Los altos costos de gravar la riqueza

Adam N. Michel dice que un impuesto sobre la riqueza dice: "No tengas demasiado éxito aquí. Solo queremos ideas mediocres. Si tienes una idea realmente buena, por supuesto, no se la vendas a demasiada gente".

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Por Adam N. Michel

Este es un extracto de un artículo que aparecerá en el próximo número de Free Society, el cual se publicará el 13 de noviembre.

El debate sobre la Proposición 40 de California, una propuesta para aplicar un impuesto único del 5 por ciento sobre los activos de los multimillonarios, pone de manifiesto una tensión reveladora en la política de gravar la riqueza. El gobernador Gavin Newsom se opuso a la medida, argumentando que los californianos adinerados podrían marcharse fácilmente del estado y llevarse consigo sus ingresos sujetos a impuestos. En su lugar, propuso un impuesto nacional a los multimillonarios. Para alguien escéptico respecto al impuesto sobre la riqueza, la lógica de Newsom puede parecer ilógica. Si la preocupación es que un impuesto sobre la riqueza impone altos costos económicos, aplicarlo a más contribuyentes simplemente amplificaría esos costos, no los eliminaría.

Newsom reconoce implícitamente el problema que Mark Cuban planteó de manera más colorida cuando advirtió que el nuevo impuesto de California empujaría a los emprendedores e inversionistas hacia otros estados: "Si esto se aprueba, solo los fundadores de startups idiotas se quedarán en Cali".

La estrategia de dos pasos de Newsom ilustra una importante perspectiva de economía política. Un impuesto sobre la riqueza en California concentraría sus consecuencias en California. A medida que los contribuyentes y las empresas abandonen el estado, llevándose consigo su actividad económica y las oportunidades de empleo, los costos del fracaso de la política serían inusualmente visibles.

Los defensores de estos impuestos los presentan como una forma prácticamente sin costo de recaudar ingresos sustanciales. Sin embargo, también presionan repetidamente por una armonización al alza: de los estados al nivel nacional y de los países individuales hacia una coordinación internacional. El deseo de limitar la movilidad reconoce implícitamente que los contribuyentes, las inversiones y las empresas responden a los impuestos.

Limitar la capacidad de los contribuyentes para irse no hace que el impuesto no tenga costos. Simplemente hace que los costos sean más difíciles de percibir. En lugar de titulares sensacionalistas sobre multimillonarios que se mudan a Florida o Panamá para reducir sus cargas fiscales, los costos se acumulan de manera menos visible en forma de menor inversión, menos emprendedores con startups «unicornio», un crecimiento más lento de la productividad y, en última instancia, menos empleos y salarios más bajos.

El experimento del Estado Dorado

Hay muchas razones para mostrarse escéptico ante la propuesta de California.

Un impuesto sobre el patrimonio se aplica a un stock de activos en lugar de a un flujo de ganancias, independientemente de si los activos generan ingresos. Alguien puede ser dueño de un negocio que sea valioso en papel sin recibir ni siquiera un pequeño porcentaje de ese valor en efectivo cada año. Para pagar la cuenta tributaria, muchos multimillonarios de papel podrían terminar vendiendo acciones u obligando a su empresa a distribuir dinero que, de otra manera, podría haber financiado su crecimiento.

Con la tasa del impuesto sobre el patrimonio propuesta por California del 5 por ciento, cualquier activo que genere un rendimiento anual antes de impuestos inferior al 5 por ciento se enfrentaría a tasas marginales efectivas de impuesto sobre la renta superiores al 100 por ciento, incluso antes de pagar otros impuestos.

Determinar el valor del patrimonio sujeto a impuestos tampoco es tarea fácil. Las acciones que cotizan en bolsa tienen un precio de mercado. La mayoría de los demás activos que poseen los súper ricos —empresas de capital cerrado, participaciones en sociedades, propiedad intelectual, obras de arte y bienes inmuebles exclusivos, por nombrar algunos— son más difíciles de valorar. La propuesta de California reconoce algunos de estos problemas de valoración con reglas inusualmente rígidas y basadas en fórmulas para valorar activos difíciles de cotizar. Al sustituir los valores reales de mercado por la conveniencia administrativa, este sistema puede aumentar los costos económicos al crear una gran brecha entre los valores reales y los valorados en la mayoría de los casos.

