El transporte moderno merece nuestro asombro
Chelsea Follett dice que las dificultades que entrañaba viajar antes de la revolución industrial demuestran cuánto han mejorado nuestras vidas hoy en día gracias a los medios de transporte modernos.
Por Chelsea Follett
Resumen: Durante la mayor parte de la historia, los viajes lentos, costosos y peligrosos mantuvieron a las comunidades aisladas y las dejaron en una situación de vulnerabilidad. El transporte moderno ha ampliado el comercio, ha mejorado el acceso a los alimentos y los medicamentos, y ha hecho que los lugares lejanos sean accesibles para la gente común. A pesar de los retrasos y las frustraciones cotidianas, esta extraordinaria libertad de movimiento —y el ingenio que la hizo posible— merece nuestro asombro.
Ya sea que estemos atrapados en un tráfico lento, lidiando con el retraso de un vuelo o sentados inmóviles en un vagón del metro debido a una obstrucción inesperada en las vías, puede ser fácil sentirnos frustrados porque el transporte sigue estando plagado de tales molestias. Pero al dar un paso atrás para considerar la historia más amplia del progreso del transporte, se revela cuán profundamente ha cambiado nuestro mundo.
En el mundo moderno, estamos acostumbrados a enviar mensajes al instante a cualquier parte del mundo, a hacer videollamadas con personas en diferentes zonas horarias, a recibir envíos de un día para otro o incluso el mismo día, e incluso a explorar otros países si así lo deseamos, con el número anual de turistas en vuelos internacionales alcanzando nuevos máximos. Según una encuesta del Pew Research Center de 2023, el 76 por ciento de la población de Estados Unidos ha visitado al menos otro país, y en muchos países la cifra equivalente es incluso mayor. En el Reino Unido, es del 94 por ciento. En 2025, más de la mitad de los estadounidenses tenían un pasaporte válido para viajar al extranjero, lo que representa un máximo histórico, frente a menos del 5 por ciento en una fecha tan reciente como 1990. En el Reino Unido, más del 90 por ciento cuenta con un pasaporte. Hoy en día, la persona promedio puede permitirse visitar destinos remotos que antes solo eran accesibles para los viajeros más adinerados, incluso con la ayuda de asesores de viaje basados en IA que ahorran costos.
Un avión de pasajeros moderno podría dar la vuelta al mundo, recorriendo una distancia de aproximadamente 24.900 millas, en unas 42 horas. Los ricos y famosos pueden incluso comprar breves viajes de placer al espacio exterior como turistas, y por mucho que a algunos les guste burlarse de esta tendencia, el hecho de que las empresas privadas hayan hecho que los vuelos espaciales comerciales sean accesibles para personas sin entrenamiento profesional como astronautas es un logro extraordinario. El vuelo humano, y mucho menos el vuelo espacial, solía estar confinado al ámbito de la imaginación y el mito, como la fábula con moraleja de Ícaro, quien murió por atreverse a volar demasiado cerca del sol. Actualmente, más de 100.000 vuelos despegan y aterrizan regularmente cada día.
Tales hazañas les parecerían milagrosas a nuestros antepasados. Para ellos, las personas, las mercancías y la información se desplazaban a un ritmo lento, antes limitado a la velocidad de los animales en tierra o, en el mejor de los casos, a la de los barcos impulsados por el viento en el mar, que en la Europa medieval por lo general recorrían solo entre 60 y 90 millas por día —incluso menos cuando se remaba—.
Nuestros antepasados estaban más aislados de lo que una persona de hoy en día puede imaginar fácilmente, debido en parte a que el transporte solía ser dolorosamente lento, engorroso y peligroso, y planteaba una serie de otros problemas para los viajeros. Los viajes preindustriales eran lentos, poco confiables, arduos y costosos. Y durante siglos, el progreso fue prácticamente imperceptible. El poeta y ensayista francés Paul Valéry señaló que, a pesar de estar separados por más de mil años de historia, "Napoleón no se movía más rápido que Julio César".
