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Mañana, en el cielo

Publicado por Alberto Benegas Lynch

No es necesario adherir a algunas de la religiones oficiales (más aún, en no pocos casos, dogmas absurdos obnubilan y representantes de iglesias estropean) para comprender que no estamos limitados a kilos de protoplasma sino que poseemos psique, mente o estados de conciencia y solo por eso tienen sentido las proposiciones verdaderas y falsas, las ideas autogeneradas, la argumentación, la posibilidad de revisar los propios juicios, el libre albedrío y el agente moralmente responsable, de lo contrario haríamos “las del loro” y, por ende, no existiría la libertad (ni siquiera sería posible discutir el determinismo físico). Por ello es que se sostiene que hay vida después de la vida ya que lo inmaterial no es susceptible de descomponerse (y no solo por los testimonios relatados por accidentados que han sido declarados clínicamente muertos y que han sido recogidos, entre otros, por los  célebres médicos Raymond Moody y Elisabeth Kübler-Ross). De allí el uso metafórico “del cielo” para ilustrar lo más alto y sublime en este planeta. Tampoco es necesario profesar religión oficial alguna —es suficiente el deísmo— sin intermediaciones ni representantes, para entender que no podríamos existir si las causas que nos engendraron fueran para atrás en regresión infinita, es decir, si nunca hubiera comenzado la concatenación de causas que nos permitieron estar presentes (por supuesto que la Primera Causa ontológicamente diferenciada del Big-Bang que es un fenómeno contingente).

En todo caso, en lo que a mí concierne, mañana, en el cielo, además de los seres que verdaderamente he querido en esta tierra, me gustaría estar con grandes amigos que no he tenido la oportunidad de conocer personalmente, puesto que la amistad es la aventura siempre en tránsito del entendimiento de relevantes valores y principios compartidos. Como he escrito antes, no es ni remotamente suficiente no matar, no robar, ir todos los días a la oficina, acariciar a los niños y darle de beber a los ancianos. Es menester contribuir a que el mundo sea algo mejor —aunque más no sea en grado infinitesimal— respecto de lo que era cuando nacimos. En otros términos, no simplemente durar sino vivir como seres racionales. En este sentido, viene al caso un pensamiento de Viktor Frankl en cuanto a que nos empuja a vivir plenamente el contar siempre con nuevos proyectos para realizarnos como personas. Y esa realización no puede escindirse del rechazo fundamentado y frontal a todo tipo de colectivismo y espíritu totalitario al efecto de generar un marco compatible con la naturaleza humana.

En este contexto, quiero dedicar estas líneas a una de las tantas personas con las que me gustaría estar mañana, en el cielo. Se trata de Garet Garrett el escritor estadounidense nacido en 1878, autor de libros como la notable historia de EE.UU. titulada The American Story, A Time is Born, The Wild Wheel y de magníficos ensayos como “Ex America”, “The Rise of an Empire” y “The Revolution Was” (los tres compilados en People's Pottage, obra que me obsequió mi padre cuando me gradué en la universidad). Colaboraba asiduamente en el Wall Street Journal, The New York Times y el Saturday Evening Post así como también en la revista American Affairs y en la antigua The Freeman mientras estaba gerenciada por Suzanne La Follette —periodista, autora del ensayo “Beware the State”— antes de ir a  manos de la Foundation for Economic Education (la primera entidad contemporánea dedicada a difundir la tradición de la sociedad abierta, fundada por el gran Leonard Read en 1946). Las fotografías disponibles exhiben a Garrett como una persona extremadamente noble y afable. Son de esos personajes que constituyen el remnant (la reserva en un grupo reducido) de que nos habla Albert Jay Nock en “Isaias Job”, los capaces de pararse solos frente a opositores para decir lo que honestamente creen, son los hombres que brillan por su coraje e integridad moral.

Su preocupación central estribó en el abandono del gobierno de EE.UU. respecto al significado de una República como la establecida por los Padres Fundadores, primero a través del estatismo de Woodrow Wilson y luego de F. D. Roosevelt tanto en las decisiones de involucrarse en guerras como la intromisión y el agrandamiento del Leviatán vía la banca central, la deuda pública, el impuesto progresivo y el establecimiento de innumerables agencias regulatorias (todo lo cual queda pálido en nuestros días después de las gestiones ruinosas de G. W. Bush y lo que va de la de Obama). “Vino un tiempo—-escribe Garrett en el prólogo del antedicho People's Pottag— en que las únicas personas que realmente fueron libres comenzaron a preguntarse ¿Qué es la libertad? […] y fueron persuadidas de intercambiar la libertad por ciertos privilegios hasta que renunciaron, casi sin saberlo, a la libertad más fundamental de todas, es decir, el derecho a recibir en el sobre mensual el fruto íntegro del trabajo para hacer con el lo que el titular estime conveniente”. Y todo el derrumbe mientras se “cantaban himnos a la libertad” en paralelo con el avance de la educación socialista “vestida con la dignidad de la academia” y frente a cada fracaso había que “endosar la culpa al capitalismo”.

Garrett recuerda con añoranza ejemplos que estima loables como el caso del “Presidente Grover Cleveland quien vetó que se otorgara un préstamo gubernamental por diez mil dólares para una persona en Texas afirmando que 'No creo que sea el deber ni está en las facultades del gobierno el socorrer el sufrimiento […] en esos casos se estimula la expectativa del paternalismo por parte de nuestro gobierno y debilita el carácter' […] Cuando la gente sostiene al gobierno controlan al gobierno, pero cuando el gobierno sostiene a la gente, ésta será controlada”.

