La guerra comercial que nunca para

Steve H. Hanke señala que la administración de Ronald Reagan en los ochenta pretendió combatir el "problema" del déficit comercial de EE.UU. con Japón vía medidas proteccionistas que acarrearon considerables costos para los consumidores y exportadores estadounidenses y sin haber logrado su cometido.

Por Steve H. Hanke

A principios de este mes, la Casa Blanca suspendió los aumentos de aranceles sobre los productos chinos que se suponía debían entrar en efecto el 15 de octubre. Como se suele decir, gracias a Dios por los pequeños favores. La realidad es que el Presidente Donald Trump está “metido de cabeza” en una guerra comercial con China. EE.UU. es un poder imperial que está fatalmente atraído a las guerras comerciales. Las hostilidades continuarán.

Noventa y cinco porciento de lo que lee en la prensa acerca de la economía y las finanzas está mal o es irrelevante. Esa tasa es incluso superior cuando se trata de la cuestión del déficit comercial de EE.UU. Los políticos se expresan con una retórica neo-mercantilista que carece de fundamento, diciendo que el déficit comercial es una enfermedad causada por extranjeros que usan prácticas comerciales injustas. Los líderes empresariales también creen y repiten tales visiones sin fundamento acerca de la fuente del déficit comercial de EE.UU. En su búsqueda de visiones negativas, la prensa se agarra de este sinsentido. Desafortunadamente, un segmento importante del público se pierde en este entramado de reportajes y se monta ciegamente en el vagón mercantilista. Las ideas mercantilistas tienen piernas que sirven de soporte a la guerra comercial de Trump. Esto es desafortunado dado que la guerra comercial es un juego de suma cero. De hecho, el Fondo Monetario Internacional estima que el costo de la guerra para la economía global en 2020 podría llegar a $700.000 millones, una pérdida equivalente a la economía de Suiza.

Armados con los principios económicos y evidencia empírica sólida, Edward Li y yo hemos sido capaces de revertir la sabiduría convencional acerca del déficit comercial. Presentamos argumentos y datos en nuestro artículo “El extraño y fútil mundo de las guerras comerciales” que aparecerá en la edición de Otoño de 2019 del Journal of Applied Corporate Finance.

¿Por qué los estadounidenses mercantilistas modernos están tan equivocados? Hoy, su visión del comercio internacional y de las cuentas externas tiene raíces en cómo operan los negocios particulares. Un negocio sano genera flujos positivos de efectivo —los ingresos exceden a los egresos. Si un negocio no puede generar un flujo positivo de efectivo de manera sostenida o no puede endeudarse más o emitir más acciones para financiarse, entonces será obligado a declarar su bancarrota.

Los líderes de negocios emplean este concepto de flujo libre de efectivo cuando piensan acerca de la economía y su balance exterior. Para ellos, un balance negativo en la cuenta externa de la nación es el equivalente a un flujo negativo de efectivo para un negocio. En ambos casos, está saliendo más efectivo de lo que está entrando.

Pero este razonamiento contiene la clásica falacia de composición. Esta es la creencia de que lo que es cierto de una parte (un negocio) es cierto del todo (la economía). En suma, la economía está llena de falacias. Estas causan que los empresarios y muchos otros confundan sus propios argumentos acerca del comercio internacional y de los balances externos más allá de la razón. En fin, muchos albergan ideas mercantilistas y creen que el déficit comercial es un problema que es causado por los extranjeros. 

Según los mercantilistas, los principales agitadores para EE.UU. en décadas recientes han sido Japón y China, los dos contribuyentes más importantes al déficit comercial de EE.UU. Como muestra el gráfico abajo, el comercio con Japón constituía la mayor parte del déficit comercial de EE.UU. durante la década de los ochenta y noventa, con picos de 56,4% del total en 1981 y 58,4% en 1991. Sin embargo, desde los noventa, China ha superado a Japón como el principal contribuyente al desbalance comercial de EE.UU.

Enfrentados con esas contribuciones significativas —primero por parte de Japón y luego de China— los mercantilistas, en un intento de corregir “el problema”, han tomado represalias. Durante los años de Reagan, Japón era visto como un enemigo con el que teníamos que lidiar. De hecho, el gobierno de EE.UU. fue severo con las importaciones de autos japoneses. Frente a una gran presión, los japoneses aceptaron los acuerdos de restricción voluntaria (VRAs, por sus siglas en inglés) para limitar la exportación de sus autos a EE.UU. Los VRAs sobre las exportaciones de autos impusieron costos a los consumidores estadounidenses de más de $1.100 millones al año durante los 1980s, lo cual significa que costó alrededor de $240.000 cada trabajo salvado en la industria automotriz doméstica. En Japón, sin embargo, los VRAs resultaron ser una bonanza para las empresas japonesas: en virtud de los VRAs, los productores de autos llenaron su cuota de exportación a EE.UU. con autos de rango más alto que tenían precios mayores y les acarreaban un margen de ganancia superior.

