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FMI después de DSK

Tras la dimisión de Dominique Strauss-Kahn se habla de quién ha de dirigir el Fondo Monetario Internacional y, lamentablemente, no del cambio en la política que DSK había impreso al FMI. El antiguo economista jefe del Fondo, Raghuram Rajan, escribió en el Financial Times que la solución pasaría por impedir que un político, europeo o no, se instale en Washington al frente del FMI; él prefiere a “tecnócratas carismáticos”. No estoy seguro de que sea un argumento válido porque el FMI es una organización política, donde mandan (mal, por cierto) los políticos y pagan (fortunas, por cierto) los contribuyentes.

Más seguro estoy de que el debate sobre si hay que acabar con la designación del director-gerente a cargo de Europa, y entregar el testigo a los gobiernos de los países emergentes, oscurece la cuestión fundamental: ¿debe el FMI continuar con la dinámica DSK? El socialista francés, avalado, no se olvide, por la equívoca tropa del G-20, propició el incremento de los recursos de la institución y también su intervencionismo rampante en los rescates recientes, respaldando el irresponsable aumento del gasto público que ha tenido lugar a partir de la crisis y apoyando aún más controles y regulaciones. Este es el punto crucial, y los nombres sólo importan en la medida en que lo aclaren. Por ejemplo, si es nombrada Christine Lagarde, ello podría indicar que el FMI seguiría igual después que antes de DSK. O sea, mal.

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