¿Quién paga por la política?

Paul Meany destaca la conferencia de William Graham Sumner acerca del "hombre olvidado", un sujeto independiente y confiable que suele estar subrepresentado en la política.

Por Paul Meany

Cada beneficio estatal tiene un beneficiario, pero también tiene un contribuyente. La política tiende a animarnos a enfocarnos en el primero y a olvidarnos del segundo.

Muchas dificultades son visibles, inmediatas y con gran impacto emocional. Sirven de justificación para que el Congreso apruebe una ley, para que una agencia distribuya fondos y para que los funcionarios electos se feliciten a sí mismos por su compasión. Pero casi nadie se hace la pregunta que, según el pionero sociólogo y economista político estadounidense William Graham Sumner, era la más importante: ¿Quién proporcionó la ayuda y a qué costo?

Sumner describió gran parte del proceso político mediante una fórmula sencilla. A ve que X está sufriendo. A discute el problema con B. A y B proponen entonces una ley que exige a C hacer algo por X. A y B obtienen la satisfacción de haber actuado con compasión, X recibe el beneficio y C recibe la cuenta. C es lo que Sumner llamó "el hombre olvidado".

Sumner desarrolló esta idea en una conferencia titulada "El hombre olvidado", impartida en 1883, pero la lógica sigue vigente hoy en día. Su argumento no se limitaba a que los programas estatales son costosos, sino que la atención política se distribuye de manera desigual. La persona que requiere ayuda es visible, mientras que la persona cuyo trabajo, ingresos y ahorros hacen posible esa ayuda queda oculta tras abstracciones como "la sociedad" o "el público".

Pero la sociedad no firma cheques; lo hacen los individuos. Cada dólar que gastan los gobiernos debe, primero, recaudarse mediante impuestos sobre la producción actual, obtenerse mediante préstamos contra la producción futura o crearse de una manera que reduzca el poder de compra del dinero existente. Detrás de cada gasto público hay un trabajador, un empleador, un inversionista, un consumidor o un futuro contribuyente. Sumner llamó a esta persona "el hombre olvidado", aunque admitió que "no es raro que el hombre olvidado sea una mujer".

Sumner describió al "Hombre Olvidado" como el "trabajador sencillo y honesto". Suele ser independiente y confiable. También tiende a estar subrepresentado políticamente; rara vez organiza protestas, contrata a grupos de presión o solicita asistencia del gobierno. Pero como no genera crisis públicas, no atrae la atención del público. "Trabaja, vota, por lo general reza", escribió Sumner, "pero siempre paga; sí, sobre todo, paga".

El "hombre olvidado" puede ser un mecánico, un padre o un dueño de una pequeña empresa. Lo que define al "hombre olvidado" no es su ingreso ni su ocupación. Es su posición en la ecuación política y económica. Ellos asumen los costos de políticas que no diseñan y de las que no se benefician directamente. La ironía central de la política moderna es que a los ciudadanos que causan menos problemas se les imponen las mayores cargas.​

Sumner insiste en que no existe tal cosa como algo a cambio de nada. Todo lo que tenemos se lo debemos al trabajo y al sacrificio de las generaciones anteriores. La civilización sobrevive porque cada generación mantiene y amplía lo que ha recibido. Sin embargo, la historia es también el registro de repetidos intentos por eludir este hecho, escribe Sumner: "Toda la historia no es más que una larga narración en este sentido: los hombres han luchado por el poder sobre sus semejantes con el fin de obtener los placeres de la tierra a costa de otros y de trasladar las cargas de la vida de sus propios hombros a los de los demás".

El dicho "no hay nada gratis" suena obvio en la vida cotidiana, pero en el ámbito político, esta verdad de perogrullada resulta muy incómoda. Una vez que un beneficio propuesto se describe como un derecho, cualquier discusión sobre su costo se considera dura o fría. Cuando se propone una nueva política, a quien pregunta "¿Quién pagará?" se le acusa de preocuparse más por el dinero que por las personas. Sin embargo, para Sumner, el dinero no es la raíz de todos los males; representa horas trabajadas, riesgos asumidos, bienes producidos y consumo pospuesto. Quitarle a una persona sus ganancias es quitarle una parte del tiempo y el esfuerzo que empleó para ganárselas.

