen esta opción, que será vital en la época post-Maduro y post-Cristina.

Algo feo del carnaval cruceño es el abuso que se comete contra bienes públicos y privados que son pintarrajeados, ensuciados y orinados por los participantes. No debe ser nada agradable para el propietario de un negocio o para un habitante del centro de la ciudad amanecer el miércoles con su pared manchada con pinturas. Pero los carnavaleros no son los únicos que pintarrajean y ensucian la ciudad; los políticos cada cierto tiempo hacen lo propio. Cada elección viene precedida por una avalancha de afiches, banderines y pinturas que, como un tsunami, inundan, ensucian y afean la ciudad. La propaganda política no respeta nada: uno puede ver un canal de desagüe pintado con los colores de un partido, los postes de luz adornados con banderas de otro partido o las paredes de domicilios privados bombardeada con afiches de un candidato tapando los afiches del contrario.
En el Perú viene desarrollándose una tendencia de la juventud a organizar marchas para protestar por los problemas que ellos entienden prioritarios. A partir de ello, es recurrente escuchar entre los jóvenes que “la política está de moda”. Si tanto tiempo hemos venido reclamando la apatía juvenil, deberíamos aplaudir entonces que los jóvenes de hoy, hacen ejercicio de su libertad de expresion y además participan de los asuntos públicos, sin embargo en la esencia de este repentino interés de la juventud en política hay dos problemas que deberían preocuparnos.