Mentiras justas: Cuando la DEI justifica la falsedad
Erec Smith considera que no podemos permitir que la justicia se redefina como cualquier cosa que avance una agenda ideológica.
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Por Erec Smith
Como antiguo profesor universitario que habla y escribe sobre temas candentes, y como hombre negro que critica la política progresista con regularidad, a menudo soy objeto de falsas acusaciones –acusaciones que no sólo distorsionan mis acciones, sino que las invierten por completo– por parte de personas que algunos llaman activistas progresistas (Aparentemente, como hombre negro, mis críticas a la política de izquierda son especialmente perjudiciales para la justicia social). Quiero ser claro: no estoy hablando de malentendidos o de malinterpretaciones acaloradas. Hablo de mentiras descaradas.
Puedo dar uno de muchos ejemplos. El año pasado, testifiqué ante el Congreso con otros tres panelistas sobre los peligros de los programas de diversidad, equidad e inclusión (DEI), concretamente los que se basan en la justicia social crítica. Califiqué la justicia social crítica de ideología "casi marxista" que se basa en dicotomías sociales artificiosas (por ejemplo, negros frente a blancos), prioriza la experiencia vivida, la posicionalidad, el racismo siempre presente y la demonización de valores culturales considerados "blancos" (por ejemplo, individualismo, trabajo duro, puntualidad).
En respuesta a esta audiencia, un grupo de responsables académicos de la DEI, bajo los auspicios del Centro de Raza y Equidad de la USC, elaboró un informe titulado "Truths About DEI on College Campuses" ("Verdades sobre la DEI en los campus universitarios"). Lleno de deshonestidad sobre la audiencia y las motivaciones de sus panelistas, el informe está plagado de falacias lógicas, psicológicas y materiales. Joy Gaston Gayles, distinguida profesora y jefa del Departamento de Liderazgo Educativo, Política y Desarrollo Humano de la Universidad Estatal de Carolina del Norte, escribió lo siguiente en su contribución al documento:
Cuando se introducen en el discurso diversas perspectivas respaldadas por pruebas y análisis reflexivos, el discurso se restringe y se prohíbe. Esto quedó patente en la recomendación del Dr. Erec Smith (testigo experto en la audiencia del 7 de marzo) de auditar al profesorado que discuta cuestiones de DEI en las clases, lo que supone una infracción directa de la libertad académica y la libertad de expresión.
He aquí el problema: yo nunca he dicho eso. Ni siquiera he estado cerca de decirlo. Ni siquiera hay una afirmación que pudiera malinterpretarse como una recomendación para auditar al profesorado. Todo lo que dije, como puede leerse aquí, es que, como forma de ver los prejuicios, la justicia social crítica hace más mal que bien y es antitética a la justicia social.
Esto no es una tergiversación retóricamente estratégica de la verdad; es una completa mentira. Gran parte de mi vocación como investigador del Instituto Cato y cofundador de Free Black Thought es promover la libertad de expresión y el pluralismo. La afirmación de Gayles lo contradice por completo.
Mi defensa de la libertad de expresión, junto con el hecho de que soy un hombre negro, hace demasiado daño a su narrativa preferida de opresión y a la de sus colegas. Creo que Gayles mintió por sentido del deber y lealtad a su causa. Es más, alguien del ethos de Gayles pone aún más poder detrás de esta falsedad.
Les cuento esto porque no es sólo mi historia; muchas personas han sido víctimas de esta justa indignación. El falso testimonio es una tendencia entre los activistas para quienes la certeza moral prevalece sobre la responsabilidad fáctica. A menudo, la voluntad de los activistas hacia la justicia social –sea cual sea su definición– produce una lógica moral inquietante: quienes se oponen a ellos o los cuestionan son categóricamente malos e indignos de una representación veraz. Para Gayles y otros, mentir es una virtud, una herramienta de liberación y, por tanto, está justificado.
Lamentablemente, la mentira puede formar parte del arquetipo del activista por la justicia social. En "Tolerancia represiva", un verdadero manual para el activismo de izquierda, Herbert Marcuse argumentaba que todo lo que la hegemonía llama verdad es un instrumento de dominación. La lógica es que si la verdad es opresiva, la mentira debe ser liberadora. Si una persona desafía la narrativa preferida, su integridad individual deja de importar. Para Gayles y otros, yo no era tanto una persona como un símbolo de la hegemonía al que había que desfigurar por todos los medios.
Los activistas por la justicia social de la izquierda, y cada vez más de la derecha, parecen responder a la famosa pregunta de Thomas Sowell, "¿Es opcional la realidad?", con un "sí", siempre que el objetivo sea la justicia para los oprimidos. Los ejemplos incluyen la exagerada tasa de asesinatos policiales de hombres negros desarmados en la izquierda y la locura de la teoría de la conspiración "QAnon" en la derecha. Cada uno demonizó los fundamentos ideológicos del otro, que era realmente lo único que importaba.
No importa que yo también quiera justicia para los oprimidos. Lo que importa es que mis tácticas se alinean demasiado con el statu quo, con las connotaciones negativas de los "hombres blancos cishet". El hecho de que soy negro apenas salió a relucir en la respuesta de los agentes de la DEI a mi testimonio, y cuando lo hizo, no se le atribuyó ninguna importancia real. Los lectores pueden llegar a pensar que soy un mentiroso blanco, o un mentiroso no blanco que quiere ser blanco, dañando así mi ethos, que es de lo que se trata.
Esto no puede ser. No podemos permitir que la justicia se redefina como cualquier cosa que haga avanzar una agenda ideológica. Eso es demasiado simplista. Una sociedad en la que se castiga a la gente por cosas que no ha hecho, en la que la verdad se subordina a la narrativa, no es simplemente errónea y antiliberal. Es peligrosa.
Esto no es una petición de compasión. Es un llamamiento a la verdad y a la claridad. Es una petición de que al menos reconozcamos los hechos antes de entrar en debate. Es un ruego para que no me vean como un símbolo, sino como una persona con sus propias razones y fundamentos para sus pensamientos y acciones.
Las verdades incómodas no deben sustituirse por mentiras. Hay que afrontarlas de frente. De lo contrario, no estamos avanzando hacia el progreso, sino hacia la ignorancia social y una mayor injusticia.
Este artículo fue publicado originalmente en Discourse Magazine (Estados Unidos) el 28 de mayo de 2025.