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Archivo por Abril 2010

El día viernes la Secretaria de Estado de EE.UU. dijo en su discurso en la Universidad de Louisville el viernes que los Castro "no quieren ver el fin del embargo" comercial de EE.UU. a su país porque "perderían todas sus excusas por lo que no ha pasado en Cuba en los últimos 50 años". Pueden ver el video de este discurso aquí.

Tiene razón. Ojalá la administración de Obama le ponga fin a una política que, como he argumentado anteriormente, ha demostrado ser contraproducente.

Estimado Silvio Rodríguez,

Me has respondido con cierta vehemencia. No te gustó mi anterior contestación a una pregunta tuya. Ojalá estos papeles tengan mejor suerte. Mi intención no es hostilizarte, sino conversar civilizadamente. Veamos.

Dices: "Mi hijo Silvio-Liam es una voz que comienza a extender sus verdades. El ama a nuestro Apóstol, no le resulta incómodo, no desea borrarlo de la Historia. A él no le crispa que Martí haya dicho: 'Viví en el monstruo y le conozco las entrañas'. Él escogió ponerse 'el libre' por no sentirse atado. Asume haber nacido así y su padre aplaude que lo sienta y lo diga en su clave generacional”.

Yo también, Silvio, respeto la memoria de Martí, el más ilustre de todos los cubanos, pero no sólo el que, con bastante sagacidad y razón, temía los impulsos imperialistas de EE.UU. a fines del siglo XIX, sino, además, el que criticó severamente a Marx y alabó a los empresarios con iniciativa al grado de afirmar:  “Pero los pobres sin éxito en la vida, que enseñan el puño a los pobres que tuvieron éxito; los trabajadores sin fortuna que se encienden en ira contra los trabajadores con fortuna, son locos que quieren negar a la naturaleza humana el legítimo uso de las facultades que vienen con ella".

Como coincido con Martí, Silvio, y no con Fidel, a mi me parece muy bien que alguien con tu talento haya podido enriquecerse legítimamente, tener propiedades dentro y fuera de Cuba y poseer una próspera empresa de grabaciones construida con el producto de su esfuerzo. Lo que quisiera es que ese privilegio que te han concedido se convierta en un derecho y se extienda a todos los cubanos. Es cruel y terriblemente empobrecedor que tanta gente talentosa y con iniciativa, como hay en Cuba, tenga que vivir subordinada a los caprichos de los comisarios y los burócratas.

Pero volvamos a la generación de tu hijo, la de Silvito “el Libre”, que es, también, la de los míos, y la de Yoani Sánchez y Gorki Águila. ¿No te parece criminal que esos jóvenes estén obligados a suscribir las ideas y prejuicios de unos confundidos octogenarios, paralizados por el miedo y el dogmatismo, que adquirieron sus juicios morales y su percepción de la realidad y de los conflictos sociales hace sesenta años, en otras circunstancias radicalmente diferentes? Tenemos que liberar a las jóvenes generaciones de esa carga nefasta para que sean capaces de construir libremente sus vidas. Eso es urgente.

Sigo con tu carta. Dices: Diseñas una Cuba distorsionada que propagan las monstruosas cadenas. Cortando y pegando repartes un odio que ha derribado aviones llenos de inocentes. Siempre he reprobado el hundimiento del remolcador 13 de marzo”.

¡Ay, Silvio! ¿Diseño una Cuba distorsionada? ¿Te parece poco que, desde que se instauró la revolución, hace ya más de medio siglo, el 20 por ciento de la población ha huido a bordo de cualquier cosa, pagando el intento con varios miles han muertos? ¿Son falsos los fusilamientos, los maltratos en las cárceles, los actos de repudio a quienes se atreven a criticar al régimen? ¿Es mentira la censura?

