¿La psiquiatría hace más daño que bien?
Adam Omary señala que a medida que aumentan la concientización y el gasto en salud mental, los resultados en este ámbito están empeorando.
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Por Adam Omary
Este verano, en una sala de audiencias de Plymouth, Massachusetts, los fiscales presentaron hileras de frascos de medicamentos recetados como evidencia en el juicio por homicidio de Lindsay Clancy. Clancy, una madre y enfermera de 36 años, estranguló a sus tres hijos pequeños en enero de 2023 y luego intentó quitarse la vida. Poco antes de los asesinatos, escribió en su celular que "los medicamentos me robaron mi maternidad y mi vida". Su defensa lo atribuye a una psicosis posparto agravada por una sobredosis de medicamentos psiquiátricos.
El juicio terminó en nulo el 4 de septiembre después de que el jurado no pudiera llegar a un veredicto, y se ha programado una nueva audiencia para el 29 de septiembre. Pase lo que pase a continuación, este trágico caso reaviva una pregunta que ha atormentado al sector de la salud mental desde sus inicios. ¿La psiquiatría, en definitiva, hace más bien que mal?
Durante la mayor parte del siglo XX, la respuesta fue un rotundo no. La psiquiatría llegó a recluir a cientos de miles de personas en manicomios, indujo comas con insulina y extirpó los lóbulos frontales de los enfermos mentales mediante la "innovación" ganadora del Premio Nobel conocida como lobotomía, lo que dejó a miles de personas con daño cerebral grave y permanente. Hasta la década de 1970, el propio manual de la profesión clasificaba la homosexualidad como una enfermedad.
La Asociación Estadounidense de Psiquiatría (APA) —el organismo rector de todos los psiquiatras en Estados Unidos— no niega esta historia. En Shrinks: The Untold Story of Psychiatry, el ex presidente de la APA, Jeffrey Lieberman, enumera el largo historial de pseudociencia y daños de esta disciplina y luego lo integra en una narrativa de redención: una disciplina que cometió errores durante un siglo antes de madurar, según su relato, hasta convertirse en una ciencia que salva vidas. Frente a esa historia, una disciplina que ahora busca el consentimiento informado, favorece la atención ambulatoria y somete sus tratamientos a ensayos clínicos representa una verdadera mejora científica y ética. Pero eso no significa que ahora sea un beneficio neto para la sociedad, por muy bien intencionados que puedan ser los psiquiatras en ejercicio.
Una ciencia en maduración que gasta más y sabe más debería producir mejores resultados. La psiquiatría ha dado lo contrario. Entre 2000 y 2021, el gasto en salud mental en Estados Unidos se triplicó con creces, pasando de aproximadamente 40 mil millones de dólares a 140 mil millones de dólares. Durante el mismo período, las tasas reportadas de enfermedades mentales subieron casi con la misma rapidez. Los diagnósticos en casi todas las categorías se encuentran en máximos históricos. Si la inversión estuviera generando salud, las curvas deberían haberse separado.
Los defensores de la industria de la salud mental afirman que el aumento de los diagnósticos y los costos refleja una disminución del estigma y una mayor concientización, un acopio de sufrimiento real que finalmente está siendo reconocido y tratado. Una explicación alternativa es que la definición de enfermedad mental sigue ampliándose. El manual de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, que establece esos límites, ha crecido con cada revisión. Su primera edición, publicada en 1952, tenía unas 130 páginas y enumeraba aproximadamente 100 diagnósticos. La edición actual supera las 1.100 páginas y enumera cerca de 300. Incluso la abstinencia de cafeína es ahora una afección diagnosticable. Cada edición hace que sea más fácil cumplir con los criterios para ser considerado enfermo que la anterior, y la industria de la salud mental se beneficia económicamente cuando su población de pacientes se expande.
Durante ese mismo período de concientización y acceso a la atención sin precedentes, la tasa de suicidios subió a su nivel más alto desde la Segunda Guerra Mundial y se mantiene aproximadamente un 30 por ciento por encima de lo que era en el año 2000. Dado que las tasas de suicidio son uno de los únicos resultados objetivamente medibles en psiquiatría, esto no indica que la psiquiatría esté teniendo éxito. Si el aumento de los diagnósticos realmente reflejara el tratamiento de un retraso acumulado de sufrimiento, habríamos esperado que las tasas de suicidio bajaran, incluso si los diagnósticos siguieran aumentando.
