La relación conflictiva del liberalismo con la democracia

Ilya Somin considera que el liberalismo no puede prescindir de la democracia, pero tampoco puede sobrevivir a una democracia con muy pocas restricciones a su poder.

Por Ilya Somin

El liberalismo —definido como la filosofía política que da prioridad a la libertad individual y a la felicidad humana— siempre ha tenido una relación ambigua con la democracia. Los gobiernos democráticos suelen caracterizarse por un nivel de libertad y felicidad mucho mayor que otros tipos de regímenes. Los liberales deben resistirse a la tentación de abrazar el autoritarismo.

Pero también hay múltiples formas en que la democracia puede, a menudo, amenazar la libertad y el bienestar humano. Entre estos peligros se encuentran la tiranía de la mayoría y la ignorancia generalizada de los votantes. La democracia también puede ser una amenaza para su propia perpetuación, al llevar al poder a movimientos políticos autoritarios. Todos estos son problemas de larga data. Pero los acontecimientos recientes demuestran su importancia continua —y, en algunos casos, creciente—. Los liberales deben reconocer su gravedad y buscar de manera más agresiva diversas soluciones potenciales. Estas incluyen limitar y descentralizar el gobierno y, posiblemente, tomar medidas para dificultar que los movimientos antidemocráticos e iliberales tomen el poder.

Tiranía democrática

Es tentador descartar la idea de que la democracia degenere en tiranía o injusticia como una contradicción en sí misma. La gente suele usar "democrático" como sinónimo de "bueno", y "antidemocrático" como sinónimo de "malo". Independientemente de los méritos lingüísticos de este uso, no resulta útil desde el punto de vista analítico. Si todo lo bueno es, por definición, también compatible con la democracia sin restricciones, y todo lo democrático es, por definición, también bueno, entonces la democracia deja de ser un concepto útil desde el punto de vista analítico. Es mejor definir la democracia como un sistema político gobernado por procesos políticos mayoritarios. Dichos procesos pueden tomar tanto buenas decisiones como malas.

Una base un poco más sofisticada para descartar la posibilidad de que la democracia pueda ser mala es la idea —propuesta por algunos teóricos políticos, como Ian Shapiro— de que no existe una base externa objetiva para evaluar las decisiones democráticas. Si los votantes y sus representantes apoyan una política en particular, ¿quiénes somos nosotros para decir que está mal?

Este relativismo moral tiene una serie de defectos bien conocidos. Aquí me limitaré a señalar que, si no tenemos una base objetiva para evaluar la justicia de las políticas promulgadas democráticamente, tampoco tenemos una base para concluir que la democracia es superior a la dictadura, la oligarquía o la teocracia. Si existen criterios —como la libertad, la igualdad y el bienestar humano— mediante los cuales podamos concluir que la democracia es superior a estos otros sistemas, entonces esos mismos estándares pueden utilizarse para evaluar los propios resultados de la democracia y para concluir que el gobierno democrático tal vez deba ser restringido o modificado de diversas maneras.

Una vez que reconocemos que los gobiernos democráticos no son intrínsecamente justos ni inmunes a la evaluación crítica, queda claro que pueden ser propensos a fallos sistemáticos. El más obvio es la "tiranía de la mayoría". Si los gobiernos democráticos representan la voluntad de la mayoría de la población, esa mayoría podría a veces oprimir a las minorías. Hay muchos ejemplos históricos evidentes en todo el mundo, incluida la opresión de grupos étnicos, raciales, religiosos y de otro tipo. Este peligro vuelve a ser una grave amenaza en muchas naciones democráticas, en parte debido al auge de los movimientos etnonacionalistas —como el movimiento MAGA de Donald Trump y otros similares en varios países europeos— que buscan movilizar a las mayorías étnicas en sus respectivos países resaltando la supuesta amenaza que representan los grupos minoritarios y los inmigrantes. Los nacionalistas tienen una larga historia de persecución y opresión de los grupos minoritarios, y los movimientos nacionalistas actuales se parecen mucho a sus predecesores en ese sentido.

El problema de la ignorancia política

La ignorancia de los votantes es una segunda forma en que la democracia a menudo amenaza los valores liberales. Como se describe en muchos estudios, incluido mi libro Democracy and Political Ignorance: Why Smaller Government is Smarterhay pruebas abrumadoras de que la mayoría de los votantes saben poco sobre el gobierno y las políticas públicas. La mayoría suele ignorar incluso aspectos básicos como los nombres de los tres poderes del Estado, cómo gasta su dinero el gobierno nacional (los votantes de muchos países subestiman enormemente cuánto se gasta en programas de prestaciones sociales, mientras que sobreestiman en gran medida la ayuda exterior) y qué funcionarios del gobierno son responsables de qué asuntos.