¿Recuerdas cuando apaleaban a los cubanos por quererse ir del país en aquellos “actos de repudio”, que no han cesado nunca porque hoy los organizan contra las Damas de Blanco y los demócratas de la oposición? ¿Se te ha olvidado como encerraban a los homosexuales en campos de concentración, como los echaban de la Universidad tras humillarlos públicamente? ¿No es verdad que en la primavera del 2003 encarcelaron y condenaron a penas de hasta 28 años de cárcel a 75 personas por prestar libros prohibidos, pedir un referéndum y escribir crónicas en los diarios extranjeros?

¿Qué tiene que ver la denuncia de esas monstruosidades con el condenable derribo de un avión de “Cubana de Aviación” lleno de inocentes, crimen que me parece repugnante?  Tú condenas, y yo creo en tu sinceridad, el hundimiento del remolcador “13 de marzo” y el asesinato en ese episodio de 41 personas, pero ¿por qué no alzaste tu voz en la Asamblea Nacional del Poder Popular para denunciar el crimen? Eras un diputado, un representante de la sociedad. ¿Por qué callaste? Si quienes pueden hablar no se atreven a hacerlo se convierten en cómplices de la barbarie y contribuyen a perpetuarla. Quienes desean cambios deben proclamarlo con valentía.

Y luego dices: “Pero quién va a creer que te importan los muertos somalíes, cuando no te interesan los cubanos que dieron su vida por un fingido prócer. A mí me conforta saber que no fue en vano el sacrificio de los caídos en Angola. No sólo porque los haya visto combatir y morir pobres y limpios, sino porque fueron consagrados en la eternidad por Nelson Mandela. Atrévete, Carlos Alberto, a afirmar que Mandela mintió cuando dijo que la presencia cubana en África significó el principio del fin del apartheid”.

Claro, Silvio, que me importan los miles de muertos somalíes exterminados por el ejército de Cuba en una guerra desigual y sin piedad que nada tenía que ver con la lucha contra el apartheid y sí con darle una victoria a la dictadura etíope, entonces aliada de la URSS. Como me importan, y mucho, los tres mil cubanos que  dejaron la piel en África, sólo porque Fidel Castro, sin consultar con nadie, ni siquiera con el Partido Comunista, decidió convertirse en un líder planetario y transformó a la pobre Cuba en la punta de lanza de sus apetencias de renombre internacional y en el peón más agresivo y oportunista de la Guerra Fría.

¿Para qué tanto sacrificio? Al final, las tropas cubanas, entre otras ironías de esa insensata carnicería, acabaron custodiando los intereses petroleros estadounidenses en la zona de Cabinda, y hoy Angola es una nación capitalista deseosa de olvidar los años en los que planeaba construir un estado calcado del modelo soviético. En Angola ya nadie recuerda aquel proyecto revolucionario por el que murieron tantos cubanos inútilmente.

¿No crees que es hora de poner punto final a la utilización del pueblo como carne de cañón para saciar las ansias de notoriedad de una camarilla sedienta de poder y gloria? ¿No crees que el arrendamiento de profesionales cubanos para pagar deudas, como si fueran esclavos, en nombre de la solidaridad internacional, es una ofensa profunda al honor nacional?

Mi admirado Mandela, Silvio, no mintió: tiene, sencillamente, un ángulo diferente al mío sobre el papel de las tropas cubanas en África. En todo caso, lo que me emociona de Nelson Mandela no es su discutible opinión sobre el rol de las tropas cubanas en ese continente, sino esa democracia y esa libertad sin ira que les llevó a todos los sudafricanos en lugar de seguir el ejemplo totalitario de Fidel.

Terminas tu carta de una forma curiosa: “Sé que tus argucias serán multiplicadas mil veces más que cualquier verdad desde Cuba. Desde esta dignidad cercada continuaré cantando lo que pienso: Sigo con muchas más razones para creer en la Revolución que en sus detractores. Si este gobierno es tan malo ¿de dónde salió este pueblo tan bueno?"

