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Archivo por Septiembre 2010

Confirmando la reciente confesión de Fidel Castro de que "el modelo cubano ya no funciona ni siquiera para nosotros" (¿será que alguna vez funcionó?), el gobierno de La Habana ha anunciado el despido masivo de 500.000 trabajadores estatales durante los próximos meses. Esto constituye aproximadamente el 12 por ciento de la fuerza laboral pública (y el 10 por ciento de toda de la fuerza laboral en la isla).

La gran interrogante es si el magro sector privado puede absorber un flujo así de grande de trabajadores en un periodo tan corto. Mi opinión es que la única vía para que Cuba logre esto es liberalizando agresivamente su economía: privatizando gran parte de las industrias y fincas, reduciendo la tramitología, liberando los precios, bajando los impuestos (los cuales afectan desproporcionadamente al diminuto sector privado) y eliminando miles de restricciones sobre las empresas privadas que actualmente obstaculizan el emprendimiento. Esto, por supuesto, significa abandonar por completo el modelo comunista vigente y encaminarse hacia un sistema capitalista. Por ahora, las reformas implementadas por Raúl Castro desde que este llegó a la presidencia hace tres años han sido demasiado tímidas y en algunos casos hasta contraproducentes.

Como escribió Oleh Havrylyshyn, ex viceministro de Finanzas en Ucrania, en un estudio publicado por el Cato Institute acerca de la transformación de las economías poscomunistas, las reformas rápidas (en vez de las graduales) derivan en mejores resultados en términos de tasas de crecimiento más altas, desempleo más bajo, mayor captación de inversiones, etc. De manera interesante, Havrylyshyn también descubrió que "todos los países que aplicaron reformas rápidas se convirtieron en democracias liberales, mientras que en muchos de los que aplicaron reformas graduales … pequeños grupos de oligarcas extremadamente ricos capturaron el Estado y la toma de decisiones económicas".

La élite que gobierna Cuba no puede dares el lujo de perder el tiempo. Pronto, cientos de miles de cubanos estarán buscando un trabajo en el dilapidado sector privado. El descontento social podría surgir fácilmente si su búsqueda de empleo se vuelve frustrante. Al final, solo una rápida transición al capitalismo podría rescatar al pueblo cubano.

El paso más reciente en el camino de Venezuela hacia el socialismo fue anunciado ayer por el presidente Hugo Chávez. Se trata de "la cédula del buen vivir", un documento que, de acuerdo el gobierno, facilitará la compra de alimentos en los supermercados estatales.

Aunque Chávez niega que la cédula sea una forma de "promover el comunismo", el concepto de una tarjeta emitida por el gobierno para comprar comida en un país que sufre de una aguda escasez de alimentos ya es bien conocido. En Cuba le dicen "tarjeta de racionamiento".

Los vaivenes que da el barco de las reformas fiscales en El Salvador, sacrificando la seguridad jurídica y la estabilidad de la inversión a cambio de aumentar en algún porcentaje la recaudación, tiene a contribuyentes, grandes y pequeños, a la expectativa de cómo nuevos impuestos van a afectar su bolsillo. Es entendible que haga falta dinero para hacer obras: el estado de las vías salvadoreñas está engrosando las ganancias de llanterías y talleres del país; sin embargo, se ve más énfasis por parte de nuestro gobierno en aumentar la carga fiscal, que en emprender políticas de austeridad.

La austeridad, tan publicitada para efectos electorales, no ha pasado de las vallas publicitarias y de los discursos gubernamentales. Esa austeridad, que tantos hogares salvadoreños ponen en práctica para hacerle frente a las crisis económicas, no ha sido trasladada al ámbito de lo macroeconómico. Tal y como dijera el escritor Miguel Aranguren, otro panorama nos tocaría en los temas presupuestarios si un séquito de madres de familia se tomaran el manejo de fondos del Estado.

La sabiduría económica que conlleva la administración de hogares, donde se sabe que el dinero que se gasta en chicles es dinero que se deja de gastar en otras “carteras” prioritarias como colegiaturas o consultas médicas, tendría efectos sumamente positivos de ser aplicada ante algunos despilfarros estatales como carros del año y computadoras, cuyo costo no podrá ser invertido ya en programas de educación o de seguridad ciudadana.

Una madre de familia, acostumbrada a comprar pantalones con ruedo largo, “para que duren”, podría dar un par de lecciones sobre cómo austeridad no significa comprar equipos de trabajo de mala calidad, sino hacer buen uso y esmerarse en el cuido de los que se tienen. Quizás lo que las carteras del Estado necesitan, es de la auditoría de un papá meticuloso, que acostumbrado a la vigilancia de que el encargado de comprar el pan en el hogar no se quede con el vuelto, podrá servir para asegurar que un finiquito de la Corte de Cuentas de la República huela realmente a transparencia, y no a negociaciones ocultas. No haría falta con urgencia una Ley de Transparencia, si el riguroso control con el que algunos padres enseñan a sus hijos la administración de una mesada limitada, se aplicara a la administración de las también limitadísimas arcas estatales.

