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La libertad como concesión

Publicado por Andres Mejia-Vergnaud

Entre las muchas lecciones que nos ha dejado el caso de RCTV en Venezuela, una de las más importantes es que mientras el Estado sea el propietario del espectro electromagnético, las libertades de expresión y prensa no son derechos, sino meras concesiones. Y peor aun, concesiones revocables.

Los argumentos económicos en contra de la propiedad estatal del espectro son muchos, y están ya muy maduros y desarrollados. Se sabe, por ejemplo, que es falsa la tesis según la cual la única manera de prevenir el caos en el espectro es que el Estado adjudique las frecuencias: hay muchos mecanismos de mercado que permiten hacerlo. Además, se sabe que la propiedad estatal del espectro es responsable de haber retrasado el desarrollo de nuevas tecnologías.

Ahora, además, hemos visto como el derecho absoluto del Estado sobre el espectro puede usarse para silenciar a la disidencia y la oposición, y para hacerlo de tal manera que la decisión esté en perfecta concordancia con las normas jurídicas. Es el nuevo tipo de tiranía, que no deroga las libertades por decreto revolucionario, ni cierra los medios opositores con actos de fuerza: todo lo hace de manera gradual, y busca siempre una apariencia de legalidad. Es un tipo de tiranía que ha afinado la capacidad de escapar al escrutinio internacional; es un tipo de tiranía que no necesita más que ser paciente y persistente.

El Estado te dice: "tienes libertad para emitir tus contenidos radiales y televisivos, pero recuerda que lo haces en una plataforma que es de mi propiedad, y gracias solamente a una concesión que yo te he otorgado, la cual es un acto soberano". Dicen los abogados que, en el derecho, las cosas se deshacen del mismo modo en que se hacen: del mismo modo en que soberanamente se otorgó una concesión, se decide no renovarla. Esta es una libertad de prensa aparente, pero suficientemente engañosa para que todos creamos que de verdad disfrutamos de ella. Basta pensar, para comprender la gravedad de esto, en cómo nos sentiríamos si otros derechos más relacionados con nuestra propia integridad, como la propiedad sobre nuestro cuerpo o la autodeterminación personal, fueran igualmente concesiones revocables gracias a una cierta doctrina técnica.

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