Concuerdo contigo, Silvio, en que la prensa libre será más generosa con mis explicaciones que con las tuyas, pero no es tu culpa. El mundo al que se adscribía la revolución cubana se derrumbó con el Muro de Berlín y hoy esa dictadura es sólo un viejo y desacreditado fósil, apenas emparentado con Corea del Norte, porque ya ni siquiera China y Vietnam son regímenes comunistas, aunque, lamentablemente, sigan siendo dictaduras gobernadas por un partido único con mano de hierro.

No obstante, me parece legítimo que continúes cantando lo que piensas e insistas en defender la revolución y la dictadura comunista. Ese es tu derecho. Te diré más: la Cuba con la que sueñan millones de cubanos debe ser un país en el que tú puedas cantar lo que piensas, pero en el que también quepan Gloria Estefan, Willy Chirino, Paquito D´Rivera y Los Aldeanos. Una Cuba sin exclusiones.

Entre todos, Silvio, tenemos que forjar esa Cuba tolerante en la que no se persiga a nadie por manifestar sus ideas. No te equivocas cuando dices que el cubano es un pueblo “bueno”. Todas las dictaduras comunistas padecían malos gobiernos, pero tenían pueblos buenos en los que no faltaban los Sajarov, los Walesa y los Havel. En Cuba también abunda esa clase de héroes. Muchos están presos.

Tenemos que encontrarnos en un claro de la historia patria para darnos ese abrazo de reconciliación, libertad y cambio que casi todos anhelamos. Saltemos sobre nuestras diferencias, Silvio, y hagamos un mundo mejor para nuestros hijos. Un mundo democrático y libre, como esas veinte naciones que están a la cabeza del planeta; esas veinte naciones a las que quieren escapar tantos cubanos jóvenes, como tú mismo acabas de advertir muy preocupado. Entre todos, Silvio, pacíficamente, podemos cambiar nuestro destino y salvar el futuro.

Con genuina cordialidad cívica,

Carlos Alberto Montaner
Madrid, 3 de abril de 2010

En otras oportunidades —al efecto de recordar que la sociedad abierta debe ser mantenida y alimentada si se desea que subsista— lo he citado a Paul Johnson quien escribió que “Una de las lecciones de la historia que uno debe aprender, por más que resulte desagradable, es que ninguna civilización puede darse por sentada; siempre hay una era oscura esperando a la vuelta de cada esquina”. En una línea argumental equivalente, muchos años atrás escribí un artículo que titulé “La civilización es frágil”: resulta relativamente fácil destruir instituciones que apuntalan la sociedad abierta pero es sumamente difícil reconstruirlas y apuntalarlas.

Muchos han sido los ejemplos de excelencia a través de la historia, pero por más admirables que hayan sido si no se sostienen en el tiempo la mediocridad gana terreno hasta convertirse en pura decadencia. Tal vez los ejemplos sobresalientes de excelencia y decadencia estrepitosa hayan sido los de Fenicia, Atenas, Roma, la Viena decimonónica y EE.UU. de la actualidad.

En el primer caso, se dio al mundo antiguo un ejemplo de espíritu pacífico y de cooperación a través del comercio. Como señala Edgar Sanderson en su monumental historia, los fenicios no estaban interesados en conquistar sino en civilizar a través de acuerdos libres y voluntarios entre muy diversos pueblos del mundo. Fundaron puertos como la célebre Cartago y Gades (luego Cádiz) y construyeron notables embarcaciones para poder comerciar lo fue una obra educativa debido a que esas actividades requieren el cumplimiento estricto de la palabra empeñada en el contexto de la amabilidad y la cortesía: las partes en la transacción se agradecen recíprocamente como muestra de que ambas ganaron sirviendo al prójimo como un medio inexorable para mejorar la propia posición. Igual que sucedió con nuestros otros ejemplos, la decadencia de valores interna carcomió y minó el tejido social que desembocó en la invasión de fuerzas externas que se apoderaron del lugar.

