Los multimillonarios nos compensan con creces. Los impuestos sobre el patrimonio ponen eso en peligro.
Veronique de Rugy dice que cuando una sociedad se convence a sí misma de que las personas que mejoran la vida y la hacen más económica son el problema, al final dejamos de contar con esas personas.
Pase lo que haya pasado en las elecciones del martes, el apoyo a los impuestos sobre el patrimonio sigue creciendo. Su justificación se basa en la idea de que los muy ricos nos deben algo a todos, y que gravar sus fortunas equivale a cobrar esa deuda. Se nos dice que su éxito alimenta la desigualdad y que es egoísta de su parte quedarse con tanto, especialmente si no proclaman que quieren hacer más por la sociedad.
El ex economista en jefe del Fondo Monetario Internacional, el francés Olivier Blanchard, expresó recientemente esta narrativa con claridad. En un artículo publicado en X, se preguntó por qué los más ricos de California están gastando tanto para derrotar la Proposición 40, el supuesto impuesto único del 5% sobre el patrimonio neto de los multimillonarios. Blanchard agregó que los multimillonarios "por lo general no han indicado que estén acumulando su riqueza para, en última instancia, hacer del mundo un lugar mejor".
Toda esta idea malinterpreta cómo se hacen las fortunas. En una economía de mercado, las personas no acumulan primero una gran riqueza para luego redimirla mediante buenas obras. La acumulan al hacer primero que el mundo sea mejor.
Cuando compro un teléfono inteligente de 800 dólares, es porque valoro el teléfono más que cualquier otra cosa que hubiera comprado con ese dinero. El vendedor valora mis 800 dólares más que el teléfono. Ambos salimos más ricos según nuestro propio criterio. Ninguno le debe nada más al otro.
Repite este intercambio unos cuantos cientos de millones de veces, y se forman enormes fortunas para las personas que crean tecnología asombrosa de manera tan abundante y asequible que la damos por sentada. Sin embargo, lo más importante es que la gente entrega cada centavo de eso voluntariamente.
Como mi colega Arnold Kling explicó acertadamente el fin de semana: "Las ganancias se obtienen dentro de un juego de suma positiva para la sociedad. Las ganancias impulsan a las empresas a atender a los consumidores y a innovar". El impulso a favor de los impuestos sobre la riqueza se basa en "el punto de vista opuesto. Considera que las ganancias son algo que las empresas nos quitan al resto, como si pudiéramos dar por sentadas la innovación y la eficiencia. (Este punto de vista) actúa como si estuviéramos en un entorno de suma cero en el que la ganancia de una persona es necesariamente la pérdida de otra".
Y, sí, las ganancias se reparten de manera más justa de lo que la gente cree. El premio Nobel y economista de la Universidad de Yale, William Nordhaus, estimó que los innovadores del sector empresarial de Estados Unidos se quedaron personalmente, en promedio, con apenas un 2,2% del excedente social que crearon entre 1948 y 2001. El otro 97,8% fue a parar a todos los demás en forma de precios más bajos, salarios más altos, mejores productos y bienes, y servicios que antes no existían.
En resumen, el mundo ya ha sido compensado, con creces.
Quienes instan a los multimillonarios a ceder también se equivocan al suponer alegremente que el Estado que se queda con el dinero lo utilizará lo suficientemente bien como para "hacer del mundo un lugar mejor". La carga de la prueba recae sobre ellos. El gobierno de California ya gasta aproximadamente 350 mil millones de dólares al año. ¿Qué lograrán esos pocos mil millones adicionales que el resto no haya logrado?
"Dar dinero y poder al gobierno es como darles whisky y las llaves del auto a unos adolescentes", como solía decir el periodista y satírico P.J. O’Rourke. Quizá los multimillonarios de California no estén ansiosos por financiar una línea ferroviaria de Merced a Bakersfield que el estado valora en unos 35 mil millones de dólares y que su inspector general estima que se acerca más a los 48 mil millones. Tal vez duden en reponer fondos de pensiones como CalPERS, cuyo personal admite que es poco probable que alcance un rendimiento previsto del 6,8% sin recurrir al capital privado.
Los ingresos de la Propuesta 40 están destinados a la atención médica, pero el dinero es fungible. Al final, California tiene un solo presupuesto. Cada dólar asignado a un fin específico libera otro para otra cosa. Es posible que algunos multimillonarios simplemente hayan llegado a la conclusión de que su filantropía hace más bien en otros lugares, o que su dinero es más beneficioso cuando se invierte en empresas privadas.
El impuesto también refuerza el peor hábito de California: gastar, gastar, gastar, y luego cobrar impuestos, cobrar impuestos, cobrar impuestos. El dinero nunca es suficiente para cubrir todos los gastos. Un gravamen único que se distribuye a lo largo de cinco años no resuelve eso. Financia nuevos compromisos con dinero temporal. Algunos querrán hacer que el impuesto sea permanente, lo que sus arquitectos intelectuales claramente prefieren y tal vez hayan hecho posible. Y, sin embargo, eso seguirá sin ser suficiente.
Ese es el problema de compromiso que Blanchard admite que California no puede resolver. Los multimillonarios hacen bien en desconfiar de la promesa de que es "única".
Lo que más me preocupa es el marco moral. Cuando una sociedad se convence a sí misma de que las personas que hacen que la vida sea mejor y menos costosa son el problema, eventualmente dejamos de atraer a esas personas.
Contrario a la creencia ingenua de Blanchard, a los multimillonarios no les falta espíritu cívico. Incluso si ignoramos sus donaciones caritativas, a menudo enormes, no podemos olvidar que el mercado ya recaudó su contribución y nos entregó una gran parte a todos los demás. Deberíamos dejar de exigirles que se disculpen por los otros dos centavos.
Este artículo fue publicado originalmente en Creators Syndication (Estados Unidos) el 29 de octubre de 2026.