Un ejemplo de cuán grandes pueden ser estas discrepancias es el patrimonio de Michael Jackson, que pasó más de una década en litigio con el IRS tras su muerte. El patrimonio de Jackson valoró su nombre e imagen en solo 2.105 dólares en 2009. El IRS afirmó que valía 434 millones de dólares. En 2021, el Tribunal Fiscal finalmente fijó la cifra en 4,2 millones de dólares. Un impuesto nacional anual sobre el patrimonio recrearía este tipo de disputas entre potencialmente decenas de miles de contribuyentes, año tras año.

Dadas las cargas económicas y administrativas que implican los impuestos sobre el patrimonio, la propuesta de California incluirá fuertes incentivos para mudarse fuera del estado. El propio analista legislativo del estado espera que la Proposición 40 genere decenas de mil millones de dólares en ingresos temporales, al tiempo que reduzca los ingresos por el impuesto estatal sobre la renta de manera continua a medida que los contribuyentes adinerados se muden.

Otras estimaciones son aún más impactantes. Un análisis de la Institución Hoover estima que casi el 30 por ciento de la base tributaria prevista ya había abandonado California antes de que la iniciativa reuniera los requisitos para ser sometida a votación. Este hallazgo desmiente las afirmaciones de los proponentes de que han diseñado un impuesto retroactivo de una sola vez que no afectará el comportamiento de los contribuyentes.

Tras tomar en cuenta los impuestos sobre la renta perdidos por la salida de los multimillonarios, los autores del estudio de la Institución Hoover estiman que la Proposición 40 podría, con el tiempo, reducir los ingresos netos del estado en 25 mil millones de dólares. Y es probable que estas estimaciones sean conservadoras, ya que suponen que solo los multimillonarios reaccionarían, y no los muchos otros empresarios e inversionistas que podrían esperar razonablemente que los futuros impuestos sobre el patrimonio los afecten. Tampoco toman en cuenta a los californianos de todos los niveles de ingresos que podrían huir del estado a medida que la reducción de la inversión deprime los salarios y las perspectivas laborales.

La riqueza no son montones de oro

Parte del atractivo político de los impuestos sobre el patrimonio se basa en una concepción errónea de la riqueza. A menudo se imagina que las mayores fortunas estadounidenses son montones de oro en alguna bóveda, arrebatados al resto de nosotros y atesorados por unas pocas familias, que los transmiten de generación en generación. Pero la abrumadora mayoría de la riqueza estadounidense de alto nivel es capital productivo que nos beneficia a todos. Y esa riqueza la generan principalmente los empresarios, no la heredan.

Entre el 0,1% de los hogares más ricos, el 73% de la riqueza neta corresponde a participaciones en empresas privadas o que cotizan en bolsa. Entre los multimillonarios, las viviendas y los activos personales, como autos, aviones, obras de arte y joyas, representan solo un par de puntos porcentuales de la riqueza total.

A medida que la riqueza de Jeff Bezos crece porque Amazon tiene más valor, su fortuna no empobrece automáticamente a todos los demás. El valor de la empresa —y, por lo tanto, gran parte de la riqueza de Bezos— refleja las ganancias futuras esperadas de la empresa, las cuales dependen de cuánto valoren los consumidores los bienes y servicios que ofrece. Como señaló recientemente mi colega Marian Tupy en el Wall Street Journal, Bezos se ha quedado con solo una pequeña fracción del valor que su empresa ha creado para los consumidores de todo el mundo.

Y los ricos, a menudo, no solo construyen sus propios negocios; arriesgan su riqueza para financiar nuevos proyectos iniciados por otros. Apple, Amazon, Google, Nvidia, Moderna, BioNTech y un sinfín de otras empresas innovadoras dependieron, en etapas críticas, de inversionistas dispuestos a arriesgar su riqueza para financiar ideas inciertas.

Estas historias de innovación y espíritu emprendedor muestran cómo el capital y el trabajo suelen ser complementarios en la producción. Una mayor inversión en capital hace que los trabajadores sean más productivos, y una mayor productividad es una razón clave por la que los trabajadores pueden exigir salarios más altos.

Nuestras políticas públicas transmiten un mensaje sobre nuestra cultura, nuestras instituciones y lo que valoramos. Un impuesto sobre la riqueza dice: "No tengas demasiado éxito aquí. Solo queremos ideas mediocres. Si tienes una idea realmente buena, por supuesto, no se la vendas a demasiada gente". Ese mensaje no solo limita el estilo de vida de los ricos. Sus costos más amplios recaen sobre todos a través de los empleos que nunca se crearon, las curas que nunca se descubrieron y los avances tecnológicos que nunca se persiguieron.

Este artículo fue publicado originalmente en Cato At Liberty (Estados Unidos) el 29 de octubre de 2026.