Por esto es que en los cinco ejemplos que elegimos para ilustrar como puede producirse el auge y la acida de la excelencia debe prestarse especial atención a la reflexión de Albert Schweitzer: “En el movimiento de la civilización que comenzó con el Renacimiento hubo fuerzas tanto materiales como ético-espirituales en juego como si estuvieran en competencia una con la otra y esto continuó. Pero algo sorpresivo ocurrió: la energía ética del hombre se extinguió mientras las conquistas ganadas por su espíritu en la esfera material continuó creciendo. Entonces, durante varias décadas nuestra civilización disfrutó de los grandes adelantos de su progreso material sin prácticamente sentir las consecuencias de los moribundos movimientos éticos. La gente vivió bajo las condiciones producidas por ese movimiento sin ver con claridad que su posición ya no era sustentable [...] De este modo, nuestra propia era, sin tomarse el trabajo de reflexionar, llegó a la opinión que la civilización consiste principalmente en logros científicos, técnicos y artísticos y que pudo lograr su objetivo sin principios éticos”.

En Atenas —“la cuna de la civilización”— se dieron los primeros pasos hacia la democracia moderna y se barajaron prodigiosos conceptos filosóficos hasta que la corrupción en las costumbres y el abandono de principios básicos condujo a su completa destrucción. Idéntico fenómeno ocurrió en Roma donde especialmente en el período de la República se consolidaron las bases de la organización jurídica de la sociedad abierta hasta que los abusos imperiales en el contexto del apartamiento de las nociones del derecho y el consiguiente respeto recíproco inmolaron un maravilloso andamiaje jurídico. Por su parte, el cosmopolitismo de la Viena decimonónica abrió cauces para las manifestaciones culturales más excelesas en la literatura, la música, la economía, el derecho y, con todo lo controvertido que resulta, el psicoanálisis.

Hoy se observa con alarma la traición mayúscula que tiene lugar en EE.UU. respecto de sus principios fundadores: el Leviatán viene haciendo estragos en lo que fue el baluarte del mundo libre. Se le atribuyen al aparato estatal funciones que hada tienen que ver con su misión específica para absorber los más variados aspectos de la vida privada de las personas con lo que el gasto gubernamental, la deuda pública, el déficit fiscal y la manipulación del signo monetario se tornan insoportables.

La respuesta a este cuadro de situación no debe limitarse a la crítica sino que deben estudiarse y proponerse los caminos para corregir y revertir el problema sin ceder en los principios ni contemporizar en las metas: “una cosa es cacarear y otra es poner huevos”. Se necesitan personas de coraje moral e integridad que señalen fundamentadamente el camino hacia el sistema de libertad y responsabilidad individual. La colectivización y su correlato socialista destruyen la dignidad humana y conducen a la pobreza espiritual y material de todos menos los encaramados en el poder que explotan miserablemente a los demás. Tal vez el eje central de la decadencia estribe en la absurda y corruptora noción de que es posible demandar al aparato estatal recursos que pertenecen a otros, pero como bien ha dicho Milton Friedman, en última instancia “no hay tal cosa como un almuerzo gratis”.

El día lunes comenté aquí sobre la terrible decisión de una corte ecuatoriana de sentenciar al editor de opinión de El Universo, Emilio Palacio, a tres años de cárcel. Desde ese entonces, columnistas de varios diarios nacionales nos pusimos de acuerdo y suscribimos un comunicado en protesta por la decisión de la corte. Este comunicado se publicó ayer en El Comercio, El Universo, Diario HOY y La Hora. En el sitio Web de El Comercio se ha publicado una lista actualizada de quienes suscribimos esta muestra de respaldo al acusado y defensa de la libertad de expresión. Ya somos 47 columnistas.

