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El gato y Tío John

Publicado por Alberto Benegas Lynch

El maestro de una escuela trataba infructuosamente de explicarle a tres niños las motivaciones de los actos humanos. Una noche tuvo un sueño que aparentemente daba en la tecla y resolvió trasládaselo a su pequeña e incrédula audiencia. El diálogo se suscitó del siguiente modo en el que, en primer lugar, tomó la palabra el docente y luego, por turno, respondieron cada uno de los tres participantes frente a lo cual el profesor emitía su dictamen:

  • Henos aquí que un día compré un gato para satisfacer al tío John ¿Qué se les ocurre decir en torno a esta adquisición referida a los móviles de la acción?
  • Que está bien, siempre que el tío John sea el gato.
  • Respuesta incorrecta.
  • Que está bien, siempre que le agraden los gatos a su tío John.
  • Respuesta incorrecta.
  • Que está bien, siempre que el tío John sea usted.
  • Respuesta correcta.

A partir de ese momento el titular del sueño les dijo a los tres niños que el caso ilustra que toda acción se realiza en interés personal de quien la lleva a cabo.

Esto, enfatizó, en el fondo es una tautología puesto que si no está en interés del sujeto actuante ¿en interés de quien diablos es?.

Hay acciones sublimes, las hay ruines y existen las corrientes aseveró el catedrático pero todas, en toda circunstancia, son en interés de quien la ejecuta. En este sentido, no hay acciones desinteresadas. En el lenguaje coloquial se suele hacer referencia a una acción desinteresada cuando no se espera dinero a cambio pero, en toda circunstancia, el acto se realiza para satisfacer a quien lo emprende.

Estaba en el interés personal de la Madre Teresa de Calcuta el cuidar a los leprosos. Esa era su preferencia y su escala de valores. En eso se define su calidad personal. Por su parte, estaba en interés de Al Capone el tener éxito en sus crímenes. Eso lo catalogaba como persona.

Adam Smith --continuó su perorata el educador de marras-- explicó que lo atractivo del orden social libre es que cada uno siguiendo su interés personal, sin proponérselo, beneficia a los demás. En eso consiste la celebre metáfora de “la mano invisible” y la imperiosa necesidad de defenderse de lo que el susodicho maestro recordó es “el pie visible del aparato estatal” que, al intervenir fuera de lo que teóricamente es su misión específica de brindar seguridad y justicia, desarticula arreglos contractuales libres y voluntarios, genera descoordinaciones, faltantes y sobrantes que no permiten que las partes logren sus respectivos cometidos.

De allí es la tan conocida y citada frase del autor escocés en La riqueza de las naciones: “No debemos esperar nuestra comida de la benevolencia el carnicero, del cervecero o del panadero, sino que se debe a sus propios intereses. No nos dirigimos a su humanidad sino a su interés personal, y nunca conversamos con ellos de nuestras necesidades sino de su ventajas”.

En estos días que corren pareciera que en lugar de atender las necesidades del prójimo a través de transacciones comerciales son muchos los que pretenden el “apoyo” estatal, claro está, con los recursos forzosamente detraídos de los vecinos. El profesor terminó su clase del día repitiendo un cuento que por entonces circulaba: en un comarca había un rey a quien acudieron a pedir “salvatajes” tres comerciantes de la zona argumentando que necesitaban “protección de la competencia”. El rey pidió tres filosas espadas y se las entregó a los visitantes y les dijo que el obsequio era para que se defiendan contra quienes ellos reclamaban la susodicha protección. Los así llamados comerciantes protestaron airadamente y manifestaron que sería horrible e injusto usar las armas contra supuestos atacantes, a lo que el rey, haciendo gala de una sorpresiva y poco usual sabiduría, les replicó: “Es también horrible que yo recurra a la fuerza gubernamental contra gente inocente”. Los niños que escuchaban atentamente comprendieron no solo la motivación de las acciones humanas sino que entendieron que el uso de la fuerza debe ser únicamente de carácter defensivo.

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