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Archivo por Marzo 2015

Crisis de mediana edad, inmadurez o al borde de la jubilación, podrían ser los diagnósticos que –mirados históricamente- pueden hacerse respecto del modelo económico chileno.

Efectivamente, en abril próximo se cumplen 40 años desde que Jorge Cauas anunciara al país la puesta en marcha del Plan de Recuperación Económica (más conocido como "El Ladrillo"). Exactamente un mes después de que Milton Friedman visitara el país.

Pero lo que no debe olvidarse es que dicho Plan, tuvo su origen en el convenio entre la Universidad de Chicago y la Universidad Católica, originado en 1955 –hace 60 años- cuando un grupo de profesores, entre los que destaca Arnold Harberger, visitaron Chile.

Por entonces gobernaba el país el ex general Carlos Ibáñez del Campo, quien –ahora en su segunda administración- había prometido barrer a los políticos y acabar con el gran flagelo de la inflación que frenaba el crecimiento económico. Sin embargo, a esa altura, tras casi 3 años de gobierno, se había mostrado incapaz de dar solución a las expectativas puestas en él. De ser el “general de la Esperanza”, se convirtió en el ejemplo de la incapacidad, desilusión y frustración para enfrentar el problema económico de la inflación, responsable de la falta de crecimiento del país.

La situación económica era no sólo la de un país pobre, sino que dramática. La inflación alcanzó la cifra record de 83,81% y el PIB per Cápita era de apenas US$4.242, en tanto que el costo de la vida era 18,83 veces el de 1938, convirtiendo al país en uno más de las naciones latinoamericanas estancadas en el subdesarrollo que habían optado por un modelo keynesiano, intelectualmente influenciado por CEPAL, con fuerte énfasis en el Estado como motor del desarrollo, pero que para entonces ya había comenzado a dar señales de estancamiento.

No es raro entonces que en 1955 se buscaran nuevas alternativas, que por entonces coincidieron en los hechos, diagnósticos, recomendaciones y propuestas de soluciones alternativas con una visión liberal, que proponían cambiar el énfasis y pasar desde una económica estatista y cerrada a una abierta con un menor papel del Estado y un fuerte énfasis en la iniciativa privada. El problema, es que estas recomendaciones tuvieron que esperar otros 20 años -hasta 1975- para implementarse cuando lo hicieron bajo el paraguas del “Plan de Recuperación Económica”, permitiéndole a Chile colocarse a la cabeza del progreso en la región latinoamericana.

En ese año 1955, Ibáñez, sin saber qué camino tomar, contrató los servicios de la Misión Klein–Saks, que en términos generales recomendó abrir la economía, reorganizar la administración pública, suprimir subsidios, eliminar controles de precio y bajar el gasto público. Recomendaciones semejantes a las que hizo en torno a la misma fecha el profesor de la Universidad de Chicago: Arnold Harberger.

Sin embargo, lo que podría parecer un diagnóstico foráneo, y sobre todo “norteamericano”, coincidía con algunas voces locales que compartían el camino a tomar. En términos individuales ya lo habían expresado con anterioridad Héctor Rodríguez de la Sotta y el propio Pedro Ibáñez Ojeda, primer miembro chileno de The Mont Pelerin Society, en tanto que a nivel de opinión pública, fue el diario El Mercurio el principal impulsor de la Misión Klein Saks, y más tarde de las ideas de los Chicago Boys, convirtiéndose en “difusor del pensamiento político económico liberal”.

Pero también, coincidió con este análisis de apertura económica la postura de Jorge Alessandri Rodríguez, quien como Presidente de la Confederación de la Producción y del Comercio, realizó un diagnóstico de lo que denominó “La verdadera situación económica y social de Chile en la actualidad” (septiembre de 1955). En ella, el ex Ministro de Hacienda de Gabriel González Videla y futuro presidente de la república en 1958 describió un cuadro de lo que para entonces habían sido los últimos quince años del panorama económico, político y social del país (1939 en adelante), el cual, para 1955 calificó como “angustioso”.