La confianza del campo también ha superado repetidamente su base de evidencia. Durante la última década, en un momento en que la psiquiatría afirmaba ser más rigurosa que nunca, decenas de miles de adolescentes recibieron bloqueadores de la pubertad y hormonas del sexo opuesto bajo el lema de la medicina basada en la evidencia. Tras un escándalo relacionado con datos ocultados de estudios de los Institutos Nacionales de Salud que revelaban que los bloqueadores de la pubertad eran ineficaces para mejorar la salud mental de los jóvenes transgénero, y posteriormente revisiones sistemáticas a nivel mundial que concluyeron que la base de evidencia para los procedimientos experimentales era débil, las principales asociaciones médicas se retractaron de sus afirmaciones.
Al igual que la lobotomía, un procedimiento experimental basado en teorías psiquiátricas no comprobadas para mejorar la salud mental fue celebrado y luego denunciado, pero no sin antes dejar a miles de pacientes con daños reales y duraderos. En una perversa ironía de la historia, el hecho de que muchas personas LGBT experimenten infertilidad duradera debido a las intervenciones de transición de género se asemeja inquietantemente a la esterilización de personas homosexuales que la psiquiatría llevó a cabo en el pasado.
Los peores daños de la psiquiatría provienen de procedimientos experimentales destinados a atender a pequeñas proporciones de la población con desafíos psicológicos únicos. Sin embargo, una proporción mucho mayor de la población recibe tratamiento para trastornos generalizados como la depresión y la ansiedad. En 2024, 60,1 millones de adultos estadounidenses recibieron tratamiento de salud mental, incluidos 43,8 millones que tomaron medicamentos recetados.
Sin duda, muchos se benefician de estos tratamientos, como lo demuestran consistentemente los ensayos clínicos aleatorios. Pero el tratamiento a veces produce precisamente los resultados que se pretendía evitar. Los antidepresivos llevan una advertencia de recuadro negro de la FDA sobre el aumento de los pensamientos y comportamientos suicidas, y pueden precipitar la manía. Incluso para quienes se benefician inicialmente, los medicamentos pueden inducir dependencia neurológica con el uso a largo plazo. La abstinencia de la medicación psiquiátrica puede producir síntomas psicóticos que no se observan en los ensayos clínicos estándar.
El balance entre los posibles beneficios y daños es sumamente difícil de calcular. ¿Cuántos suicidios y episodios psicóticos evitó el tratamiento, y cuántos precipitaron los medicamentos, la abstinencia o un diagnóstico erróneo? ¿Cuándo el hecho de centrar la atención en la ansiedad y la depresión alivia el malestar, y cuándo profundiza la rumiación o enseña a los pacientes a organizar su identidad en torno a la enfermedad? ¿Cuántas personas recuperaron su capacidad funcional, y cuántas perdieron la función sexual, la salud metabólica, el rango emocional, la fertilidad o años de su vida debido a un diagnóstico inadecuado? ¿Con qué frecuencia la distinción entre cordura y locura protegió a las personas vulnerables, y con qué frecuencia sirvió para justificar la injusticia?
Como investigador en psicología, espero que los beneficios superen a los daños. Pero tras décadas de reformas y trillones de dólares de inversión en la atención de la salud mental, las tasas reportadas de enfermedades mentales se mantienen cerca de máximos históricos y el suicidio sigue muy por encima de los niveles que tenía a principios del milenio. Si el sector de la salud mental no puede demostrar que su expansión ha mejorado los resultados para los que existe, a pesar del gasto récord, un mayor financiamiento público no debería ser la respuesta predeterminada. Deberíamos estar dispuestos a considerar lo contrario: acabar con la presunción de que una mayor intervención psiquiátrica es un signo de progreso.
Este artículo fue publicado originalmente en The Dispatch (Estados Unidos) el 17 de septiembre de 2026.