Sesgo contra empleos poco calificados

Juan Carlos Hidalgo indica que la realidad del mercado laboral costarricense se parece más al promedio centroamericano que a Suiza, teniendo el 60% de la mano de obra categorizada como poco calificada.

Por Juan Carlos Hidalgo

Resulta chocante que una gran parte de nuestra clase política e intelectual haga gala de un fuerte sesgo contra la creación de puestos de trabajo poco calificados. Bajo el cuento de que “no son el tipo de empleos que deseamos” o “no queremos llenarnos de maquilas”, nos han vendido la idea de que el país ya pasó a otro nivel de desarrollo y que el énfasis deben ser los servicios y la manufactura de alto valor agregado.

Dicha prescripción parte de un diagnóstico errado. En lugar de asemejarnos a Suiza, la realidad de nuestro mercado laboral es más propia de Centroamérica: el 60% de la mano de obra es poco calificada. Esto nos lleva a un problema que se viene agravando en las últimas dos décadas y que explica en gran medida el aumento de la desigualdad: la generación de empleo se está concentrando en los estratos más calificados de la fuerza laboral, mientras que el segmento poco calificado, donde se encuentra el grueso de los trabajadores, enfrenta escasez de oportunidades.

No estamos ante algo exclusivo de Costa Rica. En un artículo reciente, Dani Rodrik señala que se trata de un fenómeno propio de todas las economías. El profesor de Harvard agrega que, si bien la educación y la capacitación son importantes, sus efectos se sentirán en el futuro y hacen poco para resolver el problema presente. “Simplemente no es posible transformar a la fuerza laboral de la noche a la mañana”. Él sugiere potenciar actividades económicas que requieren pocas destrezas y que son intensivas en mano de obra.

En nuestro país tenemos el agravante de que la intervención estatal exacerba este fenómeno global: al tiempo que promueve y premia la generación de empleos calificados, atenta contra la empleabilidad de la mano de obra poco calificada encareciéndola a través de elevados impuestos al trabajo. El resultado es una altísima tasa de desocupación entre los jóvenes y los pobres. Peor aún, cuando alguien osa plantear la necesidad de reducir estas cargas, inmediatamente se le acusa de promover la explotación empresarial o de querer precarizar el mercado laboral.

Los trabajos poco calificados podrán ser poco productivos y no muy bien remunerados, pero son una alternativa más atractiva que el desempleo y la informalidad. Es hora de que abandonemos ese sesgo arrogante y veamos cómo incorporamos a los costarricenses más vulnerables a la fuerza laboral formal.

Este artículo fue publicado originalmente en La Nación (Costa Rica) el 17 de febrero de 2019.