Lo importante es que, tal como señaló Alessandri –y los análisis tanto de la Misión Klein Sacks, los profesores de Chicago y el propio “Ladrillo”,  no se trataba de eliminar todo tipo de intervención estatal, como erróneamente han planteado en el último tiempo algunos columnistas que acusan falta de ideas y prácticamente la “eliminación” del Estado.

Al contrario, en palabras de Alessandri:  “no somos contrarios a la intervención estatal cuando ésta se encuadra dentro del rol que nadie podría discutir al Estado en estas materias, y en el cual su acción no sólo es beneficiosa sino necesaria como es orientar, estimular y coordinar la economía general del país. Lo que sostenemos es que la dura experiencia de 15 años hace imperioso que, sin mayor tardanza, se definan la órbita y las relaciones entre la acción económica del Estado y la de la empresa privada”.

Chile: ¿Crisis de madurez, mediana edad o al borde de la jubilación? Lo concreto es que este 2015 nos servirá para dar una mirada histórica a la mayor transformación económica que ha tenido Chile en su historia.

En el episodio 8 de "Free to Exchange" (en inglés), dirigido por Dr. Benjamin W. Powell, comparto programa con Bryan Caplan de George Mason University. En la segunda mitad (minuto 15:30) del programa hablamos sobre la situación económica e institucional de Argentina y Latinoamérica.

Hace dos semanas escribí un artículo en El País donde presenté el caso contra la propuesta de la administración Obama de entregar cientos de millones de dólares en ayuda externa a gobiernos de Centroamérica con el objetivo de luchar contra el crimen organizado, promover la seguridad y fomentar el desarrollo económico. En mi nota escribí que “…dar mil millones a gobiernos con lúgubres historiales de transparencia y derechos humanos empoderará a políticos corruptos en detrimento de los centroamericanos a los que se pretende ayudar”.

La semana pasada, Jesse Franzblau publicó un artículo bastante revelador en The National en el cual demostró cuán contraproducente esta ayuda puede ser. En su ensayo, Franzblau publicó documentos clasificados que muestran cómo las autoridades estadounidenses han continuado enviando millones de dólares a las agencias de seguridad mexicanas a pesar de saber que esas mismas fuerzas se encuentran infiltradas por los carteles de las drogas. Este dinero era parte del Plan Mérida, un programa de $2.600 millones destinado a ayudar a México en su lucha contra los cárteles de la droga.

En algunos casos, los documentos parecen demostrar los esfuerzos de los funcionarios de EE.UU. para encubrir o minimizar graves abusos contra los derechos humanos cometidos por las fuerzas de seguridad mexicanas de tal forma que no se viera afectada la continuidad del Plan Mérida.

Como Franzblau señala:

Si bien las leyes de EE.UU. explícitamente prohíben la entrega de ayuda tanto a extranjeros como a unidades implicadas en la violación sistemática de derechos humanos, la información interna sobre la implementación de los programas de Mérida revela que las conexiones institucionales con el crimen organizado se pasan por alto constantemente, son ignoradas u ocultadas del escrutinio público; al mismo tiempo que el dinero sigue fluyendo para la lucha contra las drogas.

Esto es sumamente serio. En lugar de ayudar en la lucha contra los cárteles de la droga, la asistencia de EE.UU. podría estar otorgándoles más poder. Como mencioné en mi artículo, hay evidencia bien documentada acerca de cómo los organismos de seguridad y los sistemas judiciales de los países centroamericanos han sido infiltrados por poderosas organizaciones criminales, desde los cárteles de droga hasta maras.

El artículo de Franzblau también muestra un fenómeno bien documentado acerca de la ayuda externa: una vez que comienza a ser distribuida, la burocracia encargada de administrarla tiene un incentivo para ignorar la evidencia respecto si se está cumpliendo sus objetivos o si más bien resulta contraproducente, ya que cancelar la ayuda pondría en peligro la existencia de la misma burocracia. En este caso particular, Franzblau menciona que "los funcionarios estadounidenses eran muy conscientes del efecto que los informes de abusos podrían tener en el Plan Mérida".

