El liberalismo es igualdad de permiso
Deirdre McCloskey sostiene que "Hemos aprendido de los ataques, tanto nuevos como antiguos, contra nuestras libertades que la buena política no depende tanto de buenas instituciones como de los buenos sentimientos morales que las sustentan".
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Hemos aprendido de los ataques, tanto nuevos como antiguos, contra nuestras libertades que la buena política no depende tanto de buenas instituciones como de los buenos sentimientos morales que las sustentan. "Agregar instituciones y mezclar" no es una receta para el éxito. Los funcionarios del Estado encargados de hacer cumplir las regulaciones hacen un buen trabajo cuando se aseguran de que la fábrica Triangle Shirtwaist no bloquee las salidas de emergencia o de que los helicópteros militares no invadan las rutas de acceso civiles al Aeropuerto Nacional. Pero una norma es imprudente, como suele ocurrir, cuando su propósito declarado ni siquiera es remotamente alcanzable, o cuando su propósito oculto es corrupto, o cuando las instituciones que la hacen cumplir están integradas por funcionarios con creencias imprudentes o malos sentimientos morales. Las instituciones, como los tribunales y la policía, que hacen cumplir el "estado de derecho" son espléndidas —a menos que las leyes sean imprudentes o las hagan cumplir matones. E incluso si se mantiene sensata y pura en su letra escrita, el resultado del estado de derecho depende radicalmente de quién lo interprete.
Es decir, si personas malvadas o insensatas se apoderan de una nación mediante un golpe de Estado o por votos, ninguna estructura de instituciones o códigos de leyes, como la Constitución estadounidense o el Federal Register, puede salvarnos de manera confiable —o al menos no tan confiable como solemos suponer. Echar a los sinvergüenzas en las próximas elecciones no sirve de nada si otros sinvergüenzas toman el poder o si, mientras tanto, los sinvergüenzas han corrompido las elecciones.
Por otro lado, una cantidad suficiente de personas grandes y buenas, o de personas comunes y decentes, puede hacer que una institución destartalada y su acumulación de precedentes —como la Constitución inglesa y su derecho consuetudinario— funcionen bastante bien. Las personas buenas y decentes pueden ajustar las cosas de vez en cuando. Y, de todos modos, por principio, esas personas no abusan de sus poderes, al menos según su comprensión de los términos "principio", "abuso" y "poderes". La ética —y no las estructuras legales de las instituciones— es la que, en gran medida, lleva las riendas.
Después de todo, la ética —buena o mala, para bien o para mal— rige prácticamente cualquier grupo de seres humanos, desde una conversación, un matrimonio o un puñado de amigos hasta un equipo deportivo, una empresa o una nación. Una conversación significativa depende de lo que los filósofos llaman máximas griceanas. Un buen matrimonio depende del amor o del respeto, o de ambos. Un equipo deportivo exitoso depende del espíritu de equipo. Una empresa exitosa depende de motivaciones intrínsecas. Una banda de ladrones exitosa depende de la omertà. En otras palabras, las leyes bien diseñadas y bien intencionadas, los catecismos, los motivos extrínsecos, las cortes supremas, las aprobaciones sociales, las fórmulas tradicionales e incluso unas pocas personas buenas y decentes no sirven de nada si demasiadas de las demás personas no son adultos que se respeten a sí mismos, respeten a los demás y respeten la trascendencia. Es cierto que, como descubrieron los pensadores escoceses del siglo XVIII, podría surgir un orden virtuoso en el nivel meso —el nivel intermedio— a partir de personas que, en cierto sentido, no son totalmente virtuosas en el nivel micro, aunque la codicia, como también señalaron los escoceses, no es buena. Y, ocasionalmente, un tirano como Pedro el Grande o Lee Kuan Yew puede imponer un buen resultado desde el nivel macro, de arriba hacia abajo.
Pero, en general, los teóricos clásicos, cívicos, democráticos o republicanos liberales, desde Aristóteles y Cicerón hasta George Orwell y Francis Fukuyama, han tenido razón. El funcionamiento de las instituciones sí refleja el carácter predominante del pueblo. En 1787, los antifederalistas, como George Mason, lo entendieron bien. A veces, el carácter del pueblo puede "refinarse" mediante el cultivo del alma y el arte de gobernar, como sugirió James Madison en el Ensayo Federalista n.º 10. Sin embargo, en otras ocasiones, tal como él mismo temía allí, puede corromperse a manos de un demagogo hábil o de una facción egoísta. Sin un sentimiento generalizado a favor de una libertad madura y digna —que puede ser refinada por un orador virtuoso como el presidente Obama o corrompida por uno no virtuoso como el presidente Trump—, una república liberal-democrática fracasa. Como le escribió Mercy Otis Warren, de Plymouth, a John Adams en marzo de 1776: "Tendré la esperanza de que Estados Unidos cuente con más de un político capaz de forjar el carácter de su pueblo, de erradicar los vicios y las locuras que encuentre, y de crear las virtudes que vea que faltan". Esperanzas.
