Mi familia, hija del sistema de capitalización

Eduardo Jeréz cuenta la historia de los ahorros previsionales de su padre, quien a sus 73 años llegaría a tener una pensión bruta que duplicaría su remuneración mensual y, además, explica las opciones que han tenido él y sus hijos.

Por Eduardo Jeréz

Cuando en el 2007 conocí nuestro sistema previsional comprendí que la maravilla del interés compuesto multiplicaría mis ahorros y que esta capitalización produciría su mayor efecto cuando cotizara mes a mes. Y si tuviera lagunas, como efectivamente ocurrió, debía compensarlas con ahorro extraordinario.

Aprendí también del sistema investigando los ahorros previsionales de mi padre. El proviene de una cultura de izquierda y recelaba inicialmente del sistema privado. Pero se ha transformado en un admirador y en un afiliado muy responsable. Tiene 72 años, trabaja y cotiza pese a no tener la necesidad de hacerlo. Incluso quiere seguir trabajando por un tiempo más. Con un sueldo imponible promedio, en moneda actual, de $700.000 mensuales, su ahorro acumulado supera los $235.000.000 y el simulador de su AFP muestra que a los 73 años tendría una pensión bruta de $1.500.000 al mes, más del doble que su remuneración.

Él ha cotizado por 49 años, inicialmente en el antiguo sistema, donde obtuvo su bono de reconocimiento, y desde los inicios del sistema privado de pensiones hasta la fecha. Se ha beneficiado de la alta rentabilidad obtenida por el sistema de capitalización. Al postergar la jubilación, el efecto del interés compuesto sobre un capital mucho mayor aumentará significativamente su pensión.​

Mi vínculo con el sistema privado de pensiones nace con mi memoria de título, en la Universidad de Concepción, donde estudié Ingeniería Civil Industrial. Pertenezco a esa primera generación que asiste a la Universidad, aquella generación a la cual nuestros padres continuamente nos repetían “la educación es lo único que te voy a dejar”, y supe aprovechar las oportunidades que me dieron.​

Durante los años en la Universidad, y en aquellos de emprendimiento inicial, tuve lagunas previsionales porque no pude cotizar como lo habían hecho mis colegas, la mayoría de los cuales tiene el doble de mis fondos obligatorios. Pero compensé las lagunas cotizando al tope en la cuenta obligatoria y, adicionalmente, ahorrando el mismo monto en APV, lo cual me reportará a los 70 años una pensión bruta proyectada de $3.000.000 al mes. Esa es mi primera meta de edad para evaluar pensionarme, pero en realidad quiero seguir el ejemplo de mi padre y postergar la jubilación lo máximo posible.

El tiempo pasa y ahora también soy padre de Franco, de 3 años, y de Laura, de 1 año. Y, al igual que mis padres, la educación será el principal activo que les dejaré. Pero, adicionalmente, les aportaré también una buena pensión basal pues, bajo la figura de “afiliado voluntario”, les cotizo el tope imponible desde que nacieron.

Franco ya tiene 3 años de cotización al tope, y con ello una pensión bruta proyectada, con una rentabilidad estimada de UF + 4,5% anual, de $800.000 cuando se pensione, aún cuando no cotice nunca más. Laura, con un año de cotización al tope, ya tiene una pensión bruta proyectada de $250.000. Adicionalmente, a ambos les ahorro en la cuenta 2 de sus respectivas AFP un monto mensual para financiar sus universidades, en donde el 50% del costo de sus carreras será pagado por el interés compuesto que logren hasta ingresar a la universidad.​

Como todos somos propietaros de nuestros fondos de pensiones, tendremos la opción de que los fondos no utilizados como pensión sean heredados de generación en generación. Por lo que es muy posible que estos ahorros beneficien también a la  cuarta generación, mis nietos.​

Así, no solo es importante cotizar mes a mes, sino también conocer, entender y aplicar el sistema de capitalización individual para cumplir nuestra meta de pensión y alcanzar también otros objetivos de vida como financiar estudios, comprar departamentos o viajar. El caso de mi familia es perfectamente replicable. Hay que tener la convicción de hacerlo.

Este artículo fue publicado originalmente en la Revista Economía y Sociedad (Chile), edición de Octubre-Diciembre de 2019.