No hay razón alguna para creer que el oneroso plan de ayuda de la administración Obama para los gobiernos centroamericanos no sufrirá los mismos defectos que Jesse Franzblau expone en su artículo.

Este post fue publicado originalmente en Cato @ Liberty el 2 de marzo de 2015.

Tres cosas me han hecho reflexionar sobre la verdadera eficacia de la democracia:

La primera es que Guatemala es el país de América Latina con la mayor cantidad de partidos políticos. Al mismo tiempo, poseemos la menor cantidad de afiliados a un partido en toda la región. Se calcula que, para nuestras próximas elecciones en 2015, serán 31 partidos competiendo.

La segunda es que por definición, la democracia es el medio a través del cual la sociedad civil se comunica con su gobierno. Y es obvio que hay un problema con esta comunicación en nuestra nación: los interlocutores (los votantes) pareciéramos tener espacios de sobra (31 partidos) para podernos expresar y, al mismo tiempo, vemos estos espacios como un desperdicio en los cuales no merece la pena desperdiciar ni recursos, ni tiempo, ni energía.

Cuando votamos, la “mayoría” no lo hacen por afinidad a una idea ni a un plan, sino porque la personalidad del candidato escogido es “más simpática” que la de las otras opciones. Pregunto: ¿Dónde está esa mayoría democrática representada? De 14 millones de habitantes, 8 estamos empadronados y de esos 8, votamos 3,5 millones si mucho. La matemática demuestra que la mayoría de 14 no es 3,5. ¿Es correcto entonces seguir neciamente afirmando que la democracia es la voluntad de la mayoría?

La tercera idea que cuestiono es justamente ese concepto de “voluntad de la mayoría”. Si hay un sistema dispuesto a tomar en cuenta todos los puntos de vista existentes para tomar una decisión, surge el problema de averiguar:

¿Cuál es la postura que entonces debe seguirse y aplicarse entre todas las que hay? ¿Qué pesa más? ¿El derecho del homosexual a casarse? O, ¿el derecho de los conservadores de impedirlo? ¿Qué pesa más? ¿La libertad de locomoción de los transeúntes? O, ¿El derecho a energía gratis para un grupo y bloquear calles hasta obtenerlo?

Cuando un problema pareciera no encontrar una opinión lo suficientemente racional capaz de posicionarse por encima del resto de opiniones, ¿por qué insistimos irracionalmente en buscarle una solución “democrática” a dicho problema?

La diversidad de pensamiento es buena y, hasta cierto, punto necesaria entre los grupos. Refleja una visión global de cualquier circunstancia, permitiéndonos a cada uno decidir en dónde está ubicada nuestra propia afinidad, acoplándonos al o los grupos que contengan las ideas que racionalmente compartimos y defendemos, frente a las posturas de otros grupos.

El individuo se ve obligado a cuestionarse: "¿qué postura se acopla verdaderamente a mis ideas y principios?" Cuando los individuos subimos nuestra “vara” racional, a los partidos no les queda otra que subir la suya para atraernos. Así es como forzamos a los partidos a definir los principios y las ideas en las que su coalición cree y defiende.

La democracia está para permitir la participación de todos dentro del sistema, no para cuajar todas las voluntades, o para guiarse todo el tiempo por una sola. En ningún momento la democracia es el único camino existente para conciliar todas las opiniones que hay en una sociedad.

Si la democracia lograra esto se anularía en si misma. Si todos tienen que pensar lo mismo, opinar lo mismo, y apoyar lo mismo que apoya una mayoría, entonces todos paramos viviendo en una dictadura.

Muchas veces, la postura que debe seguirse es la de renunciar al mismo sistema democrático como conciliador, y confiar en que la misma sociedad y la diversidad propia de ella. Los individuos son los mejores conciliadores que existen para lograr el respeto de la libertad de cada uno de los que vivimos dentro del sistema y no solo de unos grupos.

