La transición al caos

Manuel Hinds dice que el cambio en las comunicaciones del presidente salvadoreña se debe a que la cuarentena estricta no sirvió para preparar al sector de salud y el gobierno ahora se encuentra sin ideas ni liderazgo frente a la pandemia.

Por Manuel Hinds

Hay una calma extraña en el país en estos momentos. No es la calma que surge del orden, de la armonía de las fuerzas políticas, de la solución diligente de los problemas, de la confianza en el futuro. Esta calma marca un vacío: el progresivo derrumbe de la estrategia que el presidente había seguido desde su toma de posesión para consolidar su poder, un vacío que él no ha logrado llenar con una estrategia alternativa.

Esa estrategia estaba basada en el uso de su popularidad para ir tomando cada vez más poder, por encima del que el que la Constitución le permitía. Esta estrategia llevó al intento de intimidar a la Asamblea con el uso de la fuerza militar el 9 de febrero, que no salió como él había esperado. Perdió los nervios, alguien le dijo que se echara para atrás. Su popularidad internacional, que era sustancial, se vino para abajo. Domésticamente, no sólo quedó mal con los partidarios de la democracia sino también con los que esperaban que el violara del todo la constitución y desmontara la Asamblea. Fue el peor momento de su presidencia hasta entonces.

Pero entonces vino el coronavirus, que pareció una oportunidad de oro para revertir ese fracaso. Al principio pareció que la iba a aprovechar. Pero, como en las tragedias griegas, la característica personal que le había dado sus triunfos, el dar la primera prioridad no al manejo de la realidad sino al manejo de su propia imagen, lo está llevando a un enorme fracaso que todavía no ha comenzado, pero que ya se vislumbra en su futuro. Este fracaso se le está viniendo encima porque, enfocado únicamente en su imagen, diseñó una estrategia contra el coronavirus que estaba mutilada de entrada.

Estaba mutilada porque, basada en la instauración de una cuarentena estricta, carecía del segundo elemento que daría sentido a la cuarentena. Como todo el mundo sabe, las cuarentenas no curan el coronavirus. Sólo pueden retrasar los contagios, dando tiempo para que el sector de la salud pueda prepararse para atender mejor a las víctimas del virus. En todos los países en los que esta estrategia se aplicó, lo fundamental fue esta preparación. No aquí. En El Salvador el presidente aplicó una de las cuarentenas más estrictas del mundo, y obtuvo enormes préstamos para financiar la preparación. Pero a pesar de que éstos sumaron casi mil millones de dólares al principio del proceso (recientemente consiguió otros mil millones) la preparación que era el eje de la estrategia no se llevó a cabo.

Por un tiempo, el presidente tuvo éxito en convencer a la población de que el triunfo sobre el COVID-19 dependía de que se mantuviera la cuarentena, y de que cualquiera que pusiera esto en duda lo hacía porque quería matar al pueblo. Con cada intervención pública él fortalecía su imagen de defensor de la vida.

Sin embargo, cuando inevitablemente el virus comenzó a pegar, la horrible negligencia en la preparación del sector salud para enfrentar la pandemia se comenzó a manifestar en la falta de equipos y medicinas en los hospitales, tanto en los necesarios para proteger a los equipos médicos como los esenciales para mantener la vida de los pacientes. Y cuando esas realidades se hicieron obvias en las fotografías de pacientes tirados en los pasillos o en los parqueos de los hospitales, en noticias de faltas de medicamentos esenciales, y en noticias de muertes, más de 70 sólo entre los médicos y enfermeras, y muchos más entre la población en general (muchos de los cuales mueren sin saberse de qué murieron), la base de toda la estrategia para asaltar el poder total, la popularidad, el hechizo, la imagen del superhéroe, sin duda ha comenzado a romperse.

Y esto se siente en el cambio en las comunicaciones del presidente: sus ausencias, la creciente agresividad de sus tuits, que evidencia una progresiva inseguridad, y en el devastador hecho que, en medio de lo peor de la tormenta del COVID-19, lo único que se le ocurre es pedir una extensión de las cuarentenas, sin siquiera presentar un plan para mejorar los servicios de salud. Esta es la calma que estamos viviendo, la causada por la falta de ideas, por la falta de liderazgo en medio de la crisis más seria que hemos tenido. La historia de su presidencia está por cambiar, de una esperanza de triunfos a una realidad de espantosos fracasos.

Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de Hoy (El Salvador) el 16 de julio de 2020.