Yantaló, Perú

Ian Vásquez destaca la vida y obra de su padre, Luis Vásquez, quien estableció la Fundación Yantaló y la clínica Adelina Soplín en un pueblo de la selva peruana.

Por Ian Vásquez

Adelina Soplín nació el 5 de noviembre del 1905 en Yantaló, un pueblo selvático de entre 200 y 500 personas en el departamento de San Martín. Derivado del quechua, el nombre del lugar significa algo así como “cargador de leña”, nombre que también destaca el aislamiento y la pobreza dentro de un país pobre: los yantalinos dependían de la leña que recogían en los alrededores para el fuego, la cocina y otras necesidades.

No fue sino hasta 1993 que Yantaló se conectó a la red eléctrica. No fue hasta el 2009 que se asfaltó por primera vez la ruta desde Yantaló a Moyobamba, la ciudad más cercana. Durante la Gran Depresión, un miembro del Ejército peruano, Eulogio Vásquez, llevó a Adelina a Lima. En esa época, era usual viajar a pie y a caballo hasta llegar a la costa norte y de allí ir en camioneta hacia la capital. El 19 de setiembre de 1935 nació su hijo, César Luis Vásquez. Prontamente, el padre abandonó la familia para solo jugar un papel muy distante en los años sucesivos.

En sus primeros años, Luis, como le llegarían a llamar, vivió con su madre en una quinta en el Centro de Lima. Adelina trabajaba de lo que podía: limpieza de casas, cuidado de niños. Ella no tenía mucha educación formal, pero sí buenos valores y una constitución fuerte. Insistió en que su hijo aprendiera inglés y, como tantas familias humildes todavía hacen, sacrificaba comidas para priorizar la educación.

Luis era un buen estudiante. Luego de recibirse de médico en la Universidad de San Marcos, viajó con una beca a principios de los sesenta para hacer investigaciones médicas en la Universidad de Denver. Allí conoció a Mary MacAulay, del estado de Wisconsin. Se casaron, tuvieron un hijo en Estados Unidos y en 1966 se mudaron al Perú, donde tuvieron dos hijos más. El menor fui yo.

Con dos socios, mi padre estableció un consultorio médico en el Centro de Lima y trabajó con la farmacéutica británica ICI, que lo llevó a Londres de manera regular. Siempre insistió en que recibiéramos la mejor educación. En la segunda parte de los setenta, nos mudamos a Estados Unidos debido a la desastrosa economía que produjo el gobierno militar. Allí, mi padre trabajó para otra farmacéutica y empezó una empresa que organizaba congresos médicos internacionales por todo el continente.

No fue, sin embargo, hasta que se jubiló que mi padre se dedicó a lo que consideraba la obra profesional más importante de su vida. En el 2005, decidió visitar por primera vez el pueblo de su madre. Allí descubrió un paisaje hermoso, decenas de familiares por toda la zona y una comunidad necesitada. Estableció la Fundación Yantaló y construyó una clínica, nombrada en honor a Adelina Soplín, que daría atención a quienes lo necesitaban.

La fundación ha traído misiones médicas de las mejores universidades y hospitales de Estados Unidos varias veces al año y así ha realizado miles de cirugías de todo tipo y miles más de consultas médicas. Ha contado con voluntarios y practicantes médicos peruanos que trabajan a la par de los médicos estadounidenses. Ni qué decir, la fundación ha cambiado innumerables vidas.

La obra de la fundación ha sido posible en parte porque el Perú de las últimas décadas ha vivido un período extraordinario de apertura y estabilidad que ha facilitado la comunicación y el intercambio. He viajado a San Martín numerosas veces durante 20 años, en los que he visto cómo la región se ha transformado, con mejoras notables en el bienestar de la población. La pobreza en San Martín ha caído de alrededor de 70% a 22%. Aun así, sigue habiendo mucho por hacer, y por eso sigue existiendo la fundación.

Mi padre, Luis Vásquez, falleció el 2 de mayo. Quería recordar aquí algo importante para su Perú querido que, considero, representa su historia: la creencia en el progreso y su promoción por voluntad propia.

Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 12 de mayo de 2026.