En la era preindustrial, la mayoría de las personas vivían toda su vida dentro de su comunidad inmediata. El intercambio económico tendía a ser mucho más local que en la actualidad. En Gran Bretaña, por ejemplo, el comercio cotidiano en 1700 se asemejaba al de la Edad Media y, salvo en Londres, la mayoría de los productos se fabricaban, vendían y utilizaban localmente. A veces, el intercambio en los mercados apenas ocurría. Como lo expresa la historiadora Patricia Crone: "Donde prevalecía la economía de subsistencia, cada hogar era más o menos autosuficiente y cada pueblo era en gran parte o totalmente independiente del vecino". El grado de aislamiento que prevalecía es difícil de comprender para la mentalidad moderna.
Las consecuencias de este aislamiento fueron dramáticas. Incluso en la Inglaterra del siglo XVIII, "los pesos y medidas aún variaban de una región a otra", señala la historiadora Kirstin Olsen. En su momento, también se podía decir de Francia que cada provincia era un mundo aparte que hablaba su propio idioma. La prevalencia y frecuencia actuales de los viajes entre ciudades, por no hablar de los viajes internacionales, sorprenderían a muchas personas del pasado.
Las deficiencias del transporte preindustrial podían afectar incluso a quienes no viajaban: debido a que el transporte era rudimentario, las carreteras eran deficientes y los mercados estaban poco desarrollados, incluso las pequeñas malas cosechas locales podían resultar mortales, dejando a algunas zonas sin alimentos mientras que las regiones vecinas tenían excedentes. Hoy en día, los seres humanos prácticamente han vencido a la hambruna y el acceso a los alimentos se encuentra en su nivel más alto de la historia, gracias en parte a un mejor transporte, junto con los avances agrícolas y el comercio internacional.
Con demasiada frecuencia damos por sentada la capacidad de disfrutar de frutas frescas de tierras lejanas y fuera de temporada gracias a la globalización del comercio y a los avances en el transporte que dejarían atónitos a nuestros antepasados. De hecho, el transporte moderno ha eliminado efectivamente el concepto de "estacionalidad" para quienes compran alimentos en las economías avanzadas. En Estados Unidos, los arándanos llevan una etiqueta con el país de origen, por lo que cualquiera que los compre con regularidad puede observar, a lo largo del año, cómo su procedencia se desplaza hacia el norte, desde Chile y Argentina, pasando por Centroamérica, hacia Estados Unidos y, finalmente, Canadá.
Sin embargo, degustar frutas fuera de temporada solía ser un lujo, algo que permanecía fuera del alcance de las masas incluso cuando la industrialización transformó la producción y distribución de alimentos a principios del siglo XX. Un relato de P. G. Wodehouse, La búsqueda caballeresca de Mervyn, narra los intentos de un joven por conseguir fresas para su amada durante el invierno en el Londres de la década de 1930. "Toda mi vida he querido comer fresas en pleno invierno", le dice ella, llegando incluso a afirmar que considerará casarse con él si logra, en su angustiosa búsqueda, conseguirle fresas en el plazo de un mes.
En el siglo XVII, las piñas eran conocidas como "la fruta de los reyes" en Gran Bretaña debido a lo raras que eran; el rey Carlos II de Inglaterra incluso posó para un cuadro con una piña y, según se dice, una vez ofreció a sus invitados la piña de su propio plato para presumir. En la Gran Bretaña del siglo XVIII, los ricos solían alquilar piñas por una sola noche para exhibirlas (no para comerlas) en cenas de gala, ya que poseer una fruta tan exótica era un símbolo de estatus en un mundo donde viajar era lento, arduo y costoso.
Los tiempos de viaje variaban de un lugar a otro en la era preindustrial, pero en todas partes eran dolorosamente lentos. En palabras de Crone:
En el siglo XVII, un mensajero tardaba treinta días en recorrer las 500 millas de Estambul a Belgrado (un ejército tardaba el doble), y dos semanas en que una carta de Madrid llegara a Milán; pero a un mensajero solo le tomaba entre seis y siete semanas atravesar toda la China interior (es decir, la China étnica sin sus apéndices no chinos). En el Japón medieval, los mensajeros a caballo podían recorrer las aproximadamente 600 millas entre Kamakura y Kioto en cinco días como máximo, y los corredores de relevos del Perú inca podían recorrer las 420 millas entre Lima y Cuzco en tan solo tres.
