Los intelectuales, la política y la manía de la autopsia

Alberto Benegas Lynch (h) dice que lejos de sugerir que no haya políticos, sino de recordar que los políticos obedecen a la opinión pública establecida por lo que si queremos cambiar la clase política debemos empezar por realizar el trabajo académico y comunicacional para cambiar primero la opinión pública.

Por Alberto Benegas Lynch (h)

El rol del político consiste en entender qué es lo que demanda la gente y proceder en consecuencia con propuestas en las correspondientes plataformas. Desde luego que hay distintos segmentos con diferentes conformaciones de la opinión pública a las cuales se dirigen los políticos en campaña.

Pero en este contexto es relevante subrayar que el político no se trepa a la tribuna para decir lo que nadie entiende ni acepta. Antes de subir al podio, debe contar con la suficiente información de lo que requiere su audiencia.

En un sistema democrático es indispensable la función del político, que apunta a representar a sus seguidores. En esta línea argumental es crucial comprender que antes del político subyacen las ideas que comparten los votantes que aunque no sean todas iguales, en cada caso se trata de ideas que influyen en sus preferencias.

Qué bueno y saludable ha sido que los grandes maestros como James Buchanan, John Eccles, F.A. Hayek, Bruce Benson, Karl Popper, Albert Jay Nock, Leonard Read, Max Planck y otros intelectuales no se hayan dedicado a la política puesto que nos hubiéramos privado de esos faros extraordinarios y los sobresalientes como Ludwig von Mises que se involucraron transitoriamente en puestos políticos de jóvenes afortunadamente los abandonaron para poder trabajar en sus proyectos académicos y otros como Rothbard intervinieron con la pretensión de eliminar la política. Y algunos intelectuales que por razones de fuerza mayor se mezclaron en la política quedaron con gusto amargo en sus paladares, por ejemplo, José Ortega y Gasset que escribe: “La política se apoderó de mi y he tenido que dedicar más de dos años de mi vida al analfabetismo (la política es analfabetismo)”.

No se trata de sugerir que no haya políticos, los ha habido que han sabido poner límites a la extralimitación del poder (los menos frecuentes por cierto), se trata de comprender las inexorables secuencias y las necesarias prioridades y ordenes de prelación para lograr los objetivos de mayor bienestar para todos si se trabajan en las ideas del respeto recíproco.

En todo caso, hay demasiados candidatos a la figuración política y sumamente escasos los inclinados a las arduas tareas de escarbar en las profundidades de conceptos y teorías que permiten mejorar moral y materialmente a todos. Como escribe Anthony de Jasay, “no es imposible poner la carreta delante de los caballos, es poco práctico”.

Por eso hablamos de “la manía de la autopsia”, en otras palabras se tiende a elaborar sobre medidas pasadas que se reiteran con un tedio colosal y que condujeron a mortajas políticas en lugar de proponer otras concepciones y paradigmas que precisamente surgen de debates abiertos sobre horizontes vitales en lugar de repetir hasta el cansancio lo perimido, lo muerto y lo fracasado. Es frecuente que los gobiernos nuevos se refieran a “la herencia recibida” en alusión a la gestión del gobierno anterior, esta es una manifestación de la manía de la autopsia que opera como una calesita macabra. En definitiva, la metáfora de la manía de la autopsia alude a la machacona repetición de algo arcaico y finiquitado lo cual lógicamente provoca una inercia que conduce a la repetición del cadáver que no zafa del círculo vicioso.

Hannah Arendt y tantos otros pensadores de fuste han marcado las reiteradas mentiras en la política. “Y bueno, qué quieren, es político”, intentan justificar los incautos. Por eso es que Eduardo Mallea ha señalado que para mirar lejos uno entrecierra los ojos “pero para mirar realmente a la distancia hay que cerrar los ojos de la carne y abrir los del espíritu a nuevas perspectivas”.

El problema medular son los epígonos, a saber, los que siguen a otros sin mediar. John Locke escribía sobre el problema de “conceder asentimiento a opiniones corrientes recibidas”, Alexis de Tocqueville concluye que las personas “temen más al aislamiento que al error” y Hume consigna que los hombres “encuentran muy difícil el seguir su propio juicio o inclinación cuando se opone al de sus amigos y compañeros diarios”.

Todos los roles honestos son muy respetables. Hay quienes son buenos para armar listas, conseguir fichas de afiliación y proceder en las contiendas electorales, pero es de desear que los que tienen condiciones intelectuales no consuman sus energías en la política. Y hacer las dos cosas siempre ha complicado, tal como explica Ortega en la antedicha cita, puesto que sabemos el tiempo colosal que demanda la vida intelectual para ser serios en la preparación de clases, libros, corrección de tesis y similares. Por eso alguna vez me he preguntado en voz alta que hubiera sido del mundo si Einstein en lugar de dedicarse a la física hubiera sido intendente de algún pueblo.

Las ideas provienen de otro ámbito completamente distinto del político. Se trata de un trabajoso proceso que comienza en cenáculos intelectuales, pasa por muy diversos planos educativos, llegan a los medios de comunicación y finalmente exigen esas ideas los votantes a los políticos que se presentan como “dirigentes”, pero en la práctica los que en verdad dirigen son los intelectuales que concibieron las ideas en primer término.

