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Chile: La herencia

Publicado por Rafael Rincon Urdaneta - Zerpa

Herminia era una buena mujer, siempre alegre y risueña pese a la implacable estrechez. Poseía, con su cónyuge, como mil hijos. Nunca conseguí conocerlos a todos. Juraría que tenían —si es que no lo lograron— intenciones serias de registrarse en el Libro Guinness de los Records.

Curiosamente, el longevo padre de Herminia tenia posesiones y ahorros que quiso repartir antes de doblar la servilleta. Aunque decía que el alcohol era un buen conservante, intuía que su organismo estaba por cobrarle cada centímetro cúbico de escocés ingerido. Así que distribuido el tesoro, que entiendo mantenía fuera del alcance de un par de vástagos de vida disoluta, el anciano se fue de este mundo sin más. Herminia lloró cinco minutos y luego, saltando en una pata de alegría, juró sobre el pálido semblante del difunto no vivir más penurias. La vida es corta —pensaba— y hay que disfrutarla antes de que llegue "La Pelona", como coloquialmente se conoce a la muerte en cierto país caribeño.

Herminia, con las mejores intenciones, propias de una abnegada amante de su familia, hizo del gasto deporte y compró cuanta cosa pasó frente a sus narices. Algunas las requería con premura. Otras, la verdad, no. Y a su millar de polluelos dio todo mientras pedían cada vez más y más. Así, la pequeña fortuna—ahora que pienso no era tan pequeña— se esfumó tan rápidamente como aparecieron las deudas. Por suerte, algunos de sus retoños, trabajadores y responsables —varios de ellos emprendedores— se salvaron del hundimiento porque aprendieron a nadar como anguilas. Sin embargo, como antaño, Herminia hoy sobrevive. Está secuestrada por la máquina del tiempo, solo que ahora, además de la ruinosa situación de su país, tiene nietos como para poblar el Sahara e hijos de corazones agradecidos que la auxilian.

Chile progresa sin lugar a la menor duda. Lo dicen los números. Lo demuestran los mejorados estándares de vida de las personas. Lo confirman los incontables chilenos que viven sustancialmente mejor que sus padres y abuelos. Y no ha recibido herencia de ningún padre rico con cirrosis hepática. Ha costado llegar hasta aquí, sin milagros, sin intervenciones celestiales, sin caprichos del destino. Porque no éramos Luxemburgo lustros o décadas atrás, aunque sea necio recordarlo. Lo que vemos es el producto del trabajo, de una razonable responsabilidad administrativa y, sobre todo, de un sistema de libertades económicas y políticas cuyos resultados no necesitan intérprete. Los feos episodios de abusos y la labor de dedicados estafadores y tramposos de oficio no han debilitado su espíritu, aunque sí han afectado muy injustamente su prestigio, en buena medida por interpretaciones erróneas y por la malsana manipulación de sus detractores.

Pero estamos actuando hoy como si el planeta fuera explotar el fin de semana. O como si estuviéramos siendo cómodamente llevados por un piloto automático. Queremos sentarnos a disfrutar de la vida, que es corta, y creemos haber trabajado suficiente. Celebramos Fiestas Patrias con un asado que podría alimentar a toda el África subsahariana, leones incluidos, mientras hablamos de desigualdad, tuiteamos nuestras rabias e inconformidades desde el iPhone y coqueteamos con el populismo. Queremos Estado de Bienestar a todo dar y no tememos endeudarnos como tantos países que hoy se lamentan. Y olvidamos el porvenir de nuestros hijos y nietos.

Quizás no nos arruinemos en 24 horas embarcados en utopías onerosas de “todo gratis”, como las que proponen el intelectual irresponsable y el político charlatán. Pero podríamos dejar a las futuras generaciones muy comprometidas —hipotecadas— y bajarnos mañana del tren del progreso… en medio del desierto.

Publicado originalmente en el blog de La Tercera (Chile) el 15 de octubre de 2013.

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