Cato el Viejo, de la antigua Roma, definió al mejor orador como "un buen hombre experto en hablar", un rasgo de vital importancia para una república, tanto en la Roma antigua como en la actualidad. La institución de Madison de la separación de los poderes centralizados en la política, al igual que la institución de la revisión por pares en la ciencia, no es suficiente —como, de hecho, argumentó más tarde Mercy Otis Warren en sus escritos antifederalistas. La república de la política, dijo Tocqueville, y la república de la ciencia, dijo Popper, dependen ambas de una ética de respeto por uno mismo, por los demás y por lo trascendente. Sin eso, no.
Eso, en resumen, es lo que defiendo en Equality of Permission: The Politics of Feasible Liberalism, que estará disponible en noviembre o se puede reservar ya.

Hablar de ética parecerá fuera de lugar en un libro sobre política. Las ciencias económicas y políticas han abrigado durante mucho tiempo un sesgo materialista. "Sin sermones, por favor: somos científicos. Es tan vergonzoso para nosotros, los modernos serios y científicos, mencionar la ética". Compárese con la política exterior realista. Especialmente en el siglo XX, la ética llegó a considerarse una cuestión de mera opinión arbitraria y determinada culturalmente, más allá de la lógica y la evidencia —creencias como el catecismo de Baltimore y las monjas encargadas de hacerlas cumplir—. No debe reconocerse en una empresa científica —ni siquiera en una ciencia como la economía o la ciencia política que, a primera vista, se ocupa de la ética. La vergüenza ante la ética se hace eco de la antigua resolución de las guerras de religión en Europa y de la máxima estadounidense de cortesía en un país diverso empeñado en mantener la paz: no sacar a colación la religión ni la política en la mesa de la cena de Acción de Gracias.
Pero los seres humanos no pueden evitar tener, como señaló David Hume, sentimientos morales, ética, amores y odios. La ética sale a la luz. Políticamente, se manifiesta en una indignación que se siente contra la gente del otro partido. Uno siente que esas personas no están simplemente estúpidamente engañadas de una manera que pudiera corregirse con la instrucción. No, si se rompe la regla de la cortesía, llegamos a ver y a declarar, y luego a combatir, su maldad evidente. Los demócratas estadounidenses expresan indignación ante la malvada falta de caridad maternal entre los republicanos; los republicanos expresan indignación ante la malvada falta de patriotismo paternal entre los demócratas. [i] Los teóricos estadounidenses del movimiento MAGA, por su parte, al estilo de la Dartmouth Review bajo la dirección de Dinish D’Souza, se han dedicado a deleitarse, como un adolescente, en irritar tanto a la madre como al padre —aunque los políticos del MAGA dependen de los votos de tradicionalistas temerosos, que anhelan al padre. [ii]
Pero deberíamos superar la vergüenza, porque los sentimientos morales son de vital importancia en los asuntos humanos. Es mejor que los reconozcamos y que, luego, en lo que respecta a la política real, los manejemos correctamente. En su elocuente canto del cisne tras décadas como columnista en el New York Times, David Brooks señaló "la pérdida colectiva de fe de los estadounidenses". "La herida cultural más grave ha sido la pérdida de un orden moral compartido… Esto creó una plaza pública desnuda donde no existía un acuerdo general sobre lo que era verdadero, bello y bueno. Sin estándares compartidos de lo correcto y lo incorrecto, es imposible resolver disputas; es imposible mantener la cohesión social y la confianza. Toda sociedad sana se sustenta en alguna concepción compartida de lo sagrado".[iii] Sí.
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Este artículo fue publicado originalmente en Cato At Liberty (Estados Unidos) el 22 de octubre de 2026.
Referencias:
[i] Lakoff 1996; Haidt y Graham; Strupp-Levitsky et al. 2020.
[ii] Field 2025.
[iii] Brooks 2026.