El cantautor Silvio Rodríguez me ha hecho una pregunta públicamente. Se la voy a responder. Es un magnífico y admirado compositor al que debe tomársele en cuenta. Dice Silvio: "Si los miles de cubanos que perdimos familia en atentados de la CIA hiciéramos una carta denuncia ¿la firmaría Carlos Alberto Montaner?" La pregunta forma parte de lo que parece ser un poema o la letra de una canción inédita. El texto se titula Preguntas de un trovador que sueña y está disponible en un website llamado kaosenlared.net, vertedero ideológico en el que es posible leer elogios a los narcoterroristas de las FARC o a los asesinos de ETA, pero donde, de vez en cuando, aparecen críticas lúcidas a la dictadura cubana.

Por supuesto, Silvio: yo firmaría esa denuncia. La CIA, como todos los servicios de inteligencia, ha hecho cosas deplorables que merecen ser censuradas. Y las ha hecho el ejército estadounidense cuando maltrató cruelmente a los prisioneros. Y las sigue haciendo el Departamento de Justicia de Estados Unidos, y hasta la Corte Suprema, cuando priva a ciertos detenidos del amparo de la ley. Todo eso, incluida la pena de muerte, me parece abominable y contrario a un verdadero Estado de Derecho en el que se respeten las libertades individuales.

Ahora, Silvio, me toca preguntarte a ti: ¿firmarías una carta en la que se denunciaran los atropellos a los presos políticos cubanos y el acoso a las Damas de Blanco? Una carta en la que mostraríamos nuestro respeto por Orlando Zapata Tamayo, Guillermo Fariñas y todo aquel dispuesto a morir defendiendo su dignidad de ser humano. Una carta en la que solicitaríamos la condena a los policías responsables de la muerte de 41 infelices, la mayor parte niños y mujeres, que huían de Cuba en un barco en la madrugada del 13 de julio de 1994. Una carta en la que los cubanos les pediríamos perdón a los somalíes por la matanza de miles de personas llevada a cabo en 1977 y 78 por el ejército cubano en la Guerra de Ogadén, cuando Cuba se alió a la dictadura etíope. Una carta en la que se condenara la censura, el dogmatismo, el partido único, la persecución a las personas por tratar de defender sus ideas políticas, sus creencias religiosas, sus preferencias sexuales. Una carta en la que les dijéramos a los hermanos Castro que 51 años es un periodo demasiado prolongado para continuar imponiéndoles a los cubanos un sistema fallido y cruel en el que ya casi nadie cree, comenzando por ti, Silvio, y por tu talentoso hijo “Silvito”, músico, como tú, a quien apodan “el Libre” para diferenciarlos, porque Silvito ha decidido cantar y decir lo que piensa.

Voy a contestar por ti, Silvio: yo creo que la firmarías. Y creo que la firmaría el 90% de los cubanos, hartos ya de esa vieja dictadura de difuntos y flores. Y te diría más: es importante que todos los cubanos interesados en salvar el futuro (porque el pasado lo hemos hecho añicos irremediablemente), los de la oposición democrática y los reformistas del régimen, como es tu caso, se encuentren en un punto medio para buscar una salida a la trampa que nos van a legar los hermanos Castro cuando decidan morirse y nos dejen como herencia un manicomio empobrecido y sin ilusiones patrullado por una legión de policías corruptos.

Hace pocas fechas dijiste que a la palabra “revolución” hay que quitarle la “r” para comenzar a evolucionar. De acuerdo. ¿Cómo se hace ese prodigio? Se hace vaciando las cárceles de presos políticos, permitiendo la libre expresión de las ideas y la asociación espontánea y sin coacciones de las personas. No se trata de determinar ahora hacia dónde debe ir el país. Lo que se impone en este momento es abrir los cauces de participación para que los propios cubanos cambien todo lo que haya que cambiar y decidan democráticamente el rumbo que debe seguirse. Después, poco a poco, sin violencia, sin revanchas, pacíficamente, elección tras elección, las piezas irán cayendo en su lugar hasta que salgamos de la etapa actual y la sociedad, si así lo decide libremente, redefina el Estado y el perfil de la convivencia.

¿Hacemos esa carta juntos? Atrévete.

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