Eso les daba a los mensajeros japoneses medievales una velocidad promedio de 5 millas por hora y a los corredores incas una velocidad promedio de casi 6 millas por hora, pero las velocidades más lentas eran más comunes. En 1776, el médico suizo y mayor del ejército ruso Jakob Fries viajó de Omsk a Tomsk —una distancia de más de 550 millas— en 178 horas, manteniendo un ritmo promedio de unas 3 millas por hora al cambiar de caballos regularmente en las estaciones de posta para garantizar la llegada puntual a cada etapa. Alcanzar incluso estas velocidades requería llevar a los mensajeros y corredores al límite de sus capacidades físicas. En la India, los corredores comenzaban a entrenarse desde los siete u ocho años para llevar a pie las órdenes del gobernante, siendo relevados aproximadamente cada 6 millas para recorrer 30 millas al día.
El correo tardaba semanas, o incluso meses, en llegar a su destino; la "derrota de la distancia", como la llamó el economista Ernst Wagemann, no se logró hasta después de 1875 con el primer cable intercontinental. La verdadera comunicación masiva global no apareció hasta la era de la industrialización, que nos trajo el ferrocarril, el barco de vapor, el telégrafo y el teléfono. Incluso entonces, algunos lugares se quedaron rezagados respecto a otros.
Pensemos en Polonia bajo el comunismo, que frenó el desarrollo económico y relegó a la población a medios de transporte obsoletos. El historiador Fernand Braudel relata: "Yo mismo he visto caravanas de estrechos carros campesinos de cuatro ruedas en las carreteras de [Cracovia], en noviembre de 1957, dirigiéndose a la ciudad cargados de pasajeros y de ramas de pino, cuyas agujas se arrastraban como cabello en el polvo del camino detrás de ellos. Esta escena… podría haberse visto en el siglo XV".
A medida que los avances en el transporte transformaban el mundo, por primera vez comenzó a desvanecerse el profundo aislamiento que había caracterizado la mayoría de las vidas desde tiempos inmemoriales. La mayor libertad de movimiento, gracias a la mejora del transporte, transformó la vida cotidiana en todos los ámbitos, desde la alimentación y las comunicaciones hasta el intercambio intercultural.
En medio del ajetreo de los desplazamientos al trabajo y el estrés de las conexiones de vuelos en aeropuertos concurridos, puede resultar difícil recordar sentir gratitud por las maravillas del transporte moderno. Sin embargo, los autos, los trenes y los aviones son milagros tecnológicos que nunca deberían darse por sentados. Piensa en la enorme extensión incluso de un país relativamente pequeño como el Reino Unido: cruzarlo a pie, desde Land’s End en el suroeste hasta John o’Groats en el noreste, lleva tres meses como mínimo. Cruzar a pie un país bastante más grande como Estados Unidos lleva bien más de un año.
El transporte moderno nos brinda una libertad extraordinaria para desplazarnos a través de vastas distancias con facilidad. Nos conecta con productos fabricados mucho más allá de nuestras comunidades, lleva alimentos y medicinas a lugares que los necesitan, nos permite disfrutar de los frutos —tanto literales como figurativos— de tierras lejanas y nos abre las puertas a otras culturas y experiencias con las que, de otra manera, tal vez nunca nos hubiéramos encontrado. Su influencia va mucho más allá de simplemente ir de un lugar a otro, ya que da forma a casi todos los aspectos de la vida cotidiana.
En comparación con la mayor parte de la historia de la humanidad, la capacidad de recorrer grandes distancias con una velocidad notable y relativa facilidad representa una profunda transformación en la forma en que experimentamos el mundo. Es una transformación que merece nuestro asombro, al igual que el ingenio y el esfuerzo productivo de los innovadores que la hicieron posible.
Este artículo apareció originalmente en The Endeavourist el 14 de octubre de 2026.