Como muchos filósofos griegos que se dieron cuenta que el eterno problema con la democracia es “¿dónde están sus límites?”, nosotros también debemos empezar a ponerle límites claros a la nuestra si es que no queremos seguirla perdiendo cada 4 años.

De manera reiterada algunos insisten que el liberalismo es una idea sin sustento moral que no toma en cuenta a los demás, como si lo relevante consistiera sencillamente en hacer valer al más fuerte sobre el débil. Esta idea, sin embargo, no solo es un gran error sino también implica desconocimiento de la filosofía de la libertad que, debo reconocer, lamentablemente también es culpa de muchos liberales, entre los que me incluyo, por no promover suficiente información y debates sobre el tema.

Con solo mencionar la legítima defensa de cada individuo de hacer respetar su vida, libertad y propiedad, reconocida como la trilogía liberal; así como la de no enriquecernos a costa de otro sin justa causa, estamos reconociendo en el pensamiento liberal una profunda raíz de contenido moral. Lo que hacemos repercuten sobre los demás, ya sea para bien o para mal.  Esto significa que nuestros prójimos son importantes en nuestras vidas, que somos responsables por nuestros propios actos y de las consecuencias que acarrean los mismos.

La propiedad, por ejemplo, es sagrada para los que abrazamos la filosofía liberal no porque se circunscriba a un bien tangible determinado sino porque es un derecho de raigambre moral. De ahí que para los socialistas y tantos otros colectivistas, la propiedad sea un objeto material, cuando que para el liberal clásico es un principio que surge de la misma actividad humana, del fruto del trabajo. ¿Una persona que no puede disponer de su esfuerzo a qué se asemeja? Se asemeja a aquel esclavo que depende otros para vivir y ejercitar su libertad en plena conciencia de sus actos. Las bases morales son importantes.

El real milagro de Chile

En marzo de 1975 --hace 40 años-- Milton Friedman visitó Chile. Por entonces había incertidumbre sobre la situación económica del país, y el profesor de la Universidad de Chicago pudo apreciar “en terreno” la situación que se vivía. En la ocasión dictó una conferencia en la que abordó: 1) El déficit fiscal como origen de la inflación; 2) El gradualismo o tratamiento de shock; 3) Las medidas que debían adoptarse para superar el período de transición; manifestando que el problema de Chile eran dos: La inflación y el fortalecimiento del mercado libre.

Años más tarde, en 1991, ya teniendo a la vista los resultados del “Plan de recuperación económica implementado un mes más tarde de su visita, en abril de 1975, dictó otra conferencia, esta vez en el Smith Center en California State University, oportunidad en la que se refirió al éxito de lo que por entonces algunos denominaban “el milagro chileno”.  En la oportunidad señaló: “El real milagro de Chile no es cuán bien le ha ido económicamente; el verdadero milagro es que una junta militar haya querido ir contra sus principios e instaurar un libre mercado diseñado por seguidores de dichas ideas”. Es decir, lo ocurrido en Chile no fue un milagro sin explicación, sino que obedeció al poder de una idea, la idea de la libertad, como señaló José Piñera, uno de los Padres Fundadores del Chile actual.

Hoy, a 40 años no sólo resulta oportuno recordar dicha visita, sino también las palabras que el propio Friedman pronunció en 1991, cuando afirmó:

“En Chile, la presión por la libertad política, que fue (en parte) generada por la libertad económica y los exitosos resultados económicos, terminó en un plebiscito que introdujo la democracia. Ahora, luego de largo tiempo, Chile tiene las tres cosas: libertad política, libertad humana y libertad económica. Chile seguirá siendo muy interesante de observar, para ver si puede mantener las tres simultáneamente, o ahora que tiene libertad política, ésta no vaya a ser usada para destruir o reducir la libertad económica”.

En medio de la coyuntura actual que vive este país sudamericano, ambos momentos, cobran plena relevancia.

Puedes leer el texto de la Exposición de Milton Friedman, como así también varios ensayos relativos a su visita en el libro  Un legado de libertad. Milton Friedman en Chile.

