¿Por qué es mala idea una reelección de Bukele?
Javier Garay señala tres razones por las que sería una mala idea que Bukele se postule a una reelección, todas relacionadas con la defensa de una democracia liberal.
Por Javier Garay
Los mayores admiradores de Nayib Bukele deberían ser los primeros en oponerse a una nueva reelección presidencial. Precisamente porque consideran que ha sido un buen presidente deberían defender las instituciones que impiden que cualquier gobernante se vuelva indispensable.
Esta semana trascendió que el actual presidente de El Salvador, Nayib Bukele, fue elegido como candidato de su partido, después de que, en 2025, el Congreso, de mayoría oficialista, aprobara la reforma constitucional que eliminó la restricción al número de mandatos presidenciales.
No voy a escribir sobre las bondades de la democracia ni sobre su importancia. Si esos argumentos todavía tuvieran suficiente receptividad, probablemente El Salvador no estaría recorriendo este camino. Prefiero responder una pregunta distinta: ¿por qué la permanencia indefinida de Bukele en el poder también es una mala noticia para quienes consideran que su gobierno ha sido exitoso?
Asumamos, para efectos de la discusión, que Bukele ha sido un presidente extraordinariamente exitoso. Que sus políticas redujeron la violencia, mejoraron la seguridad y fortalecieron la economía. Incluso aceptando esa premisa, existen buenas razones para oponerse a que una misma persona permanezca indefinidamente en el poder.
Primera razón: El éxito de una política no justifica perpetuar a quien la diseñó
En política pública no basta con obtener resultados en un momento determinado. También importa saber si esos resultados son sostenibles sin depender permanentemente de las mismas personas o de medidas extraordinarias.
Si una estrategia solo funciona mientras un mismo gobernante permanece en el poder, entonces su efectividad resulta, cuando menos, discutible. Las buenas instituciones sobreviven a las personas. Las buenas políticas también deberían hacerlo.
Una sociedad no puede depender indefinidamente del liderazgo de un solo individuo para conservar los logros alcanzados. Si así fuera, el verdadero éxito no estaría en la política pública, sino únicamente en la permanencia de quien la dirige.
Segunda razón: El poder prolongado también corrompe el juicio
Solemos citar a Lord Acton cuando afirmó que "el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente", pensando en la corrupción política o económica. Pero existe otra forma de corrupción igualmente peligrosa: la corrupción del juicio.
Quien permanece demasiado tiempo en el poder termina convencido de que siempre tiene razón, de que solo él entiende los problemas del país y de que únicamente él puede resolverlos. Mientras más exitoso haya sido un gobernante, mayor puede ser esa ilusión. El poder no solo reduce los controles externos; también disminuye la disposición a escuchar, corregirse y cambiar de opinión.
Esto resulta especialmente problemático porque toda sociedad es un sistema complejo. Cada política pública modifica los incentivos, transforma el contexto y genera nuevos problemas que requieren respuestas distintas. Las soluciones que funcionaron ayer pueden dejar de ser las más adecuadas mañana.
La alternancia en el poder no es un simple ritual democrático. Es un mecanismo de aprendizaje y adaptación que permite incorporar nuevas perspectivas cuando la realidad cambia.
Tercera razón: Las instituciones existen para limitar el poder, incluso cuando es popular
La permanencia de un mismo grupo político en el poder, especialmente cuando desaparecen los controles y contrapesos, aumenta el riesgo de prácticas corruptas y de captura del Estado.
Con el tiempo, quienes gobiernan dejan de distinguir entre el Estado y ellos mismos. Los recursos públicos comienzan a percibirse como propios y el objetivo deja de ser resolver problemas para convertirse en conservar el poder.
Ese deterioro institucional rara vez ocurre de manera repentina. Comienza cuando se acepta que una persona es demasiado importante como para ser reemplazada.
Podría objetarse que no existe una decisión más democrática que permitir que los ciudadanos reelijan una y otra vez al mismo gobernante. Sin embargo, ese argumento confunde dos conceptos distintos de democracia.
Cuando defendemos la democracia liberal no defendemos únicamente el gobierno de las mayorías. Defendemos también la separación de poderes, los pesos y contrapesos y las restricciones constitucionales que limitan el ejercicio del poder, incluso cuando ese poder cuenta con un amplio respaldo popular. Como advirtió Alexis de Tocqueville, reducir la democracia a la simple regla de las mayorías puede conducir a la tiranía de la mayoría.
Las democracias liberales existen porque reconocen que tanto los gobernantes como las mayorías pueden equivocarse. Por eso establecen límites que nadie debería poder superar, por popular o exitoso que sea.
Sé que estos argumentos pueden sonar extraños en América Latina, una región marcada por el caudillismo, el personalismo y el populismo. Sin embargo, precisamente por eso resulta necesario insistir en ellos. Quienes más admiran a líderes como Bukele deberían ser los primeros en rechazar la posibilidad de una reelección indefinida. Si realmente consideran que su gobierno ha sido exitoso, deberían desear que ese éxito pueda sobrevivir a su líder.
Una democracia liberal no demuestra su fortaleza cuando logra reemplazar a un mal gobernante. La demuestra cuando también sabe dejar ir a uno bueno.