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Házme feliz, ¡ahora!

Publicado por Luis Figueroa

Como soy lo que comúnmente se conoce como “un instrumento del capitalismo” simpatizo con la lucha de las mujeres y la de los indígenas por la igualdad ante la ley y por la eliminación de privilegios. Dicho lo anterior, me llamó mucho la atención -de forma negativa- que el 8 de marzo pasado, en celebración del Día Internacional de la Mujer, en la ciudad de Guatemala, la marcha fuera "por el derecho a ser feliz".

Una de mis definiciones favoritas de derechos es que estos son facultades que pueden ser ejercidas sin que su ejercicio sea a expensas de otro; o sea, que se ejercen sin dañar a otros. Por eso es que todo derecho lleva una única obligación: la de no infringirle cargas a nadie, o sea, la de no dañar a nadie.

Cuando en una sociedad unos tienen derechos y otros deberes, los miembros de esa sociedad vivimos bajo un doble estándar moral que desequilibra las relaciones y hace difícil la cooperación social pacífica. Por eso creo que es malo que haya un estándar para hombres y otro para mujeres; o uno para indígenas y otro para lo que nosotros llamamos ladinos o no indígenas.

 

De ahí que me parezca equivocado el giro que da el eslógan de la marcha citada. Estoy de acuerdo con que todos tenemos derecho a la búsqueda de la felicidad (y ese es mi derecho favorito); pero me parece muy desatinado que se exija un supuesto derecho a ser feliz. Podemos exigir que los demás no impidan que busquemos la felicidad (sin dañar, ni gravar a otros); pero, ¿a título de qué podríamos exigir que otros nos hagan felices, o que nos den la felicidad? ¿A quién se le asignará el deber de hacernos felices?

Creo que este es un buen punto para meditar en beneficio de la efectividad de cualquier reivindicación de derechos, y en beneficio de la paz.

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