El movimiento a favor del impuesto sobre la IA se basa en un mito
Adam N. Michel dice que el capital, y la IA que financia, tiene más probabilidades de ser el camino de los trabajadores hacia un aumento salarial que hacia su reemplazo.
Thai Liang Lim/E+ via Getty Images
Por Adam N. Michel
Al fin, Washington parece haber dado con una idea de ingresos que agrada tanto a republicanos como a demócratas: gravar la inteligencia artificial para ayudar al trabajador estadounidense. Lástima que lograría justo lo contrario.
En la derecha, el presidente Donald Trump quiere que las empresas de IA "devuelvan algo al público", y el senador Josh Hawley (Republicano de Missouri) se ha mostrado abierto a la imposición para garantizar que las empresas de IA "realmente trabajen por el bien público". En la izquierda, el senador Bernie Sanders (independiente por Vermont) quiere que el público sea dueño de la mitad de las empresas más grandes de IA, y el diputado Ro Khanna (demócrata por California) ha pedido un impuesto sobre los tokens de IA, la unidad básica de datos procesada por los grandes modelos de lenguaje.
Las diversas propuestas fiscales se basan en mecanismos diferentes, pero las motiva la misma lógica.
Es una historia basada en una suposición de suma cero: que las ganancias del capital significan automáticamente pérdidas para el trabajo. Antes de convertirse en secretario del Tesoro, Scott Bessent se sumó a esta idea, argumentando que desde la década de 1980, "el capital ha recibido un mejor trato en detrimento del trabajo". El director ejecutivo de OpenAI, Sam Altman, vinculó esta narrativa con la IA, afirmando que puede "imaginar" todas las formas en que la IA "rompe el capitalismo" al desplazar aún más el poder económico del trabajo hacia el capital (El Washington Post tiene una alianza de contenido con OpenAI).
Una tercera parte de esta narrativa es la creencia de que el trabajo se grava a tasas más altas que el capital; es decir, que los impuestos de los trabajadores son más altos que los que se aplican a los ingresos provenientes de las inversiones utilizadas para crear los sistemas de IA y el hardware que los están sustituyendo.
Las tres partes de esta historia son erróneas.
Comencemos con la participación de la mano de obra en el ingreso nacional. Si el capital estuviera dominando a los trabajadores en su detrimento, esto se vería claramente en los datos. Los salarios se estancarían. La participación del capital en la producción económica aumentaría. Pero esto no ha sucedido. Medida correctamente, la participación del trabajo en el ingreso nacional ha fluctuado en torno al 70 por ciento durante casi un siglo. A los trabajadores también les va bien según otros indicadores, a pesar de las afirmaciones en sentido contrario. Los salarios reales han aumentado más del 40 por ciento desde la década de 1990. Y el costo de vida de la clase media se ha reducido durante un período similar.
El error más fundamental radica en el planteo mismo. No existe un tira y afloja existencial entre el capital y el trabajo. Las nuevas herramientas, como la inteligencia artificial, hacen que los trabajadores sean más productivos, lo que aumenta su valor y su capacidad para obtener salarios más altos. La hoja de cálculo digital no acabó con los contadores; los liberó de la tabulación manual para que pudieran enfocarse en análisis más valiosos que, a su vez, les permitieron obtener salarios más altos. Las nuevas inversiones amplían el pastel económico para que tanto el capital como el trabajo puedan salir ganando.
La última idea errónea es que el capital está menos gravado que el trabajo. Las estadísticas que dan esta impresión son, en su mayoría, cuestiones de momento contable. Tanto el trabajo como el capital enfrentan tasas marginales máximas de impuestos federales de alrededor del 40 por ciento y tasas promedio cercanas a la mitad de ese porcentaje. Los trabajadores pagan impuestos sobre la renta y sobre la nómina. Los impuestos sobre el capital suelen aplicarse en dos niveles: primero, a través del impuesto a la renta de las empresas, y luego, a través de los impuestos sobre las ganancias de capital y los dividendos.
Entonces, si los nuevos impuestos sobre la IA no son la forma de ayudar a los trabajadores, ¿qué debería hacer Washington en su lugar?
En primer lugar, si el objetivo es ayudar directamente a los trabajadores, hay que permitirles quedarse con una mayor parte de cada sueldo. El Congreso puede reducir los impuestos sobre la renta y sobre la nómina, junto con recortes en el gasto público. Los recortes en el gasto pueden tener el beneficio adicional de eliminar programas estatales que desincentivan el trabajo, desplazan el ahorro privado y desvían el capital de inversiones que realmente aumentan los salarios.
En segundo lugar, si la preocupación es que las enormes fortunas generadas por la IA queden exentas de impuestos en un sistema tributario plagado de vacíos legales, la respuesta es gravar la riqueza cuando se gasta, reformando los impuestos existentes, no agregando otros nuevos. En lugar de gravar la electricidad, las máquinas, los salarios o la inversión cuando están siendo productivos, hay que gravar el consumo que estos financian. Hay que gravar la fortuna generada por la IA cuando se gasta, no la inversión que crea herramientas que benefician a todos.
Por último, no se debe gravar a la IA, pero tampoco se le debe subsidiar. Permitir que las empresas deduzcan de inmediato sus inversiones es un trato equitativo, no una dádiva. Pero hay muchas dádivas que se deben eliminar: los créditos de energía transferibles para los proyectos nucleares, geotérmicos y de almacenamiento construidos para abastecer a los centros de datos; los fondos de la Ley de Chips para los circuitos dentro de los centros de datos; y las subvenciones en efectivo, los créditos sobre salarios de construcción y las exenciones del impuesto a la propiedad que algunos estados ofrecen a los centros de datos. Hay que eliminarlos todos.
Gravar a la máquina para ayudar al trabajador es entender la economía al revés. La narrativa que está ganando terreno en Washington es totalmente errónea: el capital, y la IA que financia, tiene más probabilidades de ser el camino de los trabajadores hacia un aumento salarial que hacia su reemplazo.
Este artículo fue publicado originalmente en Cato At Liberty (Estados Unidos) el 21 de julio de 2026.