El dato no mata al relato

Javier Garay sostiene que la defensa de la libertad exige, por supuesto, buenas ideas y evidencia. Pero también exige construir relatos capaces de explicar por qué esas ideas producen mejores resultados y, sobre todo, por qué las reformas correctas no siempre generan beneficios inmediatos.

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Por Javier Garay

Parece un consenso: el dato mata al relato. La idea es sencilla. Si la medición de los hechos es suficientemente contundente, bastará con mostrarla para desmontar cualquier discurso político.

La experiencia demuestra lo contrario.

En política, las personas rara vez cambian de opinión porque alguien les mostró mejores cifras. Por el contrario, suelen interpretar los datos de manera que confirmen las creencias que ya tenían. Los relatos no desaparecen frente a la evidencia; más bien seleccionan qué evidencia consideran relevante.

Colombia ofrece un buen ejemplo. El proyecto político de Gustavo Petro llegó al poder apoyado en un relato según el cual el país era un fracaso y había agotado su modelo económico. Si ese diagnóstico era correcto, cualquier cambio parecía preferible a mantener el rumbo.

Sin embargo, los datos contaban una historia más compleja. Desde comienzos de los años noventa, Colombia había reducido significativamente la pobreza, ampliado la cobertura de numerosos servicios y mejorado buena parte de sus indicadores sociales y económicos. El crecimiento había sido insuficiente para resolver todos los problemas, pero el país estaba lejos del escenario de desastre que describía el discurso político dominante.

Los datos existían. El relato fue más persuasivo.

Hoy podría estar ocurriendo el fenómeno contrario. Quienes cuestionan las políticas del actual gobierno suelen acudir a indicadores como el deterioro fiscal, el aumento del endeudamiento, el mayor costo de financiamiento o la caída de la inversión. Sin embargo, esos datos son lejanos para la mayoría de los ciudadanos. En cambio, indicadores más visibles, como el empleo, el crecimiento económico o incluso la inflación, parecen transmitir una percepción distinta.

Algunos sostienen que las estadísticas oficiales podrían haberse politizado. Es una posibilidad que solo podrá evaluarse plenamente con el paso del tiempo. Pero existe otra explicación más sencilla.

Los efectos de las malas políticas económicas no siempre aparecen de inmediato. Un aumento acelerado del gasto público puede generar temporalmente mayor actividad económica y más empleo. Sin embargo, ese impulso depende de recursos que tarde o temprano se agotan. El deterioro de la productividad, la inversión y las finanzas públicas suele manifestarse de manera gradual, cuando corregir el rumbo resulta mucho más costoso.

Ahí aparece una dificultad adicional. Las reformas necesarias para corregir esos desequilibrios sí producen costos visibles en el corto plazo. Reducir el gasto, ordenar las cuentas públicas o eliminar distorsiones suele desacelerar temporalmente la economía. El relato encuentra entonces un terreno fértil: quienes generaron el problema pueden presentar los costos de la corrección como si fueran consecuencia de las reformas y no de los desequilibrios acumulados durante años.

Argentina ilustra bien ese desafío. Después de décadas de deterioro económico, con Javier Milei, el país comenzó un proceso de ajuste cuyos beneficios necesariamente tomarían tiempo. Sin embargo, gran parte del debate público sigue concentrándose en los costos inmediatos de las reformas, mientras muchas de las causas que hicieron inevitable ese ajuste pasan a un segundo plano. El resultado es una disputa permanente entre dos relatos que utilizan datos distintos para defender conclusiones opuestas.

Probablemente veremos debates similares en otros países de la región, incluida Colombia.

Por eso, quienes defienden una sociedad más libre deberían abandonar la idea de que basta con tener los datos de su lado. Los datos son indispensables, pero nunca hablan por sí solos. Siempre necesitan una interpretación, y las personas suelen aceptar aquella que mejor encaja con sus intuiciones y expectativas.

La defensa de la libertad exige, por supuesto, buenas ideas y buena evidencia. Pero también exige construir relatos capaces de explicar por qué esas ideas producen mejores resultados y, sobre todo, por qué las reformas correctas no siempre generan beneficios inmediatos. De lo contrario, incluso las mejores políticas corren el riesgo de perder frente a historias más atractivas, aunque sean falsas.