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Viaje con percance al final

Publicado por Alberto Benegas Lynch

La Universidad Francisco Marroquín me invitó a Guatemala del 16 al 25 de marzo último. Primero, para un seminario organizado por Liberty Fund de EE.UU. y, luego, para dictar clase a profesores, a empresarios, a alumnos de distintas facultades, para presentar un libro que coedité con el Rector de esa casa de estudios en homenaje a su fundador, para pronunciar la conferencia inaugural en un evento interuniversitario en la dieciochesca Universidad de San Carlos de la misma ciudad y, finalmente, como invitado a un programa de televisión y a otro de radio (el programa televisivo se llama “A Solas”, el mismo nombre del célebre conducido por Hugo Guerrero Marthineitz en Buenos Aires al que tantas veces fui invitado por este periodista peruano —ejemplo de independencia y coraje frente al poder— que hizo escuela en medios argentinos y al que aprovecho para rendirle sentido homenaje a raíz de su muy reciente muerte).

En Latinoamérica no hay un campus como el de la Francisco Marroquín, ni con jardines tan espaciosos y tan estéticamente concebidos, ni con una biblioteca mejor dotada ni con aulas acondicionadas con tanto apoyo logístico sofisticado.  En la visita todo marchó sobre rieles y fue sumamente gratificante hasta que, de regreso, me topé con los agentes de seguridad del aeropuerto guatemalteco. Aclaro que ya de por si las migraciones y, sobre todo, las aduanas afectan grandemente mi psique, mi estado físico y moral. No alcanzo a comprender las razones de la existencia de los llamados “vistas de aduana” que estimo podrían liberarse para que dediquen sus energías a actividades útiles, cuya misión consiste en alegar que traer bienes más baratos y de mejor calidad perjudicaría gravemente la condición económica de los locales y, en no pocos casos, la viva insinuación de cohecho (o ambas cosas a la vez), sin percibir que toda la parafernalia montada a esos efectos apunta a otorgarle mercados cautivos a barones feudales que la juegan de empresarios con serios perjuicios para todos los consumidores. De allí es que el contrabando viene a mitigar semejantes daños, en lugar abolir las barreras aduaneras que, entre otras cosas, anulan gigantescos esfuerzos de la humanidad para reducir los costos de fletes marítimos, aéreos y terrestres.

Y si en el control aduanero se pretende frenar el tráfico de drogas alucinógenas para usos no medicinales (que por otra parte en todos los países ingresan por vías facilitadas por autoridades corruptas comprometidas en el negocio), es menester insistir en que el flagelo no se combate con la prohibición (de la misma manera que no sirvió para el alcohol con la Ley Seca) que, debido a descomunales márgenes operativos, solo estimula a los “pushers” para colocar el estupefaciente en colegios, bailables y similares y que permite la producción de las sintéticas al tiempo que afecta severamente las libertades individuales con costos siderales (de vidas y crematísticos), todo lo cual —salvo el entuerto del opio debido a la prohibición en China— no sucedió durante unos cuatro mil años que es muestra suficientemente representativa: desde dos mil años antes de Cristo hasta 1971 en la que comenzó esta inaudita y contraproducente “guerra” declarada y pergeñada por ex mafiosos del alcohol en vista de que perdieron sus descomunales ganancias anteriores.

Además, como Milton Friedman y Salvador de Madariaga, personalmente objeto la existencia del pasaporte, un salvoconducto característico de los regimenes totalitarios para permitir que ciertas personas puedan moverse de un lado a otro. En lugar de contar con documentaciones cruzadas provistas por privados en las relaciones sociales y comerciales cotidianas, se opta por documentos únicos exhibidos en las susodichas aduanas, lo cual facilita enormemente la falsificación y los desmanes terroristas (tal como ha escrito J. Harper esa inseguridad sería mejor entendida por la gente el día que los gobiernos decidan que las personas dispongan de una sola y misma llave para su casa, la oficina, el automóvil y la caja fuerte y, por si esto fuera poco, fabricada por el aparato estatal).

