La verdadera amenaza presentada por las cuarentenas ante el COVID-19

David S. D'Amato considera que si la forma en que las cuarentenas para enfrentar al COVID-19 fueron impuestas fue ilegítima y contraria a una sociedad libre.

Por David S. D'Amato

Las personas alrededor del mundo están expresando un creciente descontento con las políticas de cuarentenas innecesarias que han separado a las personas de sus familias, eliminado millones de empleos alrededor del mundo, provocado indecibles muertes al limitar o eliminar el acceso a los servicios de salud y servido mal a nuestros niños. 

Como muchos han observado ahora, las cuarentenas tienen una serie de consecuencias mortales. Por ejemplo, el periodista británico Matt Ridley escribe, “Estas provocan más muertes por cáncer, enfermedades cardíacas y suicidios así como también pérdidas de empleos, bancarrotas, desintegración social y enfermedades mentales especialmente en los jóvenes, quienes tienen menos riesgo frente al virus”. Además, un reciente reporte de UNICEF señala una “pandemia bajo la sombra” de violencia en contra de las mujeres y los niños, estando los servicios vitales para estos grupos vulnerables entre los más comúnmente interrumpidos. La Organización Mundial de Salud ha dicho que las cuarentenas no deberían ser “el principal medio para controlar este virus”, notando una consecuencia de las cuarentenas muchas veces ignorada en 2020: “hacen mucho más pobres a las personas pobres”.

Los estadounidenses se imaginan que viven bajo “un gobierno de leyes y no de hombres”, como se suele decir con frecuencia, implicando que a través del gobierno creado por la Constitución, nosotros hemos dejado atrás el gobierno arbitrario por parte de los reyes y sus antojos. A lo largo de los últimos meses, sin embargo, se he vuelto cada vez más claro que de hecho vivimos bajo el mandato arbitrario y despótico de un número cada vez más pequeño de opresores que hacen las leyes a su antojo, fuera de cualquier proceso legislativo adecuado. Peor aún, estos aspirantes a tiranos no se perciben a sí mismos como limitados por las normas que han dictado para el resto. Ellos violan sus propias reglas cuando sea que se les antoja. 

Ya sea que uno esté o no de acuerdo con las cuarentenas como una respuesta adecuada de salud pública ante el COVID-19, debería haber sido claro que la forma en que dichas cuarentenas nos fueron impuestas—esto es, mediante el poder ejecutivo, sin control de algún límite constitucional—fue ilegítima y contraria a una sociedad libre. 

Si las cuarentenas fuesen necesarias, existe ahí un camino prescrito en la constitución y democrático para imponerlas: las legislaturas podrían aprobar una ley de cuarentena que podría ser firmada para ser convertida en ley vigente (o no) por el ejecutivo. La jueza Rebecca Bradley de la Corte Suprema de Wisconsin resumió el problema en su opinión de acuerdo con aquella de la mayoría de la corte, la cual revirtió la cuarentena de Wisconsin en mayo: “Al emitir su orden, [Andrea Palm, Secretaria designada por el Departamento de Servicios de Salud] se arrogó el poder de hacer ley y el poder de ejecutarla, excluyendo totalmente a las personas del proceso de legislación”.

Si a los estadounidenses no les preocupa su libertad, lo cual parece ser aparente dada su sumisa aceptación de los insultos a la libertad que vimos en 2020, entonces ciertamente no les preocupan estas cuestiones de teoría legal. Pero a las personas que diseñaron nuestro sistema de gobierno si les importaban. Combinar poderes estatales de esta manera, escribió Thomas Jefferson, “es precisamente la definición del gobierno despótico”, un gobierno que actúa con impunidad, sin ninguna restricción real. Las cuarentenas no son un asunto de izquierda vs. derecha—son un asunto de libertad vs. autoridad y de democracia vs. dictadura. 

Los argumentos en contra de las cuarentenas enfáticamente no dicen qué debería hacer la gente. Estas son cuestiones acerca de qué derechos tienen los individuos y qué tipos de imposiciones arbitrarias una sociedad supuestamente libre le permitirá a su gobierno. El COVID-19 no es un chiste, por supuesto, es una verdadera enfermedad que continúa causando muertes. Las personas deberían comportarse de manera prudente, considerando lo que sabemos acerca de la enfermedad, su carácter contagioso y su letalidad. Lo que queda claro, no obstante, es que los gobiernos han explotado el COVID-19 como una oportunidad para sembrar miedo y pánico, incrementando de esta manera su poder más allá de un límite razonable. 

La amenaza que el COVID-19 constituye para la mayoría de las personas, particularmente aquellos sin múltiples condiciones pre-existentes, es de hecho menor. Mientras que estimar de manera precisa la tasa de mortalidad de una infección el COVID-19 (IFR) es difícil por varias razones, esa tasa, en cualquier caso, es muchísimo más baja que lo que los funcionarios estatales nos han hecho creer: un meta-análisis de los estudios de seroprevalencia publicados por la Organización Mundial de Salud el mes pasado concluyó que “las tasa de mortalidad inferidas solían ser mucho más bajas que las estimaciones realizadas al inicio de la pandemia”. Esto es porque prácticamente todos estos estudios han demostrado que la tasa de infección es muchas veces mayor que el número de casos confirmados en determinada localidad. “El IFR del COVID-19 también se sabe que es altamente dependiente de la edad”, teniendo los niños una probabilidad casi nula de morir de la enfermedad. En Gran Bretaña, por ejemplo, la edad promedio de muerte por COVID-19 es de más de 82 años, lo cual, debería notarse, es una edad superior a la expectativa de vida promedio del país.

De manera que mientras que el COVID-19 ciertamente es real (y genuinamente peligroso para pequeños grupos de personas mayores de edad o que ya están enfermas), la comunicación estatal en torno a la enfermedad ha sido profundamente engañosa y irresponsable, y las respuestas de políticas públicas—esto es, las cuarentenas—han sido desproporcionadas, autoritarias y fundamentalmente inconsistentes con los principios legales esenciales de EE.UU. Que el estado depende para obtener su poder del miedo debería informar la forma en la que evaluamos sus afirmaciones acerca de las amenazas y sus evaluaciones de los riesgos. Es difícil no ver las cuarentenas como los últimos pasos para completar nuestra transformación hacia personas semi-autónomas, por siempre conectadas a drones del estado corporativo, neutralizadas de nuestros últimos vestigios de humanidad, permanentemente desconfiados de todos menos de los poderosos. Si algo aprendemos del 2020, debería ser que el poder político es la verdadera amenaza.

Este artículo fue publicado originalmente en The Hill (EE.UU.) el 5 de diciembre de 2020.