El argumento de Sumner no era que las personas nunca debieran ayudarse unas a otras. Las familias, las organizaciones benéficas y las comunidades siempre han apoyado a quienes lo necesitan. La ayuda voluntaria puede expresar afecto y solidaridad genuinos porque quien da elige asumir el costo.

La redistribución política es diferente. A y B pueden querer sinceramente ayudar a X, pero su sinceridad no les confiere el derecho a dar órdenes a C. Si están dispuestos a ayudar a X con sus propios recursos, no se requiere ninguna ley. La necesidad de una ley surge precisamente porque A y B quieren dirigir recursos de C que no les pertenecen. La actividad económica productiva es la condición que hace posible todo proyecto político. Antes de que la riqueza pueda redistribuirse, alguien debe crearla, y ninguna sociedad puede seguir siendo generosa después de debilitar su fuente.

El atractivo político de gastar el dinero ajeno radica en que sus beneficios son visibles, mientras que sus cargas pueden ocultarse. Un nuevo programa genera beneficiarios identificables. El destinatario recibe un cheque, un servicio subsidiado, un crédito fiscal, un empleo protegido o un precio garantizado. Los políticos pueden destacar el beneficio y atribuirse el mérito para su próxima elección. El costo, sin embargo, se distribuye entre millones de contribuyentes, lo que dificulta la resistencia organizada.

La moderna teoría de la elección pública desarrolló este mecanismo de manera más formal. Los grupos pequeños con grandes intereses individuales tienen mayores incentivos para organizarse que los grupos grandes cuyas pérdidas individuales son comparativamente pequeñas. El contribuyente común no tiene ni el tiempo ni el incentivo para investigar cada programa estatal (a menos que trabaje en el Instituto Cato). Una vez que se establecen los beneficios, los beneficiarios y las instituciones asociadas adaptan sus expectativas y su comportamiento en torno a ellos, creando grupos de presión que se oponen a recortar el gasto.

Esto no significa que los beneficiarios sean corruptos o que sus necesidades sean imaginarias. El problema es estructural. Los políticos reciben reconocimiento por crear y ampliar los beneficios, pero rara vez reciben reconocimiento por evitar un gasto cuyos costos surgirían décadas más tarde. Una promesa hecha hoy puede ayudar a ganar una elección mañana.

El clientelismo político en una democracia moderna puede adoptar la forma respetable de identificar a ciertos grupos como clientes favorecidos del Estado. Los políticos hablan de "nuestras personas mayores", "nuestras familias trabajadoras", "nuestras industrias" o "nuestras comunidades", y luego compiten por demostrar su devoción dirigiendo recursos públicos hacia ellos. Este lenguaje oculta la relación paternalista que subyace; los políticos asumen el papel de benefactores aunque los recursos hayan sido aportados por el "hombre olvidado".

El argumento de Sumner suele describirse como una defensa del egoísmo. Pero la compasión que solo reconoce al beneficiario es solo la mitad de la historia. Una política social debe considerar a quienes están en necesidad, pero también debe considerar a quienes pagan. La tragedia es que la cultura política moderna trata la productividad del "hombre olvidado" como prueba de que puede soportar aún otra carga. Como pagó el último impuesto, puede pagar el siguiente. La responsabilidad se vuelve punitiva, mientras que la dependencia política se organiza y se recompensa.

Sumner escribió que el "Hombre Olvidado" es "la vida y la esencia misma de la sociedad". No son visibles porque, por lo general, están demasiado ocupados manteniendo el mundo que los reformistas proponen reorganizar. Reciben discursos halagadores antes de las elecciones y facturas más elevadas después. Un gobierno que recuerda a cada solicitante pero olvida a cada contribuyente, eventualmente no tendrá nada que redistribuir.

El primer deber de la reforma política no es inventar otra promesa, sino recordar a las personas que hacen posible cada promesa y cada programa político. El "hombre olvidado" no es olvidado por accidente. Se le olvida porque recordarlo obligaría a los políticos a preguntarse no solo qué puede dar el gobierno, sino también qué tiene derecho a quitar.

Este artículo fue publicado originalmente en Cato At Liberty (Estados Unidos) el 13 de agosto de 2026.