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Pseudo-populismo versus el gran populismo

Publicado por Gustavo Coronel

Cuando pienso en la pérdida de los valores del venezolano pienso, en primer lugar, en lo que hemos visto durante los últimos catorce años de autoritarismo chavista. Hemos visto lo que jamás pensábamos que ibamos a ver: una agresión frontal contra la democracia y la ciudadanía. La creación de una inmensa Ciudad Gótica, donde los villanos de todo tipo han tomado el control de la nación, como puede verse en las estadísticas existentes sobre crimen, inflación, corrupción, ineficiencia gubernamental, endeudamiento, pérdida de competitividad y progresivo aislamiento del país de la comunidad internacional. El resultado de esta agresión ha sido la creación de una Venezuela cualitativamente disminuída, la aparición de una sociedad extraña donde los choferes de autobus son vicepresidentes, donde el presidente utiliza un lenguaje de odio y de burdel y donde la vida y la propiedad privada valen muy poco. Los venezolanos viven hoy en un país que está en el foso o cerca del foso en todos aquellos índices internacionales que permiten una comparación entre países. Esto es factual y no puede disfrazarse con retórica populista, al menos ante los bien informados.

A fin de enfrentar esta tragedia ha surgido una oposición cada vez más tenaz, cuyo candidato a la presidencia, Henrique Capriles, acaba de hacer una campaña extraordinaria por su intensidad y su tesón. Hoy más que nunca estamos solidificados en torno a un liderazgo de oposición joven, el cual representa el futuro del país que deseamos. Para ese liderazgo, ofrezco respetuosamente el siguiente comentario sobre el abandono de nuestros valores.

La campaña de Capriles tuvo dos ingredientes principales: uno, de llamado a a la Venezuela decente y digna, consistente en un lenguaje conciliador yrespetuoso y en la presentación de programas verdaderamente nacionales, de naturaleza structural e incluyente, de respeto hacia todos los venezolanos, seguidores y adversarios. Ese ingrediente, en mi opinión, atrajo un 90% de quienes finalmente votamos por él.

El otro ingrediente estuvo constituído por un intento “estratégico” de captar votos del grupo seguidor de Hugo Chávez, con ofertas parecidas. Por ejemplo: nadie será removido de PDVSA, solo una persona. Mantendremos las misiones. PDVSA será exlusivamente del estado venezolano. Crearemos un millón de empleos en un año. Exportaremos comida. No solo habrá una casa para cada familia sino que tendrá certificado de propiedad. Y así por el estilo. Este mensaje estaba dirigido esencialmente al grupo que vive de las dádivas del Estado. Pero también fue oído por los venezolanos quienes deseábamos votar por el Capriles estandarte de nuestros valores. Muchos pensamos que ese mensaje populista de Capriles era inconveniente, a pesar de que reconocíamos la estrategia y a quien iba dirigido.

La realidad nos dijo otra cosa. EL grupo pro-populista, deseoso de vivir pegado a la teta del Estado, no votó por Capriles teniendo a un Chávez. ¿Por qué votar, dirían ellos, por el pseudo-populista, pudiendo votar por el gran populista? ¿Por qué votar por el original y no por la copia?

La lección aprendida, al menos en mi criterio, es que hay que aferrarse firmemente a los valores en los cuales uno cree, sin vacilaciones o sin saludos a la bandera falsa del populismo. Así se pierda una y otra vez. ¿Por qué? Porque una victoria construída sobre una mentira no puede ser verdadera, porque continuaríamos llevando en nuestras almas el veneno del populismo.

No debemos nunca ser moluscos medio disfrazados de mariscos. Chávez ha tenido la “virtud” de presentarse impudicamente ante el país y el mundo como el gran marisco, un gran repartidor de la riqueza nacional en beneficio de aquellos grupos que reciben la limosna con gozo. Aunque esto conduce inevitablemente al empobreciminto colectivo, a esos grupos no les importa un comino el futuro de la nación, de sus propios hijos y nietos. Viven en un presente eterno, en el cual puedan tener dinero en el bolsillo, algo que rara vez había tenido, así como la posibilidad de tener “una casa”, una nevera, un bono por preñez y así por el estilo. Lo que vaya apareciendo lo vamos agarrando, pudiera ser la base de su filosofía de la vida.

Nosotros sabemos que así no se construye un país. Nuestro deber es presentarles la otra cara de la moneda, no la misma. Nunca entreguemos nuestros valores para ganar adeptos. Así se pierda hoy. Al final, cuando ganemos, no tendremos que basar nuestras acciones en valores ajenos a nuestra esencia. Y si no ganamos “nunca”, al menos seremos perdedores que no han entregado el alma.

Si no ganamos “nunca”, al menos sabremos que estábamos defendiendo lo que no valía la pena defender.

Nota: "Nunca” es definido aquí como lo limitado por nuestra propia vida. No significa nunca en términos de país.

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