Washington también incrementó la presión sobre Japón para apreciar el yen en relación al dólar. Un yen en constante apreciación lograría, según sus partidarios, reducir la contribución de Japón al déficit comercial de EE.UU. Los japoneses cedieron ante esta presión, y el yen se apreció, pasando de 360 en relación al dólar en 1971 a 80 en 1995. Pero esta apreciación masiva del yen no logró impactar de manera importante las exportaciones de Japón a EE.UU., contribuyendo Japón más que cualquier otro país al déficit comercial de EE.UU. hasta el año 2000 (ver gráfico). Además, en abril de 1995, el Secretario de la Tesorería Robert Rubin se dio cuenta –aunque sea tarde— que la gran apreciación del yen estaba provocando que la economía japonesa caiga en una espiral deflacionaria. Como resultado de esto, EE.UU. dejó de acosar al gobierno japonés en torno al valor del yen, y el Secretario Rubin empezó a invocar su ahora famoso mantra del dólar fuerte.

Mientras que la retórica de Washington hacia las prácticas comerciales de Japón era unidimensional y decididamente negativa —Japón era considerado culpable de emplear tácticas comerciales mañosas— en público difícilmente se decía una palabra acerca de las prácticas comerciales de EE.UU. Sin embargo, había mucho que se estaba diciendo a puerta cerrada y dentro de la administración. Yo era parte del personal para el portafolio comercial japonés dentro del Consejo de Asesores Económicos (CEA, por sus siglas en inglés) del Presidente Reagan. En cada ocasión posible, el CEA clamaba porque EE.UU. eliminara las barreras que estaban de hecho restringiendo las exportaciones estadounidenses hacia Japón. Específicamente, el CEA argumentaba que las restricciones a la exportación de aceite de Alaska a Japón y las prohibiciones de exportar leños cortados en tierras federales debían ser eliminadas.

Al final del segundo periodo del Presidente Reagan, William A. Niskanen, quien fuera un miembro destacado del CEA del Presidente, escribió demostrando su desacuerdo: “El objetivo consistente del presidente era el libre comercio, tanto en EE.UU. como en el extranjero. En respuesta a la presión política doméstica, sin embargo, la administración impuso más restricciones nuevas sobre el comercio que cualquier administración desde la de Hoover”.

Aunque la contribución de Japón al déficit comercial de EE.UU. eventualmente empezó a caer, el déficit comercial de EE.UU. continuó expandiéndose. De manera que las políticas proteccionistas que eran dirigidas a Japón fracasaron al no lograr el objetivo que los mercantilistas deseaban.

Luego de las confrontaciones de la administración de Reagan con Japón durante los 1980s, la discusión del comercio internacional se volvió menos controversial (con la excepción de la retórica de los candidatos presidenciales de partidos secundarios como Ross Perot en 1991 y 1996 y Patrick Buchanan en el año 2000), y la política generalmente favoreció la eliminación de las barreras comerciales.

Por supuesto, todo eso cambió con la llegada del Presidente Trump y su grupo de mercantilistas. Para cuando llegó Trump a la presidencia, China había superado a Japón como el principal contribuyente al déficit comercial de EE.UU. Hoy, la porción del déficit comercial que corresponde a China (48%) supera con creces aquella que pertenece a Japón (7,7%). Debido a la mentalidad mercantilista del Presidente Trump, él ha puesto la mira en China. El Presidente ha impuesto aranceles y cuotas a prácticamente todo lo que está bajo el sol. Ha llegado incluso a “ordenarle” a las empresas estadounidenses dejar de hacer negocios en China bajo la cuestionable Ley de Poderes Económicos Internacionales de Emergencia de 1977. Como consecuencia de esto, EE.UU. está profundamente involucrado en una guerra comercial con China. No obstante, es notable que esta guerra no ha generado resultados en términos de reducir el déficit comercial total; de hecho, el déficit comercial general de EE.UU. ha aumentado significativamente desde que llegó Trump a la presidencia. Como muestra el gráfico, la porción de China de ese creciente déficit también ha aumentado ligeramente. Desafortunadamente, los mercantilistas no le prestan atención a la historia y al razonamiento económico con fundamento. Conforme ellos mantengan su influencia, no habrá fin para las guerras comerciales y habrán perdedores en ambos lados —un juego de suma cero. 

Este artículo fue publicado originalmente en Forbes (EE.UU.) el 13 de octubre de 2019.