Críticas al progreso, parte 1: La rebelión contra la modernidad
Steve Davies dice que los críticos del progreso humano se dividen en dos campos: hay quienes dicen que el mundo moderno podría ser mejor, otros dicen que está podrido hasta la médula.
Por Steve Davies
Resumen: Hoy se lanza una nueva serie de ensayos en HumanProgress.org, escritos por el Dr. Steven Davies y titulados "Críticas al progreso". Cada uno de los quince ensayos de esta serie mensual analizará los orígenes, la naturaleza y la validez de las críticas recurrentes al mundo moderno. Este ensayo introductorio distingue entre dos grandes críticas a la modernidad y explica cuál de ellas abordará esta serie y por qué.
El mundo actual es un mundo de modernidad liberal, resultado de un proceso transformador que se remonta a finales del siglo XVII. Este proceso ha traído enormes beneficios a todas las personas que viven hoy en día, así como a muchas de las que vivieron durante los tres siglos previos a la actualidad. El beneficio más evidente es el aumento espectacular de los ingresos promedio durante ese período, especialmente a nivel mundial. Este aumento de los ingresos reales (y, por lo tanto, del nivel de vida y las condiciones materiales) no tiene precedentes en la historia de la humanidad. Además, comenzó lentamente y en una parte limitada del mundo, pero se ha acelerado y extendido a casi todos los lugares, no de manera constante, pero sí de forma progresiva.
Sin embargo, si bien la modernidad liberal ha mejorado la vida humana, el aumento del nivel de vida es fundamental, pero no es lo más importante. Más significativas son las consecuencias de segundo orden del crecimiento económico y el aumento del nivel de vida, que están relacionadas pero son distintas. Los efectos de segundo orden incluyen un aumento espectacular en la variedad de opciones de vida y estilos de vida disponibles para la gente común, una disminución de la delincuencia y la violencia, un cambio transformador en la condición y la experiencia de vida de las mujeres, y mejores resultados de salud para personas de todos los rangos y posiciones. Entre los beneficios independientes, pero relacionados, se encuentran el enorme aumento de nuestro conocimiento y comprensión del mundo natural, y la mayor sociabilidad que surge del cambio de una sociedad rural —donde la mayoría vivía en pequeñas comunidades— a una sociedad mayoritariamente urbana, en la que una proporción cada vez mayor de la población mundial vive en grandes ciudades o pueblos.
Todo ello constituye una transformación en el alcance y la variedad del florecimiento humano. Es, según muchos estándares éticos, la mayor mejora en la vida humana en toda la historia documentada. Sin embargo, el mundo moderno tiene tantos críticos como admiradores; de hecho, incluso más. Por cada autor o artista que celebra que las cosas están mejor que nunca para la mayoría de las personas, hay varios que se quejan y pintan el mundo contemporáneo, o partes de él, con colores sombríos. A primera vista, este coro de críticas podría parecer unido y homogéneo, pero una mirada más cercana revela algo más interesante.
Al analizarlo, las críticas al mundo moderno se dividen en dos grandes categorías. La primera son aquellas que podríamos llamar "Sí, pero…". En estos argumentos, los críticos aceptan que el mundo moderno es bueno, o al menos mejor que lo que hubo antes. Los críticos sostienen que, a pesar de eso, el mundo moderno tiene fallas profundas: está marcado por una gran desigualdad o injusticia, daña el medio ambiente o está plagado de pobreza persistente, por ejemplo. En estos argumentos, la agenda positiva consiste en afirmar que el mundo moderno debe mejorar o reformarse radicalmente de alguna manera para cumplir su promesa. Es mejor que el mundo premoderno, pero tiene un defecto fundamental que debe corregirse (la propiedad privada y el capitalismo son los ejemplos más comunes, pero los críticos también mencionan la existencia continua del Estado y las ventajas y desventajas sistémicas). Estas críticas a la modernidad pueden describirse como radicales (o, en sus versiones más moderadas, reformistas) .
El ejemplo más obvio es el marxismo. Para el filósofo alemán Karl Marx, la modernidad capitalista fue sin duda progresista al principio y una clara mejora respecto al feudalismo, por no hablar de la esclavitud. Veía el mundo moderno de su época como algo transitorio, en camino hacia un futuro verdaderamente liberado donde se realizaría todo el potencial humano. El punto central de sus críticas a la sociedad burguesa y a la modernidad era que estas tenían contradicciones e injusticias inherentes que se resolverían a través de un proceso dialéctico de desarrollo histórico. Eso hacía que el mundo moderno fuera injusto y defectuoso, pero también necesario y, en muchos sentidos, progresista. Fue el contraste entre la realidad del mundo moderno y lo que él veía como su potencial lo que desató su ira. Nunca sintió más que el más profundo desprecio, expresado con vehemencia, hacia los defensores del mundo premoderno (así como hacia aquellos cuyas objeciones al mundo moderno se basaban en la ética más que en un enfoque "científico" como el suyo).
