La postal de Robert Hall

Camilo Guzmán destaca las virtudes del impuesto plano, diseñado por Robert Hall (Premio Nobel de Economía 2026) y Alvin Rabushka en 1981.

Por Camilo Guzmán

Robert Hall, profesor de Stanford, ganó el Nobel de Economía de 2026 por explicar cómo se estabiliza una economía en crisis. Pero en 1981 diseñó, junto a Alvin Rabushka, el impuesto plano. Funciona así: todos los ingresos pagan una misma tarifa baja, que ellos calcularon en 19%, y se cobra una sola vez. El trabajador la paga sobre su salario, después de descontar un mínimo exento que deja a los más pobres en cero. La empresa la paga sobre lo que vende, menos lo que compra, lo que destina a salarios y lo que invierte. Sin deducciones, sin regímenes especiales, sin un segundo cobro al ahorro o al dividendo. Es tan simple que la declaración de renta cabe en una tarjeta postal: cuánto ganó, cuánto está exento y 19% sobre la diferencia.

Un sueño para un país como el nuestro, donde el Estatuto Tributario es más complejo que la Fenomenología del espíritu de Hegel, y además cambia de reglas cada dos años. Nuestro sistema parece diseñado para que nadie pueda pagar bien sus impuestos y así el Estado conserve su poder de control y de intimidación. Es regresivo: para el pequeño empresario es una pesadilla confiscatoria; para el grande, que puede pagar a los mejores tributaristas, es un paraíso fiscal. Cada exención, cada tarifa diferencial y cada régimen especial es una puerta, y las puertas no las cruza el que más las necesita, sino el que puede pagarle a quien se las abra.

Hay consenso en que pague más el que más tiene. El impuesto plano lo cumple mejor que la escalera de tarifas que hoy tenemos, por tres razones: una de diseño, una de incentivos y una aritmética.

La de diseño. Hall fijó el mínimo exento en US$25.500 para una familia de cuatro. Quien gana US$30.000 paga 19% sobre los US$4.500 que lo exceden: menos de 3% de su ingreso. Quien gana 10 veces el mínimo paga 17%.

La de incentivos. Cuando hay varias tarifas, la plata se disfraza: el dueño se paga como dividendo lo que era salario, aplaza el ingreso para el año en que cae en un escalón más bajo o se endeuda para descontar intereses. Ese disfraz no está al alcance del asalariado, sino de quien tiene con qué contratar un asesor. Con el impuesto plano, igual para el salario, el dividendo y el interés, y cobrado en la empresa antes de repartir, no hay disfraz que valga.

La aritmética. Hall y Rabushka hicieron la cuenta con las cifras de Estados Unidos. En 1993, el impuesto corporativo, con tarifa de 35%, recaudó US$118.000 millones; el impuesto plano, con 19% y sin exenciones, habría recaudado US$362.000 millones, el triple, mientras los asalariados pagarían menos.

Colombia lleva 22 reformas tributarias desde 1990. Casi todas buscaron apagar incendios fiscales: la salida mediocre de todos los gobiernos para conseguir plata. Es momento de una reforma estructural, que no sea la número 23, sino la última. Un impuesto plano que se declare en esa tarjeta postal, que ayude a hacer crecer la economía y que les quite las manos del cuello a empresarios y trabajadores.

Y tiene una virtud política. Hoy un gobierno puede subirle el impuesto a un sector sin que el resto se entere, y un gremio puede conseguir su exención en un parágrafo que nadie lee. Con el impuesto plano, subir la tarifa es subírsela a todos los votantes al tiempo, y cualquier excepción salta a la vista: en un formulario de ese tamaño no hay dónde esconderla. Lo que no cabe en una postal casi siempre es un privilegio.

Este artículo fue publicado originalmente en La República (Colombia) el 14 de octubre de 2026.