La palabra "extranjero" en Panamá

Publicado por Diego Quijano

Justo Arosemena en el retiro de MadridCualquier visitante de Madrid no debe perderse la oportunidad de echar un buen paseo por el parque de El Retiro. Discretamente situado entre sus arbolados caminos se encuentra un monumento dedicado a Justo Arosemena, “padre de la nacionalidad panameña”. Está ubicado en la pequeña plaza Panamá, que aunque ocupa una fracción de las 118 hectáreas del parque, no deja de ser elegante. ¡Y qué cita la que adorna el monolito!: "La Patria del Hombre es el mundo y si en mi consistiera borraría de todos los diccionarios la palabra 'extranjero'".

Don Justo querría para este Istmo una sociedad abierta, que buscara el imperio de la igualdad ante la ley sin discriminación por raza, sexo, religión, clase social, ideología o lugar de nacimiento. Es la visión de un pueblo que prosperaría sin distinguir entre nosotros y los otros: "Pro mundi beneficio", como se lee en nuestro escudo de armas.

En Argentina, el escritor Jorge Luis Borges reflexionaba similarmente que: "Soy un cosmopolita que atraviesa fronteras porque no le gustan". No le gustaban porque le encantaba la literatura y la historia anglosajona aunque escribiera en castellano, porque creció en Ginebra y porque su sangre era un potpourri de nacionalidades…

"Soy una ciudadana europea, de origen búlgaro, de nacionalidad francesa, que se considera una intelectual cosmopolita", nos insiste también la filósofa y autora de Extranjeros para nosotros mismos, Julia Kristeva. Y es que ¿qué somos sino un conjunto de muchas cosas? La identidad de cada uno es dinámica y compleja, algunos aspectos se comparten, pero otros —quizás la mayoría— son únicos.

Una de las reglas de oro de la ética, que encontramos en el seno de la tradición abrahámica, es: No hagas a los otros lo que no quieres que te sea hecho. La sabiduría acumulada en el Talmud o la Biblia reconoce que la fuente de grandes injusticias y mucho sufrimiento proviene de violar esta regla.

En el libro del Éxodo, por ejemplo, se advierte: "Y al extranjero no engañarás ni angustiarás, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto". La aplicación de la regla de oro es clara: recuerda que fuiste extranjero una vez y podrías volver a serlo. En el Levítico también se recalca: "No habrá para ustedes más que un derecho, válido tanto para el extranjero como para el nativo". Se trata de una norma que nadie en particular ideó y que se desarrolló evolutivamente. Como nos explica el economista austriaco Friedrich von Hayek, es el tipo de reglas cuya adopción, a lo largo de la historia, fue determinante para que ciertas sociedades perduraran y florecieran.

Es irónico y lamentable que la cita de don Justo haya encontrado digno "retiro" en el exilio madrileño y que en su tierra a diario crezca el provincialismo. Si bien los ataques han sido verbales, mañana podrían establecerse limitantes más tangibles. Esto, gracias a personas que reclaman una patria para los suyos, queriendo excluir a otros, colocándolos como ciudadanos de segunda categoría y no en igualdad ante la ley, con el mismo derecho a ofrecer su trabajo libremente, adquirir propiedades, crear riqueza material, cultural y espiritual, formar una familia, amar y cometer errores.

"La patria es el recuerdo... Pedazos de la vida
envueltos en jirones de amor o de dolor;
la palma rumorosa, la música sabida,
el huerto ya sin flores, sin hojas, sin verdor»
.

¡Qué melodía tan distinta clama el poeta panameño Ricardo Miró! Borges le habría replicado que esa también era su patria:

"Hablan de patria.
Mi patria es un latido de guitarra, unos retratos y una vieja espada,
la oración evidente del sauzal en los atardeceres"
.

La patria es donde se forman recuerdos, donde hacemos vida. El Panamá que deseo es aquel donde cualquiera que venga voluntarioso y respetuoso del derecho ajeno, pueda hacer su patria, porque la patria la construye cada uno, indistintamente de su origen.

Una versión de este artículo fue publicado en Revista K, octubre de 2014, Panamá.

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