Una sucesión de estúpidos

Gabriela Calderón de Burgos comenta el fetiche del gobierno ecuatoriano con la balanza comercial.

Por Gabriela Calderón de Burgos

Un columnista se lamentó recientemente de que si hubiese un repunte de la construcción, se importaría más maquinaria e insumos para ello, y que con un ingreso mayor, los trabajadores de este sector también demandarán más importaciones, todo lo cual sería malo, explicaba, porque habría menos liquidez y menos clientes para el boom de la construcción. Fíjese adónde nos lleva el fetiche con la balanza comercial: no es bueno que aumente el ingreso de los trabajadores, pues demandarán más importaciones y luego habrá menos liquidez. Pero ni la liquidez ni el crecimiento dependen del estatus de la balanza comercial.

Nuestro norte no debería ser tener una balanza comercial superavitaria, sino ser una sociedad más próspera. Lo uno no necesariamente va de la mano con lo otro y obsesionarse con el obtuso objetivo de lograr “que entren más dólares de los que salen” ha justificado un sinnúmero de intervenciones estatales que han reducido la libertad económica de los ecuatorianos durante la última década y nos han dado como fruto tres años de estancamiento económico. En lugar de pedir una balanza comercial positiva ya sea limitando las importaciones o fomentando artificialmente las exportaciones, deberíamos enfocarnos en que el Gobierno estorbe menos y deje a los demás hacer.

La obsesión con la balanza comercial se basa en algunos supuestos. Primero, que el mercado no se ajusta. Asumen que si se les deja rienda suelta a los importadores, estos continuarán importando indefinidamente e incluso a pérdidas. Ignoran que si un importador nota que la demanda va cayendo, automáticamente decide restringir o detener totalmente sus importaciones para no acabar en la ruina. Desconocen que los importadores normalmente tratan de deshacerse de su stock antes de comprometerse con nuevas importaciones. Nadie importa para perder plata.

Según los obsesionados con la balanza comercial positiva, los importadores deben ser una sarta de estúpidos irredimibles que importan incluso cuando ven que la cosa va mal e incurrirán en pérdidas. Asumen que ellos saben más acerca del negocio de importaciones que los mismos importadores.

Pero quienes asumen que los importadores son tontos, también asumen otra cosa: que los consumidores somos otro grupo de estúpidos que no sabemos lo que nos conviene. Andamos por ahí sueltos comprando autos, celulares y computadoras importados sin saber que nos estamos haciendo daño a nosotros mismos. Pero no somos los únicos idiotas, también están con nosotros todos aquellos que importan insumos para su producción.

Esto nos lleva al otro supuesto: que se puede producir con insumos netamente nacionales. Pero vivimos en un mundo globalizado en el que la división internacional del trabajo ha llegado a tal punto que prácticamente no existe producción sin algún insumo importado. De manera que las trabas a las importaciones terminan siendo trabas a las exportaciones.

Estos principios acerca de las ventajas del comercio se han sostenido a lo largo de la historia, alrededor del mundo, y sin importar qué moneda se utilice en determinado país. Estar dolarizados no es excusa para revivir el proteccionismo.

El enfoque no debería estar en la balanza comercial, sino en que el Gobierno aumente la libertad económica de los ciudadanos. Esto implica reducir considerablemente el tamaño y la intervención del Estado en la economía.

Este artículo fue originalmente publicado en El Universo (Ecuador) el 6 de octubre de 2017.