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Un congresista se balancea sobre la tela de una araña...

Publicado por Alfredo Bullard

...como veía que resistía fue a llamar a un congresista más. Y así sigue el canto hasta que hay tantos congresistas que la tela de araña no aguanta su peso y todos caen por los suelos.

El cantito infantil es una buena metáfora para entender la tentación regulatoria en épocas de vacas gordas.

Las economías, como las telas de araña, son frágiles. Su equilibrio es siempre inestable y está en riesgo.

Las buenas épocas generan la impresión de que pueden aguantar más peso. Los gobiernos, y en especial los congresistas, sienten que una regulación más no importa.

Pero cada regulación añade algo de peso a la capacidad de la tela de araña económica de soportarla. Y lo malo de la solidez de la economía es que genera la sensación de que nos podemos seguir colgando. Y entonces cada congresista no ve el costo que genera, pero sí ve el dividendo político que obtiene. Ninguna medida, por sí sola, se tumba al país. Pero cada una se va sumando a la anterior, y la anterior a la que le precedió. Y así hasta que el resultado es el colapso.

Entonces subimos el sueldo mínimo, empujamos el control de fusiones empresariales, creamos impuestos a la comida chatarra, forzamos a implementar libros de reclamaciones, damos Códigos de Protección al Consumidor, obligamos a editar libros reutilizables, ponemos límites a la extensión de la tierra o la gravamos con más impuestos, obligamos a todas las empresas a tener estados financieros auditados, regulamos el precio del arroz comprando la sobreproducción con impuestos, empujamos la Ley General del Trabajo, elevamos las exigencias ambientales, etc., etc., etc.

La economía está bien y es productiva. Ponen la regulación y, como veían que resistía, fueron a poner una regulación más. Y así hasta que la tela de araña económica no puede más.

Lo malo de las épocas buenas es que no nos permiten darnos cuenta de lo que nos cuesta hacer estupideces. Lo bueno de las crisis es que nos hace conscientes de nuestros errores. Allí sí descubrimos que no nos queda más que desregular, aliviar costos y liberar al sector privado para que empuje el crecimiento.

La paradoja de las buenas épocas es que hace fácil cometer errores y acumularlos. Hugo Chávez, Evo Morales y Cristina Kirchner no hubieran podido sobrevivir haciendo tanta tontería sin precios internacionales que soporten los costos absurdos que imponen a la sociedad. El crecimiento de China e India ha generado una externalidad positiva que tarde o temprano pagaran con su caída.

Los indignados en Europa y Estados Unidos reaccionan a la caída de la tela de araña, culpando a la araña que la tejió (la actividad privada) por no hacerla lo suficientemente fuerte para aguantar todos los elefantes que le cargaron una y otra vez bajo el cantito de “como veían que resistía”. Pero ¿quién es el verdadero culpable? La tela de araña se rompe no porque está mal tejida, sino porque populismo, el subsidio fácil y la sobrerregulación la sobrecargan.

Finalmente, la crisis del 2008 y la última crisis europea son consecuencia del bendito cantito: una economía del bienestar que trata de brindar estándares y niveles de vida, por medio de subsidios y regulaciones, que la productividad real no está en capacidad de sostener.

El dinamismo de la economía peruana es una buena noticia. Pero también nos trae la mala noticia de la sobrerregulación y la intervención estatal. No permite advertir en toda su dimensión las consecuencias acumulativas de cada acto regulatorio absurdo y poco reflexivo originado en los congresistas, en los funcionarios gubernamentales y en la exigencia de la opinión pública.

Y ese efecto acumulativo genera una falsa sensación de bienestar, en la que nos mecemos todos asumiendo que la tela de araña económica siempre estará allí para soportar el buen momento.

Por eso requerimos de una institucionalidad que nos advierta sobre que no se puede sobrecargar el sistema económico porque “veían que resistía”. Reforzar el Indecopi y sus facultades de eliminación de barreras burocráticas, una mano firme del Tribunal Constitucional en proteger las libertades económicas, un correcto análisis costo-beneficio de las normas, sin algunas de las medidas necesarias para que los congresistas, sus iniciativas y el país en general no terminen regados por los suelos.

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