Los informes sobre el aumento del consumo problemático de cannabis no significan que debamos volver a la prohibición

Jeffrey A. Singer afirma que una sociedad libre debería ser capaz de aprender a convivir con sustancias potencialmente riesgosas sin que el gobierno las prohíba.

Anatoly Kireev/iStock Editorial / Getty Images Plus via Getty Images

Por Jeffrey A. Singer

Como médico, no descarto los informes recientes sobre el aumento del consumo problemático de cannabis. Pero debemos evitar que estos informes desencadenen otro pánico moral relacionado con la "guerra contra las drogas".

El consumo de cannabis ha aumentado a medida que más estados lo han legalizado para los adultos. Eso no debería sorprender a nadie. Cuando una sustancia de uso generalizado pasa de un mercado ilícito a uno legal, algunas personas que antes se abstenían la probarán, algunos consumidores ocasionales la consumirán con mayor frecuencia y la gente estará más dispuesta a admitir que la consume.

Sin embargo, estas tendencias recientes no nos indican cómo se desarrollará el consumo de cannabis en el futuro.

La historia debería hacernos ser cautelosos a la hora de extrapolar a partir de los primeros años de la legalización. Cuando los estadounidenses derogaron la Ley Seca en 1933, el consumo de alcohol no se estabilizó de inmediato en el patrón que conocemos hoy. El consumo aumentó sustancialmente durante las décadas siguientes, alcanzó su punto máximo alrededor de 1981 y luego disminuyó durante más de una década. Hoy en día, la proporción de estadounidenses que reportan consumir alcohol se encuentra en su nivel más bajo desde que Gallup comenzó a registrar estos datos en 1939.

A lo largo del tiempo, los estadounidenses aprendieron a convivir con el alcohol legal. El conocimiento, las costumbres y las normas sociales evolucionaron en torno a su consumo responsable. Aprendimos a distinguir entre beber y la embriaguez. Llegamos a desaprobar firmemente el consumo de alcohol al volante y en el trabajo. La gente aprendió a reconocer sus propios límites, y los amigos y familiares aprendieron a darse cuenta de cuándo el consumo de alcohol de alguien se estaba convirtiendo en un problema.

Ninguna de esas normas nos obligaba a concluir que, debido a que el alcohol puede causar adicción, enfermedades, accidentes y la muerte, debiéramos prohibir a los adultos que lo consuman.

El cannabis podría estar atravesando un período de adaptación similar.

A medida que el consumo de cannabis se normaliza, los consumidores pueden aprender más sobre la dosificación, la potencia, la frecuencia, los efectos sobre la capacidad de actuación y sus respuestas individuales a la droga. Las normas sociales en torno al consumo responsable pueden desarrollarse a medida que las personas adquieren experiencia con una sustancia que, durante la mayor parte del siglo pasado, las políticas públicas trataron simplemente como algo que nadie debía consumir.

Ya existen algunas pruebas que respaldan esa posibilidad.

Canadá legalizó el cannabis en todo el país en 2018, lo que proporcionó a los investigadores un experimento natural inusualmente útil. Un estudio prospectivo dio seguimiento a 1.428 adultos de Ontario desde el momento inmediatamente anterior a la legalización hasta cinco años después. En general, la frecuencia del consumo de cannabis aumentó ligeramente, aunque los indicadores de uso indebido de cannabis disminuyeron ligeramente. Aún más interesante es que las personas que consumían cannabis con frecuencia antes de la legalización mostraron las mayores disminuciones tanto en el consumo como en el uso indebido de cannabis.

Eso no prueba que la legalización haya causado esas reducciones. Los propios investigadores advierten que factores como el hecho de que las personas superen con la edad los patrones problemáticos de consumo pueden explicar en parte los hallazgos. Pero la experiencia canadiense debería, al menos, advertirnos de que no debemos dar por sentado que un aumento inicial en el consumo conduce inevitablemente a un consumo problemático cada vez mayor.

El cannabis no es inofensivo. El consumo frecuente puede ser problemático para algunas personas. Los productos de alta potencia merecen especial atención, al igual que los riesgos para los adolescentes y las personas predispuestas a trastornos psicóticos. Debemos educar a la gente con honestidad sobre esos riesgos y disuadirles de conducir o manejar maquinaria peligrosa mientras estén bajo los efectos del cannabis.

Pero reconocer esos riesgos no justifica prohibirles a los adultos el consumo de cannabis.

La prohibición conlleva sus propios riesgos. Empuja a los consumidores hacia los mercados ilícitos, donde los productos pueden tener una potencia y un contenido inciertos. Expone a personas que, de otra manera, serían pacíficas, a arrestos y sanciones penales. Y al reducir un tema enormemente complicado a un simple "no consumas drogas", la prohibición puede impedir el desarrollo del conocimiento y las normas sociales que ayudan a las personas a tomar decisiones más seguras.

Debemos evaluar la legalización frente a la alternativa real de la prohibición, con sus mercados ilícitos, sanciones penales e información poco confiable sobre los productos.
Los hallazgos más recientes sobre el consumo de cannabis deben servir de base para los consumidores, los médicos y los responsables de políticas. Los investigadores deben seguir monitoreando los patrones de consumo de cannabis e identificar qué patrones de consumo y qué productos conllevan los mayores riesgos. Las autoridades de salud pública pueden brindar a los adultos información precisa sin exagerar los riesgos con la esperanza de disuadirlos de consumir cannabis. Las leyes deben prohibir la venta a menores y conducir bajo los efectos del cannabis.

Los adultos toman habitualmente decisiones que implican riesgos. Algunos beben alcohol, otros fuman tabaco y otros practican deportes peligrosos. Respetar su autonomía no implica fingir que esas decisiones son inofensivas. Implica brindarles información de calidad y permitirles sopesar los riesgos y beneficios por sí mismos.

Deberíamos tratar el cannabis de la misma manera.

Una sociedad libre debería ser capaz de aprender a convivir con sustancias potencialmente riesgosas sin que el gobierno las prohíba.

Este artículo fue publicado originalmente en Cato At Liberty (Estados Unidos) el 25 de agosto de 2026.