Una visión realista del pánico por la desigualdad
Chelsea Follett dice que el mundo es ahora más igualitario en una amplia gama de factores, desde la esperanza de vida y la supervivencia infantil hasta el acceso a Internet y la escolarización.
Por Chelsea Follett
El director ejecutivo de Anthropic, Dario Amodei, abogó por una fiscalidad mucho más elevada en una reciente entrada de blog, argumentando que la actual concentración de la riqueza es mayor que la de la "Edad Dorada" (Gilded Age) y está a punto de empeorar a nivel mundial. La cantante Billie Eilish, número uno en las listas de éxitos, imploró a los multimillonarios que donaran su dinero, mientras que el alcalde de la ciudad de Nueva York, Zohran Mamdani, ha ido más allá, opinando "No creo que debamos tener multimillonarios" porque vivimos en "un momento de tanta desigualdad". Si hay algo que está en boga, es la convicción de que la desigualdad se ha vuelto lo suficientemente urgente como para justificar una respuesta política contundente.
Pero los hechos no respaldan esto. No solo ha disminuido la desigualdad de ingresos a nivel mundial a largo plazo —contrariamente a la narrativa popular—, sino que la desigualdad también ha disminuido en educación, salud y una gran cantidad de otras áreas. El mundo es ahora más igualitario en una amplia gama de factores, desde la esperanza de vida y la supervivencia infantil hasta el acceso a Internet y la escolarización. Cuanto más ampliamente se examina la desigualdad, más alentadores parecen los datos. Resulta que ni siquiera el impacto del COVID-19 logró borrar décadas de progreso hacia un mundo más próspero y más igualitario.
De hecho, los datos muestran un marcado descenso de la desigualdad global en las últimas décadas, impulsado en gran medida por la creciente prosperidad de los países más pobres. Durante los años de la pandemia, 2020 y 2021, el progreso se ralentizó drásticamente. Algunos indicadores se estancaron y unos pocos empeoraron ligeramente. Pero los avances acumulados antes de la crisis no se deshicieron.
En resumen, el daño al bienestar humano fue más limitado de lo que muchos temían.
Las narrativas alarmistas moldean la opinión pública y animan a los responsables políticos a llevar a cabo intervenciones radicales que pueden hacer más daño que bien.
Otro análisis reciente publicado en The Economist revela que la desigualdad global en el gasto en consumo está disminuyendo. En 2000, el 10% más rico de la humanidad gastaba 40 veces más que el 50% más pobre. En 2025, gastaban alrededor de 18 veces más. Utilizando datos de World Data Lab, concluyen que el 50% más pobre consume ahora más que el 1% más rico, rompiendo con las tendencias del pasado.
Sin embargo, muchos piensan que solo una redistribución a gran escala puede detener la desbocada desigualdad mundial. Figuras tan diversas como Amodei, Eilish y Mamdani no son, ni mucho menos, las únicas que comparten esta opinión. En los últimos años, los llamamientos a favor de un impuesto mundial sobre el patrimonio, un enorme aumento del gasto en ayuda exterior y otras medidas sin precedentes están cobrando fuerza en el mundo académico, las organizaciones sin ánimo de lucro, la prensa y organizaciones internacionales como las Naciones Unidas.
Esa conclusión es prematura. Es esencial aclarar los hechos, porque malinterpretar la desigualdad global puede empujar a los responsables políticos hacia soluciones perjudiciales.
El historial de la ayuda exterior es mucho menos alentador de lo que sugieren sus defensores: décadas de evidencia muestran que la ayuda a menudo no logra un desarrollo sostenido y no guarda una relación fiable con el crecimiento económico a largo plazo. Peor aún, la obsesión por flujos de ayuda cada vez mayores a menudo desplaza el arduo trabajo de la reforma interna. En algunos casos, se ha demostrado que la ayuda exterior debilita las instituciones políticas, afianza la mala gobernanza y ralentiza el proceso de democratización.
Los impuestos sobre el patrimonio tienen sus propios problemas, desde los elevados costes administrativos y las dificultades de aplicación hasta la escasa recaudación y la invasión de la privacidad financiera. Estos problemas ayudan a explicar por qué tantos de los países que han aplicado impuestos sobre el patrimonio en el pasado —como Francia, Alemania y Suecia— abolieron posteriormente dicho impuesto. Quizás lo peor de todo es que, al desalentar la asunción de riesgos, los impuestos sobre el patrimonio frenan la inversión y el crecimiento, efectos que se sentirían tanto en los países ricos como en los pobres y que probablemente resultarían especialmente perjudiciales para el desarrollo de las economías más pobres del mundo.
Estudios recientes sobre la desigualdad multidimensional sugieren que el mundo no se ha ido encaminando hacia brechas cada vez mayores, sino que los ricos y los pobres han ido convergiendo en cuanto a bienestar material. Los llamamientos a favor de impuestos sobre el patrimonio a nivel mundial o de nuevos programas de ayuda a gran escala suelen basarse en la suposición de que el comercio internacional y la libertad económica no han logrado generar beneficios ampliamente compartidos. Sin embargo, los datos a largo plazo sugieren lo contrario.
La pandemia ofrece dos lecciones al respecto: en primer lugar, pone de relieve lo sensible que es el progreso a las perturbaciones en los mercados. Depende de condiciones que permitan que el crecimiento se produzca y persista, incluyendo mercados que funcionen e instituciones estables. Muchas de las soluciones políticas propuestas corren el riesgo de socavar ese progreso.
La segunda lección es que, si bien la pandemia ha supuesto un obstáculo en el camino del progreso, la tendencia a largo plazo hacia una menor desigualdad global se mantiene firme.
Los discursos alarmistas moldean la opinión pública y animan a los responsables políticos a adoptar intervenciones radicales que pueden hacer más daño que bien. Una visión más clara de los datos aconseja cautela en lugar de pánico.
Este artículo fue publicado originalmente en The Washington Examiner (Estados Unidos) el 23 de marzo de 2026.