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Sobre el federalismo

Publicado por Alberto Benegas Lynch

En vista que ahora está sobre el tapete el debate sobre federalismo, es el momento de reflexionar sobre una idea tan proclamada y tan poco adoptada en los últimos sesenta años de la historia argentina e incluso, antes de la organización nacional, utilizada ad nauseam por el unitarismo rosista.

El eje medular de la idea federal es descentralizar y fraccionar el poder. Uno de sus puntos más destacados en la literatura y en la política aplicada en diversas latitudes consiste en que las provincias o estados miembros compitan en materia fiscal y mantengan en brete al gobierno central. Supongamos que hoy se distribuyeran todas las erogaciones entre las provincias (excepto las correspondientes a relaciones exteriores, interior y defensa) en proporción al número de habitantes, producto bruto interno o extensión territorial. A partir de ese momento cada gobierno local decide su política fiscal.

En ese contexto, los incentivos operarán en dirección a evitar que la población se mude a otra jurisdicción con tributos más razonables y para atraer inversiones. En esta misma línea argumental, a su vez, gravámenes equilibrados y que no signifiquen una maraña incomprensible con dobles y triples imposiciones, obligarán a mantener el gasto público en niveles moderados y, de paso, se liberarían los “expertos fiscales” para que puedan dedicarse a actividades útiles.

También la llamada “coparticipación” sería desde las provincias hacia el gobierno central ya que son las provincias las que constituyeron la nación y no al revés, a diferencia de lo que hoy ocurre con cajas para disciplinar a gobernadores “díscolos”. En verdad si se consultara hoy a gobiernos provinciales sobre la idea de aplicar un genuino federalismo, muchos lo rechazarían puesto que los caudillismos locales prefieren que el gobierno central haga la tares sucia de la recaudación mientras ellos gastan alegremente las dádivas que reciben de sus jefes en Buenos Aires.

Es de interés señalar que el federalismo también apuntala los principios rectores de la democracia ya que al diseminar el poder evita la concentración de mayorías que pueden lesionar derechos de las minorías (es más directo a los intereses de cada uno y, por ende, requiere mayor cuidado el votar en un consorcio por el color de la alfombra de la entrada que emitir la opinión en el Parlamento de un gobierno central para succionar recursos de personas ubicadas en la otra punta del país). Como ha escrito Juan González Calderón, los demócratas de los números ni de números entienden puesto que se basan en dos ecuaciones falsas: 50% más 1% = 100%  y 50% menos 1% = 0%.

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