Además de mis escritos y cátedras en la materia, mi modesta contribución en el sitio consiste en pararme sobre la línea amarilla en la antesala de migraciones y no agradecer nunca después de haber sido vejado en absurdas revisaciones de mi equipaje (me afecta mucho incluso cuando observo que someten a otras personas a ese hurgar morboso, humillante y vacuo). Esta es entonces mi natural predisposición al cruzar fronteras que desde mi modo de ver solo y exclusivamente sirven para fraccionar el poder y evitar así la peligrosa concentración de funciones de un gobierno universal, pero nunca para suponer que un río, una montaña o una delimitación siempre artificial y fruto de evoluciones geológicas o acciones bélicas signifique transformar naturalezas y nexos causales diferentes de los que ocurren dentro de un país.

En el caso que nos ocupa, al llegar al detector de metales un señor estaba cruzando el artefacto de marras y pude comprobar que como lo habían obligado a sacarse los zapatos, sus medias oscuras estaban revestidas casi por completo de una especie de ungüento, como si el sujeto en cuestión hubiera metido los pies en sendos platos de sémola aunque, curiosamente, no dejaba huellas en el piso. Como a mi también me obligaron a descalzarme (y sacarme el cinturón y el saco) opté por caminar en puntas de pie realizando un esmerado y atento ejercicio de memoria para no apoyar mis extremidades donde lo había hecho mi antecesor.

Del otro lado me encontré con un ciudadano español que mantenía un acalorado debate con la mujer encargada de la seguridad en ese tramo. Pude escuchar el final del altercado con los ánimos ya muy caldeados por parte de ambos contendientes. En esa parte, la mujer que portaba una cara de mastín tipo dogo (un can que se produce en tierras argentinas para la caza del jabalí) pero con más papada y de cuya parte delantera brotaban inmensos pechos que a cierta altura se confundían con un muy adiposo abdomen, le gritaba al pasajero que si valoraba tanto el licor que pretendía portar que se lo bebiera allí mismo. Ese diálogo nada conciliador me alertó sobre lo que se me venía. Miré a los costados buscando con alguna ansiedad si lograba divisar algún otro u otra con quien tratar pero no tuve éxito en la pesquisa puesto que me tocó la referida dama con cara de mastín quien me indicó que abriera mi valija. Le dije del mejor modo posible que cuando viajo sin mi mujer el equipaje está muy mal acondicionado y que si lo abría no lo podríamos cerrar nuevamente. Me replicó de mala manera que si no la dejaba inspeccionar labraría un acta consignando mi “rebeldía para con la autoridad”. En vista del clima poco amistoso procedí a abrir el bulto y de acuerdo a mi conjetura saltaron como un resorte mis calzoncillos, camisas y demás prendas junto con varios libros que se desparramaron por la mesa inquisitorial que tenía delante de mí a la altura de las rodillas. El rostro púrpura de la funcionaria se tornó en una expresión de satisfacción directamente proporcional a mi estado de preocupación. Agarró mis efectos personales con la mayor de las desaprensiones y los pasaba a una bandeja de plástico bastante roñosa.

