La maldad del "buena gente"

Alfredo Bullard dice que la institucionalidad puede ser buena o perversa; formal e informal.

Por Alfredo Bullard

Alejandro se sube a un taxi. En el camino, el chofer le ‘mete letra’. “¿Ha visto todo lo que está pasando? Todos son unos corruptos y ladrones. Los políticos y los empresarios. Estamos hasta el perno. Ojalá terminen todos presos”.

Alejandro le pregunta entonces al taxista: “¿Nunca le ha pagado una coima a un policía?”. El taxista se sonríe: “Esa es otra cosa. Si te paran y no les pagas, no te dejan trabajar. Eso no es ningún delito”.

La esquizofrenia es evidente. Para el taxista es fácil ver a los demás como corruptos, pero le cuesta verse a sí mismo como corrupto. Juzga al que paga, pero se autolibera de culpa cuando él mismo paga. Justificamos en nosotros lo que consideramos injustificable en lo demás.

Lo curioso es que es más probable que el taxista acepte en la discusión que puede haber alguna justificación para que las empresas paguen coimas por obtener contratos a que acepte que pagarle una coima a un policía no tiene justificación.

En una ocasión, un abogado me contó la siguiente historia real. Una vez, un juez llamó a un empresario que tenía un juicio en su juzgado. Se reunieron y le pidió una importante cantidad de dinero a cambio de fallar a su favor. El empresario aceptó. Le dijo: “Perfecto. Usted da la sentencia y yo le mando la plata”. El juez replicó de inmediato: “No. Así no son las cosas. Usted me da la plata y yo saco la sentencia”. El empresario, desconfiado, le preguntó: “Y si yo le doy la plata, y usted no saca la sentencia?”. El juez, molesto, le increpó: “¡Señor, estamos entre caballeros!”.

Se suele decir que en el Perú no tenemos instituciones. Pero en realidad estamos llenas de ellas. Tenemos una institucionalidad sólida, viva y vigente. Es solo que es una institucionalidad perversa.

Las instituciones son las reglas de juego, son los límites y permisos a la conducta que experimentamos y que explican por qué hacemos las cosas. Algunas instituciones son formales: la ley que prohíbe pasarse una luz roja o las que dicen que hay que pagar impuestos o respetar los contratos. Otras son informales: la regla social que nos hace hacer cola para comprar nuestra entrada al cine, o ser puntual o darnos la mano para saludarnos. Y, a su vez, el marco institucional requiere de mecanismos de ‘enforcement’ o exigibilidad que nos haga cumplir las reglas: el policía que nos pone una multa cuando cruzamos en luz roja o la sanción social de considerarnos malcriados y poco confiables cuando no saludamos o llegamos tarde a una reunión.

Siempre se usan como ejemplos de institucionalidad reglas aparentemente buenas, que empujan virtudes antes que defectos. Pero esa es una visión incompleta. Hay instituciones malas, que empujan la maldad y la vileza, y están tan arraigadas y claras que las seguimos muchas veces sin darnos cuenta de lo que significa.

Odebrecht no trajo la corrupción al Perú. Solo aplicó técnicas sofisticadas para aprovechar las instituciones peruanas. La coima es una verdadera institución, llena de reglas estables, conocidas y exigibles que funcionan como un reloj (si se comparan con las reglas de tránsito). 

Y como toda institución que funciona, es percibida como natural, hasta necesaria. De allí al “qué importa si roba, si hace obra” o al “plata como cancha” solo hay un paso. 

Lo malo de la institucionalidad perversa y generalizada es que genera lo que Hanna Arendt llamaba la “banalidad del mal”. El mal no es patrimonio de los malvados. Por el contrario, está en las personas comunes y corrientes, en las de carne y hueso que aman a su esposa, quieren a sus hijos, respetan a sus amigos y dan limosnas a los pobres. Ese mal convierte en monstruos a personas que consideramos buena gente.

El cambio institucional en el Perú es difícil, no porque no haya institucionalidad, sino porque la que hay es sólida y enraizada. Alguna vez creí que Alberto Fujimori preso sería suficiente para acabar con la sensación de impunidad que refuerza la mala institucionalidad. Me equivoqué. Ojalá que todo lo que está pasando sí nos conduzca a un nuevo paradigma. Si no, nada habrá valido la pena.

Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 11 de diciembre de 2017.