La habilidad multiplicadora de recursos de las madres de familia, que del mismo pollo sacan variedad de menús: sopas, panes, arroces, ensaladas y hasta huesos para el perro, le caería bien a algunos de nuestros gobernantes, que podrían dejar de justificar su inactividad en la constante falta de fondos. También la propensión al “multitasking” que tienen algunas madres solteras, que pueden hacer loncheras, hablar por teléfono y coordinar lavados de dientes a distancia, podría ser de gran utilidad a muchos legisladores y ministros, ahorrándole al Estado el gasto mensual en concepto de salarios para asistentes, secretarios, asesores, miembros de sub-comisiones y expertos que le ayudan al funcionario a hacer más liviana su carga de tareas.

A pesar de los múltiples ejemplos en los que la aplicación del sentido común doméstico podría traducirse en bonanza para las arcas del Estado, el mayor obstáculo para las políticas de austeridad sigue siendo que quienes administran nuestros recursos, no tienen los incentivos de poner el cuidado que pone quien se gasta lo propio, pues sabe lo que le ha costado.

Publicado originalmente en El Diario de Hoy (El Salvador) el 5 de septiembre de 2010.

De acuerdo con las estimaciones de NBC News, el 28 de agosto último se reunieron en Washington más de trecientas mil personas convocadas por Glenn Beck. Otras fuentes calculan cuatrocientas mil, pero en cualquier caso todas saturadas de los reiterados atropellos del aparato estatal en sus vidas. Resulta de gran interés hacer notar la homogeneidad de las manifestaciones del público frente a los requerimientos periodísticos. Personas de las más diversas edades y condiciones sociales, provenientes de muy diferentes lugares del país, se pronunciaron en contra de la inaudita y creciente deuda gubernamental, de los impuestos confiscatorios, del astronómico défict fiscal y, sobre todo, de la decadencia de valores morales propugnadas y alimentadas por la burocracia tanto del poder ejecutivo como del legislativo. Estas declaraciones subrayaban que sus demandas estaban dirigidas por igual a los dirigentes del partido republicano y a los demócratas. En este sentido es que la marcha multitudinaria se declaró apolítica, aunque se reconocía claramente la pertenencia de la mayoría de los asistentes al Tea Party como movimiento que pretende volver a los principios de los Padres Fundadores basados en el iluminador antecedente histórico del inicio de la revuelta contra la corona inglesa en el siglo dieciocho.

Entre los varios oradores, se destacó Beck como el organizador quien puso de relieve que “algo más allá de la imaginación está sucediendo” en EE.UU. También habló Alveda King, la sobrina de Martin Luther King, a quien se conmemoró a cuarenta y siete años de su discurso conocido como “Tengo un sueño”. Asimismo, se dirigió a la multitud Sarah Palin quien destacó que no hablaba como política sino como madre de un soldado y al efecto de contrarrestar la noción de que hay que “transformar” el país y, en su lugar, contribuir a “restaurar” los valores de EE.UU. Por su parte, Clarence B. Jones, ex abogado de Martin Luther King y quien escribía sus discursos —hoy profesor visitante en la Universidad de Stanford— declaró que si King viviera “estaría honrado y satisfecho con esta marcha”.

Las referencias recurrentes a Dios por parte de los oradores en este acto masivo no debe ser vista como una parcialidad religiosa ni en contradicción con “la teoría de la muralla” jeffersoniana en cuanto a la imprescindible separación entre el poder político y la religión, sino referido a las expresiones de los Padres Fundadores respecto al origen de los derechos insertos en la naturaleza de los hombres, anteriores y superiores al establecimiento de todo gobierno, en las antípodas de la ingeniería social y la pretendida construcción y diseño de las facultades de cada persona para administrar su vida, libertad y propiedades. De todos modos, conviene advertir que este es un tema sumamente delicado y resbaladizo puesto que constituye un peligro enorme el vincular la religión con el poder puesto que quienes piensan que tienen la verdad absoluta revelada están, en ese carácter, incapacitados para encarar una gestión gubernamental. De allí al espíritu inquisitorial y la “guerra santa” hay solo un paso.

Salvo honrosas excepciones, en general otros medios distintos a Fox News, cadena a la que pertenece Glenn Beck, y los programas de radio más escuchados en EE.UU., la cobertura del evento resultó muy mediocre y parcializada debido precisamente a la posición del mencionado conductor en cuanto a la defensa de los fundamentos de la sociedad abierta que lleva a cabo en la emisión diaria de sus programas dirigidos a audiencias masivas. Por ejemplo, el mismo día de la marcha, en CNN, John Avlon, incapaz de disimular su parcialidad intolerante y reaccionaria, aludió a Glenn Beck como un demagogo que alienta el odio para hacer negocios paralelos con sus libros y otros menesteres. Y no es que estos comentarios signifiquen que el que estas líneas escribe suscriba todo lo dicho en los referidos programas, ni siquiera todo lo expresado en la manifestación de la semana pasada en Washington a que venimos aludiendo. De lo que se trata es de enfatizar las tendencias básicas que suscriben los organizadores y participantes al efecto de poner coto a los desmanes del Leviatán que, de un tiempo a esta parte, se encuentra desbocado y en franco y acelerado apartamiento de lo que se conoce como el “american way of life” para, en cambio, copiar las fallidas recetas de las que en su momento habían escapado horrorizados los colonos estadounidenses.