Después de este ejercicio detectivesco me miró fijamente y me dijo que me debían “decomisar” un jabón y un regalo para mi mujer de parte de una ex alumna mía que en ese instante percibí eran candelas que venían en un envase bastante llamativo. Le dije a esa especie de Gestapo autóctona que si se trataba de evitar episodios que pudieran poner en riesgo la seguridad de la aeronave que procedieran a verificar los dos adminículos para constatar sus inocencias. Me interrogó sobre el uso que le daba al jabón a lo que le respondí que era para lavarme la cabeza con la esperanza de mantener el volumen capilar (la conversación era digna de una producción cinematográfica de Woody Allen). No aceptó mi explicación que adornó con gestos enfáticos de reprobación con lo que mi paciencia se fue agotando paulatinamente y consigné que destrozaría el jabón y que el regalo para mi mujer también lo rompería (para que el mastín no usufructuara de esto último ya que lo primero no le serviría de mucho ya que se la veía con una calvicie bastante avanzada). Acto seguido arrojé con marcada vehemencia el obsequio al suelo y observé que no se rompió ni se afectó en los más mínimo, entonces decidí saltar sobre el, primero con un pie y luego con los dos sin obtener ningún resultado visible. A todo esto, se fueron agolpando pasajeros que no solo no mostraron ninguna solidaridad conmigo —tal como muchas veces ocurre con un asalto en la vía pública donde los vecinos se reúnen a mirar sin inclinación a ayudar a la víctima— sino que algunos me observaban con cierta sorna y en ademán de solicitarme que dejara de saltar como un energúmeno para desahogar mi fastidio.

Dado que el presente de mi ex alumna parecía absolutamente indestructible, la burócrata a cargo del operativo insistió en quedarse con mis dos pertenencias lo cual refrendó leyendo en voz alta la disposición correspondiente que con una ambigüedad superlativa declaraba casi todo como “elemento peligroso” y el resto lo dejaba en manos de la discrecionalidad “de la autoridad competente”. Le hice notar que se trataba de un texto ridículo. Frente a “tamaña manifestación” procedió a solicitar la presencia de un colega al que le trasmitió el adjetivo que yo había utilizado. Ese colega me llamó a un aparte y en aire doctoral me dijo que las normas se promulgaban para ser cumplidas. Le contesté que esas eran anti-normas puesto que las normas son para la cooperación social y la convivencia civilizada y que si en lugar de contar con disposiciones tan omnicomprensivas y arbitrarias que provenían del vértice del poder, cada empresa de aeronavegación pudiera establecer las pautas en competencia en el contexto de una inventiva descentralizada y a través de un proceso de prueba y error, se lograría un equilibrio entre la seguridad del avión y la comodidad de los pasajeros y que por no prestar atención a estas cosas es que pudo ocurrir la masacre del 11 de septiembre de 2001 en EE.UU. puesto que tres líneas aéreas habían desarrollado armas sin detonación para la defensa de la tripulación pero una ley federal prohibió su uso con lo que los antedichos asesinatos masivos fueron perpetrados con cuchillitos de plástico frente a una tripulación que los criminales sabían indefensa.

En esta instancia y sin demostrar demasiado interés por mis reflexiones (aunque por momentos parecía que prestaba alguna atención) y mirando repetidamente su reloj, sorpresivamente me invitó a que ilustrara la idea de la anti-norma antes mencionada. Pensé que dado que estábamos solos y a un costado del centro de las trifulcas que generaban estas averiguaciones malsanas debía recurrir a un lenguaje un poco más gráfico por lo que decidí usar algunas palabras subidas de tono. En esta nota empleo sinónimos y dejo a la imaginación del lector los términos que utilicé en esa ocasión. Le dije al encargado que si una disposición me autorizaba a pegarle un patada en los testículos ese era un ejemplo de anti-norma ya que no aludía a la convivencia ni a la cooperación, y en un momento de entusiasmo irrefrenable le comenté que por esas resoluciones absurdas es que terminaban poniéndoles una bomba en el trasero como lo ocurrido con las célebres y pacíficas Torres Gemelas. Dicho esto me amenazó con hacerme detener si continuaba articulando esa variante discursiva a lo que le dije que él mismo me había pedido que ilustrara el punto. De todos modos, a ojos vista el asunto estaba completamente empantanado, por ende, si quería conservar lo mío no tenía más salida que volver sobre mis pasos y despachar el equipaje, lo cual hice sin obtener tampoco la más mínima comprensión de los otros empleados en el mostrador respectivo quienes se limitaron a repetir que son las normas las que contienen esas disposiciones que deben ejecutarse y no me pareció el momento de reiterar mis consideraciones sobre la anti-norma (las que, por otra parte, hoy desafortunadamente el Leviatán dicta a diestra y siniestra en todos lados y para los más variados propósitos) y, por otro lado, me sentía exhausto y falto de glándulas salivares para continuar argumentando frente a una audiencia adversa, nada entusiasta, sumamente apática y, por cierto, escéptica a rajatabla.