En realidad, ese comportamiento es perfectamente racional para la mayoría del público. Si tu única razón para seguir la política es ser un mejor votante, eso resulta no ser un gran incentivo en absoluto, porque hay muy pocas posibilidades de que tu voto influya en el resultado de una elección (aproximadamente 1 en 60 millones en una contienda presidencial de Estados Unidos, por ejemplo, aunque hay variaciones según el estado). Por lo tanto, para la mayoría de las personas es racional dedicar muy poco tiempo a informarse sobre política y, en cambio, centrarse en otras actividades.

Por supuesto, hay personas que se informan sobre política por razones distintas a convertirse en mejores votantes. Así como hay aficionados al deporte a quienes les encanta seguir a sus equipos favoritos aunque no puedan influir en los resultados de los partidos, también hay "aficionados a la política" que disfrutan siguiendo los temas políticos y animando a sus candidatos, partidos o ideologías favoritos.

No hay nada de malo en ser un aficionado a la política. Pero si buscas información política con el propósito de mejorar tu experiencia como aficionado, ese objetivo suele ser contrario al de buscar la verdad. Al igual que los aficionados al deporte, los aficionados a la política tienden a evaluar la información nueva de una manera muy sesgada. Sobrevaloran cualquier cosa que respalde sus opiniones preexistentes y subestiman o ignoran los datos nuevos que las contradicen, llegando incluso a malinterpretar datos simples que podrían evaluar correctamente en otros contextos. Además, quienes más se interesan por los temas políticos también son particularmente propensos a discutir de política solo con otras personas que comparten sus opiniones y a seguir la política únicamente a través de medios afines. Este problema bien podría ser aún peor hoy en día, en la era de las redes sociales y de un Internet fragmentado, que en épocas anteriores.

Por lo tanto, nos enfrentamos a un grave problema de ignorancia política en dos niveles. La mayoría de los votantes son racionalmente ignorantes, ya que saben poco sobre política y gobierno. La minoría, que está mucho más informada, está compuesta en su mayoría por aficionados a la política, con un alto grado de sesgo en su selección de fuentes de información y en su evaluación de lo que aprenden. En conjunto, estos problemas conducen, como era de esperarse, a la elección de líderes políticos y partidos que aplican una amplia gama de políticas muy defectuosas, incluidas muchas que amenazan la libertad y otros valores liberales.

La ignorancia de los votantes se ve agravada por el enorme tamaño, alcance y complejidad del gobierno moderno. En la mayoría de las democracias avanzadas, el gasto público representa un tercio o más del PIB, y el Estado regula casi todas las formas de actividad humana. Incluso los votantes relativamente informados no pueden supervisar eficazmente más que una pequeña fracción de estas políticas y sus efectos.

El daño causado por la ignorancia política también agrava el problema de la tiranía de la mayoría. Gran parte de la opresión de las minorías es en sí misma resultado de la ignorancia y los prejuicios. Por ejemplo, la discriminación étnica y la hostilidad xenófoba hacia la inmigración suelen tener su origen en la creencia ignorante de que la economía es un juego de suma cero, en el que las ganancias de un grupo solo pueden producirse a expensas de otros, ignorando la realidad del crecimiento, la innovación y los beneficios mutuos derivados del intercambio.

Cuando empecé a escribir sobre la ignorancia política hace más de veinticinco años, muchos académicos argumentaban que los niveles de conocimiento de los votantes no eran un problema significativo, porque los votantes que saben muy poco sobre el gobierno y las políticas públicas pueden seguir haciendo un buen trabajo gracias a los atajos de información, el "milagro de la agregación" y otras soluciones alternativas. Ese optimismo es mucho menos frecuente hoy en día, gracias al ascenso de Donald Trump y otros líderes populistas de derecha similares que explotan la ignorancia política en su beneficio. Pero Trump y los de su calaña son solo ejemplos particularmente notorios de un problema que les precedió por mucho tiempo.

Como otros críticos y yo hemos argumentado desde hace tiempo, los atajos informativos tienen graves deficiencias. Entre otras cosas, a menudo requieren conocimientos preexistentes para usarse de manera efectiva. Por ejemplo, el atajo informativo más común es el "voto retrospectivo", que recompensa o castiga a los políticos en el cargo según si las cosas fueron bien o mal durante sus mandatos. Como se explica en el capítulo cuatro de Democracy and Political Ignorance, los votantes suelen recompensar o castigar a los titulares de cargos públicos por cosas de las que no son responsables (sobre todo las tendencias económicas a corto plazo, pero también cosas como las sequías e incluso las victorias de equipos deportivos), mientras ignoran algunas cosas de las que los políticos sí son responsables.