El intelectual cumple un rol decisivo para bien o para mal, según sea la tradición de pensamiento a la que adhiere. En el teatro de los acontecimientos no aparece en primer plano el intelectual, que se mantiene en sus bibliotecas observando cómo los políticos se arrogan el papel de inventar lo que sugieren como si hubiera aparecido de la nada la idea.

Sin duda que hay roles y funciones muy dispares: el intelectual concibe la idea y el político la ejecuta pero, como queda dicho, el referente que prepara el terreno es el primero mientras que el segundo la propone al público una vez que haya llegado a ese terreno.

Todo comienza en el nivel teórico. La computadora, la forma de arar y sembrar, las maquinarias y equipos, la medicina, los transportes terrestres, aéreas y marítimas, la física, la arquitectura, la vestimenta y todo cuanto se nos pueda ocurrir comienza con una idea, con una concepción teórica. Generalmente el primero que concibe una idea novedosa es vilipendiado por sus congéneres, por lo que John Stuart Mill ha consignado con razón que “todas idea buena pasa por tres etapas: la ridiculización, la discusión y la adopción”. Una vez que la idea se aplica los que antes la rechazaban por “impracticable” la aceptan como algo dado, como algo natural.

Pensemos en el que propuso el arco y la flecha en la época de los garrotes; seguramente fue considerado como estrafalario al sugerir algo que nadie había aplicado hasta la fecha y así sucesivamente con todos los inventos y descubrimientos, pues quién iba a tomar en serio a la persona que por primera vez conjeturó que un aparato inmenso iba a volar y convertirse en un avión o que pudiera existir algo como la telefonía inalámbrica o, para el caso, las ventajas de marcos institucionales que respetaran derechos de todos.

Como decimos, son roles distintos los del intelectual y los del político solo que es muy importante percatarse de que no se puede ejecutar una idea que no se sabe en qué consiste. No tiene sentido ocuparse primero de la política y luego de las ideas puesto que de ese modo el fracaso está garantizado.

Hoy en día el trabajo intelectual está muy retrasado respecto a la política. Hay demasiados candidatos para esto segundo y muy escasos ocupantes de lo primero con lo que naturalmente la política resulta un fiasco de proporciones mayúsculas. Hay una desproporción superlativa entre ambos roles puesto que es mucho más fácil alardear con propuestas vacías y contraproducentes que trabajar arduamente en el plano intelectual para producir propuestas con sustancia y riguroso fundamento.

Entonces, si se trabaja lo suficiente en el terreno intelectual el resto, es decir, la ejecución política, se da por añadidura puesto que, como queda dicho, lo uno sigue a lo otro: ni bien se percibe que la gente demanda tal o cual idea el político la propone al efecto se sacar partida electoral. También lo que sucede es que el rol político tiene muchos más candidatos porque la faena es más fácil por más que se aleguen dificultades enormes. Tiene la ventaja de la exposición mayor y más lucida, la foto y equivalentes que contrasta con el intelectual que se mantiene en su lugar de trabajo y las más de las veces en el anonimato.

Equivocadamente se dice que hay que ocuparse de la política puesto que lo otro es a largo plazo. En otros términos, la pretensión de ejecutar lo que aun no se sabe, es decir, la tentación de lo insustancial, lo demagógico, lo banal con visos de profundidad.

Por último, una cuestión lindante y emparentada que he mencionado en otra ocasión y es otro desequilibrio: la desproporción de tiempo dedicado a la coyuntura respecto al debate de ideas de fondo lo cual también cierra el paso para explorar y abrir otras avenidas que precisamente permitan contar con coyunturas favorables en el futuro. Esta balanza desbalanceada muchas veces ocurre en los medios orales, puesto que los escritos cuentan con más espacio para columnas de opinión. En la televisión y la radio se suele consultar sobre la coyuntura por lo que hay demasiados candidatos a responder con lo que se deja de lado el trabajo a más largo alcance, como decimos tan necesario para rectificar rumbos. Yo mismo he pasado por aquella etapa puesto que desde mediados de los 70 hasta fines de los 90 –un cuarto de siglo– he participado en programas reiteradamente en los Neustadt, Grondona y equivalentes de aquella época, a veces todas las semanas y a veces todos los días lo cual naturalmente resta tiempo para las faenas de fondo. Una vez que corté con eso pude disfrutar no solo de un tiempo mucho mayor para trabajar en ideas de fondo sino que logré redoblar una reconfortante paz interior. Por supuesto que es del todo respetable quienes deciden otro camino, incluso –aunque son casos muy aislados y excepcionales– hay quienes visitan esos programas usando la coyuntura como pretexto para anclarse en tópicos de fondo. Solo señalo en un plano más general la necesidad de contar con mayores energías para modificar rumbos descarriados con propuestas que salen de la coyuntura y los lugares comunes.

En resumen, para salir del marasmo es indispensable buscar un equilibrio entre los entusiasmos político-coyunturales y las faenas puramente intelectuales para abandonar la manía de la autopsia y poder vislumbrar un futuro en el que los políticos se vean obligados a recurrir a un discurso razonable.

Este artículo fue publicado originalmente en Infobae (Argentina) el 11 de enero de 2020.