Tampoco se trata de suscribir cierto militarismo que flota de tanto en tanto en algunos de los antedichos programas radiales y televisivos puesto que si de Padres Fundadores se trata conviene recordar el total rechazo a las intervenciones militares en otras regiones del mundo, especialmente por parte del general George Washington, idea tomada, entre muchos otros, por el ex presidente John Quincy Adams, quien, como he recordado en otra ocasión,  siendo secretario de estado de James Monroe en 1821 afirmó: “América [del Norte] no va al extranjero en busca de monstruos para destruir. Desea la libertad y la independencia para todos. Es el campeón solamente de las suyas. Recomienda esa causa general por el contenido de su voz y por la simpatía benigna de su ejemplo. Sabe bien que alistándose bajo otras banderas que no son las suya, aún tratándose de la causa de la independencia extranjera, se involucrará más allá de la posibilidad de salir de problemas, en todas las guerras de intrigas e intereses, de la codicia individual, de envidia y de ambición que asume y usurpa los ideales de libertad. Podrá ser la directriz del mundo pero no será más la directriz de su propio espíritu”.

También esta idea, en la que, como queda dicho, insistió el primer presidente norteamericano, fue resumida por el senador por Kentuky y también ex secretario de estado, Henry Clay, quien manifestó en la Cámara, en 1852: “Por seguir la política a la que hemos adherido desde los días de Washington hemos tenido un progreso sin precedentes, hemos hecho más por la causa del la libertad en el mundo que lo que las armas pudieran hacer, hemos mostrado a las otras naciones el camino de grandeza y la felicidad. Pero si nos hubiésemos visto envueltos […] en guerras […] ¿Dónde, entonces, estaría la última esperanza de los amigos de la liberad en el mundo? […] Deberíamos mantener nuestra propia antorcha brillando en las costas occidentales, como una luz para todas las naciones”.

Recordemos los fiascos de Corea, Vietnam, Kosovo, Bosnia, Somalia, Haití y ahora, Irak y Afganistán con las espantosas muertes, ruina de tantas vidas, hemorragia de recursos y cercenamiento de libertades en nombre de la seguridad, en lugar de usar los treinta y cuatro departamentos de inteligencia en funciones para dar caza a los asesinos que produjeron la masacre del 11 de septiembre.

Según Bill O`Reilly —el conductor del programa televisivo más visto en cable de EE.UU.— “hoy nadie es capaz de reunir a una aglomeración semejante a la convocada por Beck”. En ese multitudinario acto en el que no hubo un solo caso en el que asomara el menor atisbo de expresión violenta, el organizador invitó a que se redoble “la fe en los valores y principios que nos hicieron grandes”, pero mucho más allá de los oradores, insistimos en que lo trascendental de la manifestación del sábado pasado consistió en las características de la gente que asistió. Una demostración que puso en el primer plano las enormes reservas morales de esa gran nación que ha venido deslizándose por una peligrosa pendiente en sentido contrario a los fundamentos de la sociedad abierta. Durante demasiado tiempo se aceptó la insolente intromisión del gobierno en los negocios particulares hasta desembocar en una estrepitosa crisis que se pretende paliar con más de lo mismo: subsidiando a empresarios ineptos e irresponsables con los dineros del contribuyente sea vía fiscal o a través de la monetización de la deuda con lo que se agrava notablemente la situación y se preparan las condiciones para una nueva crisis de dimensiones peores que la anterior.

Al día siguiente de la concentración, el domingo 29 de agosto, se puso en el aire el reportaje televisivo que le había efectuado el muy riguroso, equilibrado y exigente periodista Chris Wallace, el mismo día sábado, inmediatamente después del acto. En esa entrevista, Glenn Beck aseveró que “tanto los dirigentes republicanos como los demócratas han perdido su alma” pero la base del problema no estriba en “la política que es una consecuencia sino en cada uno de nosotros, en nuestro interior”. También enfatizó que el mensaje esencial de la gente en esa asamblea “consistió en demostrar su disgusto y preocupación con la dirección que lleva el país” y que personalmente circunscribía su coincidencia con el movimiento a favor de los derechos civiles de los años sesenta “en cuanto a la igual justicia para cada uno independientemente del color de la piel” puesto que “la raza no debe estar en la política” y mucho menos introducir conceptos absurdos como que “la salvación es un asunto colectivo y no personal e individual según sea el comportamiento de cada cual”. Por último, Wallace le preguntó sobre sus planes para el futuro dado su notable éxito en sus programas de alcance masivo y, ahora, su llamativa capacidad para congregar a cientos de miles de personas que confían en el, “en otros términos se habla de la fórmula presidencial para el 2012 Beck-Palin”, a lo que el entrevistado respondió que rechazaba de plano esa posibilidad.

Este artículo fue publicado originalmente en Diario de América (EE.UU.) el 2 de septiembre de 2010.

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