Las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2024 demostraron que los atajos son aún menos eficaces de lo que pensaba. Los votantes indecisos clave pasaron por alto la peligrosa —y obvia— amenaza para la democracia liberal que representaban los esfuerzos de Donald Trump por usar la fuerza y el fraude para revocar su derrota en las elecciones de 2020. En cambio, se centraron en castigar a los demócratas por el problema menos grave del aumento de los precios debido a la inflación. En el proceso, no reconocieron que las propias políticas de Trump —sobre todo los aranceles, la deportación masiva y la exclusión de los trabajadores inmigrantes— aumentarían previsiblemente los precios en lugar de reducirlos, como de hecho sucedió.

Las teorías del "milagro de la agregación" sostienen que los errores causados por la ignorancia de los votantes importan poco porque los errores de los votantes inducidos por la ignorancia en una dirección (por ejemplo, a favor de los republicanos) se compensan con los de la otra (por ejemplo, a favor de los demócratas), lo que permite que los votantes más informados determinen el resultado. Alternativamente, los votantes colectivamente podrían tener mayor conocimiento que individualmente, y el electorado en su conjunto puede hacer un uso efectivo de esa sabiduría agregada. Como se analiza con más detalle en Democracy and Political Ignorance, este feliz resultado solo puede darse si los errores de los votantes se distribuyen al azar o si surgen otras circunstancias altamente improbables. En el mundo real, incluso un ligero sesgo no aleatorio inducido por la ignorancia puede hacer que los errores sean prácticamente seguros.

Llevar al poder a autoritarios antiliberales

En los peores escenarios, pero también en los más plausibles, la democracia puede ser la causa de su propia desaparición al llevar al poder a autoritarios antiliberales. Esto ocurrió de manera notoria en el caso de la Alemania nazi. Más recientemente, los autoritarios han llegado al poder por medios democráticos y luego han procedido a subvertir la democracia en países como Rusia, Venezuela, Turquía, Nicaragua y otros lugares. En Hungría, el autoritario Viktor Orbán fue elegido por medios democráticos, utilizó el poder del gobierno para reprimir a la oposición y permaneció en el poder durante dieciséis años, hasta que finalmente fue derrocado por una victoria aplastante de la oposición tan grande que volvió su mapa electoral amañado en su contra. Incluso en Estados Unidos —una de las democracias más antiguas y sólidamente establecidas del mundo— los votantes eligieron a Donald Trump a pesar de sus evidentes tendencias autoritarias, y luego lo reeligieron en 2024, incluso después de que incitara a la violencia para intentar mantenerse en el poder tras perder las elecciones anteriores.

Probablemente, Trump no podrá subvertir por completo las instituciones liberales de Estados Unidos, que están mejor arraigadas que las de Hungría, Rusia o Venezuela. Pero el mero hecho de que haya tenido dos veces la oportunidad de intentarlo pone de relieve una grave debilidad de la democracia.

Posibles soluciones

La solución tradicional al peligro de la tiranía de la mayoría consiste en imponer límites constitucionales al poder del gobierno y prohibir diversos tipos de discriminación injusta. Estos enfoques tienen un gran mérito y han logrado mucho, incluida la abolición de la segregación racial de Jim Crow en Estados Unidos. Pero no siempre pueden hacer frente a toda la gama de la tiranía mayoritaria. Lo más evidente es que las normas constitucionales actuales, tal como las interpretan los tribunales de Estados Unidos y de muchos otros países, a menudo no son ni de lejos suficientes para frenar la opresión mayoritaria de los inmigrantes. El enorme tamaño y alcance del Estado moderno también hace muy difícil frenar estos peligros, ya que multiplica las oportunidades de opresión y discriminación.

No hay una forma fácil de "solucionar" la ignorancia política. La experiencia demuestra que no podemos confiar en la educación pública para aumentar significativamente el conocimiento de los votantes, ya que los niveles de conocimiento se han estancado a pesar de que el nivel educativo ha aumentado considerablemente en las últimas décadas. Evalúo una serie de otras opciones posibles en mi artículo de 2023 sobre "Soluciones de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba al problema de la ignorancia política", y en Democracia e ignorancia política.

