Libertad ante el desastre

Javier Garay dice que es precisamente en momentos de emergencia, como un desastre natural, cuando vemos que la necesidad de ayudar a los semejantes puede surgir no por obligación ni por instrucción, sino espontáneamente.

Por Javier Garay

Reflexiones a propósito de una pregunta que surgió en medio de la tragedia que atraviesa Colombia 

Poco después de la tragedia provocada por el fuerte sismo que sacudió Colombia el pasado 10 de agosto de 2026, cuando apenas comenzábamos a reconocer la magnitud del desastre, alguien preguntó en redes sociales qué plantea el libertarianismo ante este tipo de fenómenos. 

Lo primero que habría que señalar ante este tipo de preguntas es que no existe un decálogo que establezca qué es el libertarianismo y cómo debe responder frente a hechos puntuales. Se trata de una tradición de pensamiento en la que confluyen múltiples autores, perspectivas, aportes y debates, cuyo punto de encuentro es la defensa de la libertad individual como el principio básico de organización social

Ahora bien, la pregunta puede abordarse desde dos perspectivas. 

La primera es qué respuestas ofrece esa diversidad que llamamos libertarianismo a la pregunta sobre qué hacer ante los desastres naturales. La segunda se refiere a las acciones y decisiones previas que pueden agravar o reducir sus efectos. En ambos casos, detrás de la pregunta está el problema del activismo estatal ante este tipo de fenómenos.   

Con esto en mente, y sobre la primera cuestión, se pueden plantear dos ideas. De un lado, ante los desastres —comenzando por el colombiano— se hace evidente la espontaneidad de la acción social, así como la solidaridad humana. Vimos a personas que, a pesar del miedo y de haber sido ellas mismas afectadas, se dedicaron a rescatar, ayudar y proteger a otros. También hemos visto cómo, en Colombia y alrededor del mundo, surge espontáneamente el deseo de ayudar a los afectados de distintas maneras. Es algo que se repite ante cada desastre. 

Solo un ejemplo para ilustrarlo. Un conocedor del manejo de emergencias me comentó que, ante muchos desastres, una parte importante de los primeros rescates es realizada por vecinos y organizaciones locales. 

Este es el tipo de comportamientos que anticipan quienes consideran que la libertad es el principio rector de una sociedad. 

No obstante, en situaciones de emergencia hay disrupción, destrucción y una sensación de caos. Algunas tareas de coordinación y control pueden entonces requerir cierto grado de centralización. Los desastres naturales son inevitables, pero otras situaciones que producen dinámicas semejantes no lo son. No es extraño, por lo anterior, que la defensa de la paz entre naciones ocupe un lugar importante en la tradición liberal

Un aspecto sobre el que sí existe abundante teoría y evidencia es el de los controles de precios ante situaciones de emergencia. En este punto, la postura es mucho más clara: no imponerlos. Restringir las alzas de precios para supuestamente impedir que los “especuladores” se beneficien de las víctimas dificulta que aumente la oferta de los bienes que estas requieren.

Pero eso no es una postura política, sino buena economía. 

La segunda forma de abordar la pregunta es menos satisfactoria. Aquí el desafío es claro: existen regulaciones, como las normas de sismorresistencia, destinadas a reducir los impactos de desastres naturales como los terremotos. 

En este caso, hay dos líneas de reflexión. La primera es que, en la rica literatura del liberalismo, hay muy pocas referencias a este tipo específico de normas. Muchas otras regulaciones urbanas son ampliamente discutidas —por ejemplo, las prohibiciones de construcción o la zonificación—pero las normas de sismorresistencia no parecen haber recibido una atención específica. 

Sin embargo, hay una posible línea de respuesta. En Los fundamentos de la libertad, F. A. Hayek dedica un capítulo a los problemas particulares de la vida urbana. Para nuestra discusión, lo más relevante es su reconocimiento de los llamados efectos de vecindario: en las ciudades, muchas de mis acciones no solo me afectan a mí, sino también a los demás. Esto abre espacio para justificar algún tipo de regulación, aunque no cualquiera. 

Este reconocimiento ofrece una posible forma de pensar las normas de sismorresistencia. Si las decisiones sobre una construcción pueden afectar no solo a sus propietarios y habitantes, sino también a terceros, establecer ciertos estándares podría ser compatible con los principios de una sociedad libre. Esto no justifica cualquier regulación, pero sí muestra que el liberalismo no tiene por qué rechazarlas todas. Es, en todo caso, una respuesta tentativa que deja preguntas abiertas y plantea un desafío para los estudiosos y pensadores del liberalismo.

Más allá de lo anterior, ¿qué más tienen para decir los defensores del principio de libertad individual ante una situación de emergencia? 

Acá creo que hay, nuevamente, una gran contribución de la tradición hayekiana: entender la incertidumbre como parte central de nuestras vidas. No podemos predecir cuándo ocurrirá un sismo ni conocer de antemano todos sus efectos. Por más fuerte que sea un Estado, los seres humanos que trabajan en él tampoco tienen toda la información ni la capacidad para evitar los desastres o impedir que se cometan errores cuando ocurren. 

El liberalismo no tiene respuestas para todo, ni es un recetario para saber qué hacer ante cualquier eventualidad. Es un marco para comprender la realidad, la vida en sociedad y la relación del individuo con el Estado. Pero también reconoce la centralidad de la libertad individual en nuestras vidas, sin la cual la dignidad humana pierde todo sentido. 

Pero hoy, ante todo, la preocupación debe estar en las víctimas y no en las discusiones sobre cómo organizar una sociedad. Y es precisamente en momentos así cuando vemos que la necesidad de ayudar a los semejantes y el deseo de aliviar su dolor pueden surgir no por obligación ni por instrucción, sino espontáneamente. Esa es, tal vez, una de las mayores reivindicaciones del liberalismo. En momentos de calamidad, como la que hoy atraviesa mi país, Colombia, y que antes han atravesado países como Venezuela, esa solidaridad libre y espontánea es la que nos permite reconstruir lo material y acompañar en su dolor a quienes perdieron a sus seres queridos.