Las restricciones al comercio perjudican a los trabajadores blangladesíes

Chelsea Follett explica que el trabajo en maquilas, no obstantes sus peligros, ha sido generalmente positivo para los trabajadores bangladesíes, particularmente las mujeres, quienes ahora tienen más control sobre sus vidas.

Por Chelsea Follett

Una trágica explosión de una caldera mató a 10 mujeres bangladesíes durante el verano, un incidente que recuerda el trágico colapso del edificio Rana Plaza, el cual concentró la atención del público en las condiciones laborales en ese país en desarrollo. Cuando suceden estos desastres, muchas personas en países ricos asumen que la respuesta misericordiosa es imponer restricciones comerciales y dejar de comprar ropa hecha en Bangladesh.

Irónicamente, tal respuesta de hecho perjudicaría a los trabajadores de las maquilas bangladesíes, muchos de los cuales son mujeres, obligándolas a ubicarse en situaciones mucho peores que el trabajo de fábrica.

Lo que muchas personas no saben es que el auge del trabajo en fábricas en el país ha ayudado a lograr un cambio positivo en las vidas de muchos bangladesíes— mujeres incluidas. En el país viven 18,4 millones de las personas más pobres del mundo y allí hay estrictas normas de sexo. Aún así Bangladesh recientemente fue denominada como “la historia económica más feliz del mundo en estos momentos”, conforme la pobreza extrema ha caído marcadamente.

A pesar de sus peligros, el trabajo en fábrica ha reducido significativamente la pobreza y aumentado el nivel educativo de las mujeres mientras que ha reducido la tasa de matrimonio infantil en Bangladesh. También ha desencadenado un cambio cultural hacia más libertad para las mujeres, no solo al permitirles ganar dinero sino también al darles más libertad de movimiento.

La industria de maquila dominada por mujeres del país transformó la norma del purdah o seclusión (literalmente, “velo”), que tradicionalmente prohibía que las mujeres trabajaran fuera del hogar, caminen en la calle sin estar acompañadas por un guardián masculino, o que hablen en la presencia de hombres no emparentados con ellas.

Muchas mujeres bangladesíes ahora interpretan al purdah como algo que simplemente significa recato en lugar de una segregación social y económica. En las palabras de la economista social Naila Kabeer de London School of Economics, el trabajo de fábrica le permitió a las mujeres “renegociar los límites del comportamiento aceptable”. Hoy, en Dhaka y en otras ciudades industriales, las mujeres caminan en la calle solas e interactúan con hombres no emparentados con ellas.

El país se industrializó rápidamente, aumentando su número de fábricas orientadas a la exportación desde una manada durante mediados de los setenta hasta llegar a alrededor de 700 para mediados de los ochentas. Las mujeres ahora ocupan más de un 80% de los empleos en manufacturas.

La expansión de manufacturas en el país se topó con retos desde un principio. En 1985, Gran Bretaña, Francia, y EE.UU. impusieron restricciones con cuotas a las importaciones de Bangladesh como reacción a las campañas anti-maquilas financiadas por los sindicatos laborales en los países ricos. Dentro de tres meses, dos tercios de las fábricas bangladesíes cerraron sus puertas y más de 100.000 mujeres se quedaron sin trabajo, muchas de ellas se quedaron en la indigencia.

Las cuotas fueron, en resumen, un desastre para las mujeres bangladesíes. Gran Bretaña y Francia removieron sus cuotas en 1986, y la industria de maquilas de Bangladesh desde ese entonces se ha expandido a miles de fábricas que emplean a millones de personas. Desafortunadamente, el proteccionismo está creciendo en los países ricos, con la ayuda de reportes sensacionalistas acerca de las condiciones de trabajo. El Secretario General de los Trabajadores de Maquila de Bangladesh ha advertido que estos reportes podrían restringir el crecimiento de Bangladesh.

A pesar de su frecuente representación de víctimas pasivas, las mujeres bangladesíes que trabajan en fábricas están tomando sus propias decisiones. La investigación de Kabeer concluyó que “la decisión de aceptar un trabajo de fábrica era en gran parte iniciada por las mismas mujeres, muchas veces frente a una resistencia considerable por parte de otros miembros de la familia”.

De todas formas, un cambio social se está dando. “Las maquilas han sido muy buenas para las mujeres”, dijo a Kabeer Hanufa, una mujer de fábrica cuyas ganancias le permitieron escapar de su esposo, quien abusaba físicamente de ella. “Ahora siento que tengo derechos, puedo sobrevivir”.

De hecho, el potencial de obtener ganancias de las mujeres está erosionando la costumbre de los dotes nupciales, y el potencial de obtener ganancias usualmente aumenta el peso que las prioridades de la mujer tienen dentro del hogar.

Tragedias como la del colapso del edificio Rana Plaza obtienen mucha prensa. Los efectos de la industria de maquila que van más allá del bienestar material y la igualdad social de las mujeres en Bangladesh reciben menos atención. Los países ricos no deberían apresurarse para imponer restricciones comerciales a países pobres luego de los desastres. Como un trabajador de fábrica dice: “Las maquilas han salvado tantas vidas”.  

Cuando Kabeer entrevistó a 60 mujeres de fábrica en su país natal de Bangladesh, ella descubrió que las fábricas habían expandido las opciones de las mujeres y eran vistas como algo generalmente positivo. El Banco Mundial ha reconocido que las fábricas juegan “un papel significativo” en reducir la pobreza y combatir el matrimonio infantil. Monira Munni del Financial Express dijo a inicios de este año que las fábricas tienen “trabajadoras socialmente fortalecidas en Bangladesh que logran tener un mejor control sobre sus propias vidas”.

Según Kabeer, “se requirieron las fuerzas del mercado, y la llegada de una industria de maquila orientada a la exportación, para lograr lo que una década de esfuerzos estatales y no-gubernamentales no había podido: crear una fuerza laboral femenina”.

Este artículo fue publicado originalmente en Forbes.com (EE.UU.) el 17 de octubre de 2017.