¿Qué reflejan los resultados de la elección de Abelardo de la Espriella sobre Colombia?

Javier Garay dice que la principal lección de esta elección no es que el estatismo haya desaparecido del debate público, sino que incluso después de cuatro años de polarización y de intentos por expandir el papel del Estado, una mayoría de colombianos todavía está dispuesta a corregir el rumbo por medios democráticos.

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Por Javier Garay

La victoria de Abelardo de la Espriella representa una buena noticia para quienes defienden la libertad económica, la iniciativa privada y las instituciones de una democracia liberal. Después de cuatro años de un gobierno que promovió una mayor intervención estatal en la economía y una creciente concentración del poder político, los colombianos decidieron elegir una alternativa distinta.

Sin embargo, sería un error interpretar este resultado como una derrota definitiva del proyecto político representado por Gustavo Petro y su movimiento. Lo ocurrido en las urnas demuestra que una parte importante de la sociedad colombiana rechazó los excesos del actual gobierno, pero no necesariamente que haya abandonado las ideas que permitieron su llegada al poder.

La primera razón es simple: la elección fue extraordinariamente reñida. La diferencia fue inferior al uno por ciento de los votos. En la práctica, esto significa que, pese a los problemas de gestión, los escándalos, la improvisación y el deterioro observado en distintos frentes, casi la mitad de los electores siguió respaldando al candidato de la izquierda radical.

Esto obliga a mirar más allá del resultado inmediato y a preguntarse por las características de la cultura política colombiana.

Colombia es una sociedad llena de contradicciones. Por un lado, posee rasgos profundamente liberales. Es una sociedad emprendedora, poco inclinada a obedecer regulaciones excesivas y con una enorme capacidad para encontrar soluciones por fuera de los canales estatales. La magnitud de la informalidad económica es una prueba de ello.

Por otro lado, también es una sociedad que espera mucho del Estado. Durante décadas, amplios sectores de la población han visto en la política una herramienta para resolver problemas económicos y sociales que no han logrado superar por otros medios. Esta combinación de desconfianza hacia las restricciones estatales y, al mismo tiempo, de altas expectativas frente al gobierno ayuda a explicar por qué proyectos populistas o estatistas conservan una base electoral significativa.

A esto se suman tendencias presentes en gran parte de Occidente: polarización política, radicalización ideológica y creciente desconfianza hacia las instituciones liberales tradicionales. Colombia no ha sido inmune a esos fenómenos.

Por esa razón, el verdadero desafío para el nuevo gobierno apenas comienza.

Durante la campaña coexistieron dos discursos distintos. Uno, más cercano al nacionalismo y a las guerras culturales. Otro, enfocado en la defensa de la libertad económica, la iniciativa privada y la reducción del tamaño del Estado. Todavía no es claro cuál de los dos terminará predominando.

La incertidumbre es aún mayor porque el próximo gobierno enfrentará problemas extremadamente complejos. La situación fiscal es delicada. Los desafíos en seguridad se han agravado. Existen dificultades en sectores como energía y salud. Además, el nuevo presidente no cuenta con mayorías propias en el Congreso, lo que limitará significativamente su margen de acción.

Esto significa que no bastará con ganar una elección. Para consolidar una alternativa al proyecto político de Petro, el nuevo gobierno necesitará producir resultados visibles y sostenibles. De lo contrario, el péndulo político podría volver a moverse en la dirección contraria en apenas cuatro años.

Aun así, existe espacio para el optimismo.

Durante la campaña, el presidente Gustavo Petro utilizó todo el peso político de su cargo para favorecer a su candidato. Pese a ello, no logró asegurar su victoria. Esa es una señal positiva sobre la fortaleza de la sociedad colombiana y sobre la capacidad de los ciudadanos para castigar electoralmente a los gobiernos que consideran fallidos.

La principal lección de esta elección no es que Colombia haya resuelto sus problemas ni que el estatismo haya desaparecido del debate público. La verdadera lección es que, incluso después de cuatro años de polarización y de intentos por expandir el papel del Estado, una mayoría de colombianos todavía está dispuesta a corregir el rumbo por medios democráticos. Esa capacidad de corrección puede ser el mejor activo institucional que conserva el país.