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Archivo por Agosto 2015

Hace poco, el 31 de julio, se conmemoró el natalicio de Milton Friedman. Esto es una ocasión magnífica para homenajearlo. ¿Y cuál es la mejor forma? Pues dando a conocer sus ideas, demostrando que siguen teniendo plena vigencia.

(parte 1)

(parte 2)

En una extravagante pero habitual frase pronunciada por buena parte de los gobiernos del planeta, estos se atribuyen en su gestión la “creación” de cierto número de empleos o nuevos empleos para demostrar lo exitosos que han sido dilapidando los recursos de los ciudadanos. La realidad es muy otra: es el sector privado (y sólo el sector privado) quien crea nuevas fuentes laborales.

En este contexto, es interesante analizar en particular el fenómeno del empleo (o desempleo) de los inmigrantes ilegales, es decir de aquellos quienes residiendo en un determinado país no se ajustan a las generalmente muy restrictivas leyes que restringen un derecho tan elemental como la libre migración interfronteras. Bien dice Mises en el capítulo Armonía y conflicto de intereses de su monumental Acción Humana que bajo una economía de mercado libre “las fronteras políticas se transforman en meras rayas trazadas sobre los mapas……[no habrá] ni barreras ni cortapisas de ningún género [que] perturben la libre movilidad del capital, del trabajo y de las mercancías….ni leyes, jueces ni funcionarios  [que] discriminen contra individuo ni grupo alguno, ya sea nacional o extranjero”.

Pues bien, a pesar del enorme abanico de trabas y regulaciones que los gobiernos se empecinan en instrumentar, cabe preguntarse el porqué no existe una “tasa de desempleo de inmigrantes ilegales”, sino que el desempleo se da solamente en los individuos que trabajan bajo la lupa de los entes reguladores estatales. Vale la pena recordar las palabras de Hans Sennholz, destacado escritor y conferencista sobre temas de economía y política y problemas monetarios, quien fue jefe del departamento de Economía del Grove City College, de Pennsylvania: “El desempleo es un fenómeno de costos. Siempre hay trabajo para alguien cuya productividad exceda los costos de su empleo. Y la desocupación esta aguardando a cualquiera cuyos costos sean superiores a su utilidad. Esta es la verdad, tanto se trate de un ciudadano nativo como de un extranjero”.

Por otro lado, y complementariamente a lo que venimos expresando, es sabido que el salario no es sino un precio más expresado en una sociedad libre que, como tal, se rige también por la oferta y demanda. En consecuencia, cual será el nivel salarial de un nativo o de un inmigrante estará dado, en última instancia, por la estructura de capital del país en cuestión. Es conocido el ejemplo del peluquero de California que, con los mismos peines, tijeras y técnicas que su colega de Haití, ganará un salario 10 veces mayor que el de éste.

Veámoslo en un ejemplo empírico que relaciona ambos aspectos, la inmigración y la inversión por trabajador: ¿Acaso el americano Bradley encontraría empleo más fácilmente en un rancho en Dallas, Texas, ocupando la vacante libre que fue dejada por el sudamericano Carlos al haber sido arrestado y deportado? El punto para resolver el interrogante es que a Bradley, debido a la política intervencionista gubernamental de salarios mínimos, hay que pagarle US$ 7,25 p/hora de salario mínimo, mientras que la utilidad o el valor de su trabajo puede llegar a ser, eventualmente, de solo US$ 2. La respuesta a la incógnita es entonces un rotundo ¡NO!

Lo que quiere decir que echarlos intempestivamente de su trabajo y deportarlo de sus países de residencia de nada servirá para disminuir las tasas de desempleo, puesto que de ninguna manera los nativos ocuparían esos nuevos espacios libres, por lo anteriormente descripto.

En el caso de EE.UU., hoy en día según el Center for Immigration Studies hay 12 millones de inmigrantes ilegales, pero como ya sabemos su expulsión no garantizaría puestos de trabajo para los americanos, ni bajaría su actual tasa de desempleo de  5,5% a cero.

Otro aspecto más que conocido es que generalmente los inmigrantes ilegales prestan servicios en las áreas más difíciles de controlar por los organismos gubernamentales y que, por otra parte, son tareas normalmente desechadas por los nativos.

En un mundo tan globalizado como el de hoy, es imposible contener la fluctuación de personas que entran y salen de los países con leyes o reglamentos. La clave está en dar más libertad el libre movimiento de hombres y mujeres y más aún al trabajo que pueden llegar a realizar en los lugares donde posen sus pies. Debemos bregar para que, hoy en día, se vuelva a hacer realidad lo que era habitual en, por ejemplo, los finales del siglo XIX y principios del XX: una casi absoluta libertad de movimientos de la fuerza laboral entre los países que permitió, entre otros factores, el impresionante desarrollo de naciones como EE.UU.

Lo que el Estado nos roba

Publicado por Javier Paz

El Estado nos roba muchas cosas. Lo más evidente es nuestro dinero a través de los impuestos, pero no es lo único. Por ejemplo, también pone trabas para que la gente innove, haga negocios y cree fuentes de trabajo, robándole así un mejor futuro a muchas personas. Pero el propósito de esta nota es reclamar por el robo que sufrimos los ciudadanos de nuestro tiempo.

El tiempo es la materia prima del ser humano. Requerimos de tiempo para trabajar, para descansar, para jugar, para pensar, para disfrutar de nuestros hijos, para vivir y por tanto nuestro tiempo es un recurso escaso que vale tanto o más que los impuestos que pagamos. Y sin embargo el Estado lo desperdicia y lo derrocha sin asco ni consideración. ¡Cuántos trámites que pudieran hacerse por internet e incluso eliminarse requieren de esperas eternas con colas que comienzan a formarse antes de que salga el sol! ¡Cuántos jubilados, madres y niños deben madrugar y formar colas desde las 4 de la mañana bajo el frío altiplánico o derretirse toda la tarde bajo el sol oriental! ¿Cuántas veces hacemos cola para sacar un papel que nos lleve a la cola de un banco a pagar un valorado que nos permita regresar al lugar donde nos dieron el papel para hacer otra cola para iniciar un trámite que requerirá muchas colas y horas de espera?

¡Cuántas horas, que a lo largo del tiempo se transforman en días, perdemos los ciudadanos en farsas como la inspección técnica vehicular que no tienen otro propósito que darle dinero a los policías, tanto por lo que recaudan legalmente (      aunque no legítimamente) como por lo que consiguen en coimas de quienes quieren ahorrarse unas horas perdidas! ¿No sería más honesto, más eficiente y más beneficioso para todos dejar de llamar a esa farsa “inspección técnica” y directamente pagar un impuesto destinado a la Policía? No nos ahorraríamos el dinero, pero al menos sí el tiempo, precioso tiempo que un taxista necesita para alimentar a su familia, una madre para jugar con sus hijos, un trabajador para trabajar o un atleta para ejercitarse.

El tiempo es la materia prima del ser humano y el Estado lo desperdicia como si no valiera nada. Nosotros cargamos la culpa de permitir ese ultraje.

Santa Cruz de la Sierra, 26/07/15

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