En todo caso, todos somos diferentes y, si se quiere, arrastramos nuestras anormalidades (en este sentido recordemos el título de una de las obras de Erich Fromm: La patología de la normalidad). Es para mí un  disgusto gigante el cruzar fronteras debido a los siempre presentes vigilantes aduaneros, como para que ahora se agregue este mal tratado tema de la seguridad. Como también le manifesté a la mujer con quien trabé esta infortunada, frontal e imprevista relación que para viajar a Guatemala sugerí a mis invitantes hacerlo vía Panamá para evitar el masaje prostático en Miami y  resulta que me tropiezo con que me dicen que mi jabón “puede ser una bomba plástica” y que las candelas “pueden encerrar un explosivo” sin recurrir a las elementales constataciones que provee  la tecnología moderna y sin tener en cuenta las más básicas reglas de la cortesía y el buen trato. Se que no pocos son los que se abstienen de quejarse por estos atropellos y no toman a mal los embates al sentido común pero me parece que actúan como meras ovejas (con perdón del ganado lanar). Se que en otros casos el enojo no surge porque los transeúntes suscriben mansamente aquellos esperpentos del “ser nacional” y la “protección a la industria nacional” y demás contrasentidos económicos, jurídicos y éticos (aunque en ese trance aduanero suelen ocultar productos en los lugares más increíbles del cuerpo).

Como bien muestra Adam Smith en La teoría de los sentimientos morales, este tipo de regulaciones estatales saca a relucir lo peor del ser humano, mientras que marcos institucionales que establecen el respeto recíproco estimulan e incentivan lo mejor de cada uno y son altamente educativos ya que en esas relaciones interpersonales se debe satisfacer al otro para procurar una ventaja propia, por lo que después de haber realizado las transacciones o intercambios correspondientes ambas partes se agradecen recíprocamente.

De cualquier manera, la desazón de episodios como el aludido en este artículo es tan grande, tanto me afectan que de ahora en más me desplazaré exclusivamente si los honorarios son especialmente abultados (a pesar de haber realizado múltiples travesías sin cobrar), de lo contrario no lo haré si bien he llevado a cabo en los meses recientes viajes placenteros sin sobresaltos a la Universidad del Desarrollo en Chile, a la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Perú y, poco antes, al Instituto de Estudios para la Sociedad Abierta en la propia Panamá y hace unos pocos meses a la Universidad Católica de Córdoba y a la Universidad del Aconcagua en Mendoza, atendido en todas partes a las mil maravillas igual que siempre ocurre en la tan apreciada Universidad Francisco Marroquín y en todas las casas de estudio que tuvieron la amabilidad de acogerme en sus aulas. Pero es que la espada de Damocles siempre pende de un hilo y se me ha desplomado en varias oportunidades con el correr de los años al trasponer límites fronterizos. Al fin y al cabo ya mis periplos académicos incluyeron lugares como Japón, Australia, Taiwán, Corea del Sur, Canadá, EE.UU., Europa, todos los países latinoamericanos y Brasil, y en vuelos de cabotaje, los más diversos rincones de Argentina. De lo contrario, si esto de los excepcionalmente jugosos emolumentos no tuvieran lugar, espero se comprenda que, a esta altura, el traqueteo, por más agradables, estimulantes y queridos que sean los anfitriones, no amerita absorber tanta adrenalina. 

Este artículo fue publicado originalmente en Diario de América (EE.UU.) el 7 de abril de 2011.

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