Creo que el mejor enfoque es tomar menos decisiones en las urnas y más "votando con los pies", donde los incentivos para buscar información y usarla sabiamente son mejores. Las personas pueden votar con los pies eligiendo bajo qué gobiernos vivir, basándose en sus políticas, y tomando decisiones en el sector privado. Como analizo en varios trabajos, como Free to Move: Foot Voting, Migration, and Political Freedom, podemos empoderar a las personas para que tomen más decisiones a través del voto con los pies limitando y descentralizando el poder estatal, y eliminando las barreras a la migración tanto nacional como internacional. Estas medidas pueden aumentar la gama de opciones disponibles para los votantes con los pies y reducir los costos de mudanza. Descentralizar el poder hacia niveles inferiores de gobierno y —en muchos casos— hacia el sector privado puede empoderar a los votantes con los pies para que elijan entre una amplia gama de opciones sin tener que desplazarse largas distancias. También podemos reducir la carga de información sobre los votantes racionalmente ignorantes al recortar el alcance y la complejidad de las funciones estatales, facilitando así que los votantes se mantengan al tanto de ellas.

En "Top-Down and Bottom-Up Solutions", sugiero que deberíamos considerar más la posibilidad de simplemente pagar a los votantes para aumentar sus niveles de conocimiento político, alterando así la estructura de incentivos que conduce a la ignorancia racional. Por ejemplo, los filántropos o las organizaciones sin fines de lucro podrían crear una "Prueba de Desempeño del Votante" que evalúe los conocimientos políticos básicos, ponerla a disposición de cualquiera que quiera realizarla y otorgar premios monetarios a quienes obtengan una puntuación superior a un cierto nivel, otorgando tal vez 500 o 1.000 dólares a cada uno. Pero cualquier enfoque eficaz llevará tiempo, y es posible que no exista una solución única que sea suficiente por sí sola. Probablemente necesitemos una combinación de varias estrategias.

Las restricciones constitucionales al poder del gobierno también pueden ayudar a contener a los aspirantes a autoritarios. Pero, dada la oportunidad, a veces pueden romper esas restricciones. Una estrategia común para hacerlo es el abuso de los poderes de emergencia, utilizado por Vladimir Putin en Rusia, Hugo Chávez en Venezuela, Benito Mussolini en Italia y otros; y, el caso más famoso, por los nazis, con la Ley de Habilitación de 1933. Los legisladores harían bien en limitar estrictamente los poderes de emergencia, y las cortes no deberían aceptar sin más las afirmaciones del ejecutivo de que la situación de emergencia necesaria para activar su uso existe realmente; deberían exigir pruebas.

Los liberales también deberían prestar más atención a los mecanismos mediante los cuales se puede impedir, desde un principio, que los autoritarios iliberales lleguen al poder. Impedir que candidatos y partidos se postulen para cargos públicos basándose únicamente en sus ideologías iliberales es una herramienta peligrosa, ya que podría ser utilizada indebidamente para reprimir a los partidos de oposición de manera más general. Por otro lado, existe menos peligro en prohibir que ocupen cargos públicas personas con un historial demostrado de acciones peligrosas, iliberales y antidemocráticas. Por ejemplovarios países de Europa del Este poscomunistas promulgaron leyes de "lustración" que prohibían el acceso a cargos públicos a algunos exfuncionarios de sus dictaduras comunistas, en particular a antiguos agentes de la policía secreta. Estas leyes han ayudado a prevenir retrocesos democráticos y no se han convertido en una amenaza para la democracia en sí mismas. Si Rusia hubiera promulgado una ley de este tipo, podría haber evitado el horrible régimen del exteniente coronel del KGB Vladimir Putin.

Por su parte, a Estados Unidos le habría convenido hacer cumplir la Sección 3 de la Decimocuarta Enmienda, que prohibía el futuro acceso a cargos públicos a los funcionarios que participaran en una "insurrección" contra Estados Unidos, una disposición dirigida originalmente a los insurrectos confederados tras la Guerra Civil. En otra ocasión, he argumentado que la Corte Suprema se equivocó al dictaminar que la Sección 3 no puede aplicarse a Donald Trump porque, supuestamente, no podría hacerse cumplir sin una legislación adicional del Congreso. Un futuro Congreso haría bien en promulgar dicha legislación de aplicación.

Lo anterior es solo una visión general preliminar de las posibles herramientas para mitigar el peligro que la democracia a menudo representa para los valores liberales y —en algunos casos— para su propia perpetuación. Hay margen para el desacuerdo sobre cuáles son exactamente las mejores soluciones, y el enfoque óptimo para algunas naciones bien podría diferir del que es mejor para otras. Pero el principio de la sabiduría es reconocer que se trata, en efecto, de peligros graves. El liberalismo no puede prescindir de la democracia. Pero tampoco puede sobrevivir a una democracia con muy pocas restricciones a su poder.

Este artículo fue publicado originalmente en Liberalism.org (Estados Unidos) el 29 de mayo de 2026.