Sin embargo, desde los primeros indicios del mundo moderno en las décadas de 1690 y 1700, surgió una segunda categoría de críticas, de un tipo muy diferente. Estos análisis y polémicas sostienen que hay algo en la modernidad que es, como mínimo, profundamente lamentable o (más a menudo) profundamente malo. Argumentan que aspectos clave de la modernidad, incluidos los mencionados anteriormente, deben ser condenados moralmente debido a sus consecuencias dañinas para las personas y el mundo natural. El punto es que estos argumentos no sostienen que el mundo moderno sea bueno pero imperfecto, o potencialmente bueno pero incapaz de alcanzar ese potencial. En cambio, rechazan el mundo moderno sin más y ven el proceso de modernización como un giro trágico y erróneo para toda la humanidad. Esa es una crítica mucho más fundamental que la del primer tipo.
Esta segunda categoría también está más extendida, aunque tal vez no te des cuenta de ello porque estas críticas y los movimientos que inspiran o bien atraen poca atención de los académicos o bien son tergiversados como si pertenecieran a la primera categoría. En realidad, las críticas, los movimientos y los análisis de este tipo aparecen en toda sociedad que comienza a modernizarse y parecen ser una de las respuestas más universales a ese proceso. Lo que llama la atención es cómo los mismos temas y argumentos específicos se repiten en contextos y sociedades que, por lo demás, son tremendamente diferentes. Ian Buruma y Avishai Margalit captaron esto en un pequeño y notable libro, Occidentalismo, publicado en 2004. Enmarcaron su obra como una respuesta al Orientalismo de Edward Said y presentaron las ideas y los movimientos que analizaron como impulsados por un estereotipo negativo de "Occidente". En realidad, lo que identificaron fueron los tropos y argumentos recurrentes de la antimodernidad (su enfoque partía de la noción de que la modernización era idéntica a la occidentalización —lo cual es comprensible, pero incorrecto—).
Buruma y Margalit captaron cómo movimientos como el antiimperialismo, el nacionalismo japonés, el romanticismo del siglo XIX y el fascismo, así como intelectuales individuales de diversa índole, generaron argumentos similares contra el mundo que el proceso de modernización había creado e incluso emplearon una retórica similar. Esto sugiere que el impacto de la modernidad desencadena una respuesta y un análisis similares en todas las sociedades tradicionales o premodernas, sin importar cuán diferentes puedan ser esas sociedades. Estas respuestas y argumentos no se limitan a las discusiones políticas y las polémicas. De hecho, están aún más extendidos en la literatura, la historiografía y las artes. Muchas de las figuras culturales más importantes de los últimos dos siglos están asociadas a ellas; se podría señalar a Wagner, Dostoievski, Ruskin y T. S. Eliot, por ejemplo. En la cultura más popular podríamos citar a autores como Lovecraft, C. S. Lewis, Tolkien o un sinfín de escritores de ficción fantástica y de aventuras.
El punto es que esta segunda categoría de críticas a la modernidad ataca la idea misma y los rasgos fundamentales de lo moderno. Lo que la mayoría de la gente, incluyendo al primer tipo de crítico, celebraría, se considera algo que hay que lamentar o deplorar. Un tema común es que el mundo moderno, o sus aspectos principales y esenciales, son incompatibles con la naturaleza humana, con lo que significa ser humano y llevar una vida verdaderamente humana. Si los tipos de crítica más conocidos pueden calificarse de "radicales", entonces estos pueden describirse como "conservadores" o "reaccionarios". Sin embargo, debemos ser cautelosos con esos términos. Aunque muchos de los exponentes se consideraban a sí mismos conservadores o reaccionarios, muchos otros no lo hacían. No suelen verse como oponentes radicales del statu quo —aunque, cada vez más, a medida que pasaba el tiempo, eso es lo que llegaron a ser—. Muchos también lamentan la modernidad, pero la ven como algo irreversible y abogan por un "modernismo reaccionario", en el que la alta tecnología y la ciencia se combinan con creencias y estructuras sociales profundamente antimodernas o premodernas. Este tipo de visión se encuentra en personas tan diversas como los fascistas y los nazis, los "fire-eaters" (radicales) de la época anterior a la Guerra Civil estadounidense y muchos movimientos nacionalistas.
¿Cuáles son algunos ejemplos de la familia de argumentos de la que hablamos aquí? Por mencionar algunos: que el mundo moderno carece de Dios y niega lo trascendente; que degrada la naturaleza y el significado de las relaciones personales, haciéndolas efímeras e insignificantes; que destruye el concepto de honor y toda una gama de virtudes, reemplazándolas por un materialismo vil; que socava la verdadera conexión entre las personas y la verdadera comunidad en favor de un individualismo desarraigado; que destruye la excelencia en nombre de una igualdad insulsa y la uniformidad; que separa a los seres humanos del mundo natural; que destruye la verdadera masculinidad y feminidad y las relaciones adecuadas entre hombres y mujeres; y que rompe el vínculo entre las personas y los lugares, dejándonos a todos sin raíces.
A lo largo de los siguientes catorce ensayos, exploraremos el segundo tipo de crítica al progreso y otros argumentos, analizando qué hay detrás de ellos, las formas que adoptan y por qué a veces son objetivamente incorrectos y, por lo general, se basan en principios morales falsos. Estamos familiarizados con el primer tipo de crítica, pero cada vez es más necesario abordar estas críticas más fundamentales y esenciales.
Este artículo fue publicado originalmente en HumanProgress.org (Estados Unidos) el 8 de octubre de 2026.