Afirma que el espíritu militarista arruina a los Estados Unidos tal como previeron los Padres Fundadores respecto a los peligros para la libertad de prensa y el resto de las libertades civiles en nombre de la seguridad y los engrosamientos del gasto público, el déficit, la inflación y la deuda. “El Pentágono en Washington con sus diecisiete millas de corredores, en donde los almirantes y generales se pierden; sus veintiocho mil personas en los escritorios y los ocho mil automóviles estacionados afuera” (todo en esa temprana época), donde todo es secreto “con el sello de clasificado o restringido para que el Congreso no pueda acceder a la información”.

En su referida historia de EE.UU. concluye que “Muchos se olvidaron y a muchos otros no les importó recordar que a menos que cada uno absorbiera sus problemas personales en lugar de socorrerlos con los dineros públicos y descargarlos en un gobierno paternalista, nunca más serían libres como lo fueron sus padres […] puesto que socorrer con los dineros públicos es solo posponer el mal […] Consideraban que estaba bien si en nombre de la justicia social, la propiedad privada fuera confiscada y la integridad de los contratos fuera destrozada. Antes que nada odiaban el lucro de la empresa privada”.

Ludwig von Mises ha escrito que “Las monografías de Garet Garrett constituyen una vigorosa defensa de las libertades en América [Norteamérica] así como para el resto del mundo civilizado” y John Chamberlain recuerda que Garrett sostuvo que el “Laissez-faire fue traicionado por sus amigos, no por treinta monedas de plata sino por papel moneda depreciado […], sistema luego apedreado a muerte por la multitud, enterrado con los himnos de una vida más fácil. Y los funerales fueron proporcionados por el gobierno”, y en el contexto de las muy fundadas críticas de Garrett a las calamitosas políticas de Roosevelt, Chamberlain también recuerda que Bernard Baruch insistía que no se trataba de “New Dealers” sino de “New Stealers”.

Se revelaba frente a esa contradicción en términos denominada “Estado Benefactor” que consideraba carcomía los cimientos de la tradición estadounidense respetuosa del derecho, debido a que sostenía que reasignaba los siempre escasos recursos desde áreas productivas a financiaciones que corrompían a personas que recibían el fruto del trabajo ajeno arrancado por la fuerza y que por todo ello se prostituía el sentido de caridad al tiempo que conducía a la pobreza generalizada. De este modo “se copió lo peor de Europa: la llamada seguridad social de Alemania y el fabianismo de Inglaterra, lugares, entre otros, de donde los primeros colonos escaparon en busca de libertad”.

Son muchos los escritos que tengo de Garrett en mi biblioteca y me emociona comprobar la soledad de su predicamento y su notable perspicacia para advertir, ya en aquel entonces, acerca de los peligros que se avecinaban. Igual que Tocqueville, mantenía que estos vuelcos y desbarajustes no tienen lugar de un día para otro, son pequeños pasos que se dan de modo perseverante hasta que resulta tarde salir del atolladero. Garet Garrett no tenía otra cosa que ganar más que la satisfacción de su propia conciencia basada en su honestidad intelectual. Espero encontrarlo en condiciones más propicias, sin la ansiedad por el tiempo de descuento y por cumplir con el deber de toda persona con algo de dignidad en la lucha por el indispensable respeto recíproco, no solamente para nosotros y para nuestros seres cercanos en el corazón sino para todos aquellos que se niegan a abdicar de su condición humana.

Hay quienes se preguntan en que terminarán los desquicios provocados por los gobiernos esperando otra crisis o un descalabro generalizado, sea en EE.UU. o en otros lares pero el problema no es en modo alguno ese. Como queda dicho, se trata de haber lesionado derechos legítimos de unos para subsidiar a otros con el fruto del trabajo ajeno arrancado coactivamente por los aparatos estatales y esa es la desgracia o el mal infringido: se arruina a unos destrozando el producido honesto de sus bolsillos para entregar dineros malhabidos a otros. En eso consiste la gravedad del problema si es que se habla seriamente cuando se alude al necesario respeto a los derechos y la dignidad de la persona. En eso consiste el desbarajuste y la crisis moral que resquebraja la sociedad abierta creando incentivos perversos en unos, acostumbrándolos a vivir a expensas de otros por la fuerza y provocando profundas grietas en los incentivos para los creativos que producen y que, como una consecuencia no buscada, provocan el aumento de salarios del resto debido al incremento en las tasas de capitalización que generan. Robert Nozick enfatizaba que nadie debe ser usado como medio para atender los fines de otros. La pregunta entonces está mal formulada: no es que ocurrirá sino que ocurrió puesto que el mal se ha llevado a cabo aunque no se ponga de manifiesto un cataclismo generalizado, el cataclismo ya tuvo lugar aunque no se derrumben precipitadamente las bolsas,  aunque las quiebras de empresas no sean extendidas, aunque el desempleo no sea escandaloso, aunque las manifestaciones callejeras no se multipliquen y aunque los gobernantes no renuncien, puesto que la quiebra moral ya tuvo lugar en grado superlativo. Este es básicamente el mensaje de Garet Garrett, mi amigo que aún no conozco personalmente y que murió en 1954.

Cierro este artículo con un pensamiento de Reagan que ilustra el punto: “Usted y yo tenemos un randez-vous con el destino. Preservar esto para nuestros hijos, la última esperanza del hombre en la tierra, o sentenciarlos al primer paso hacia mil años de oscuridad. Si fracasamos, por lo menos que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos puedan decir que hemos justificado nuestro breve paso por aquí. Que hicimos todo lo que podía hacerse”.

Este artículo fue publicado originalmente en el Diario de las Américas (EE.UU.) el 3 de febrero de 2011.

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