La energía no solo tiene que ver con las centrales eléctricas: tiene que ver con la vida
Zion Lights dice que para promover el desarrollo humano, hay que facilitar el acceso a una energía limpia, abundante y fiable, en lugar de restringirlo.
Por Zion Lights
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Resumen: La energía es un motor fundamental para la salud, la prosperidad y la resiliencia humanas. A lo largo de la historia, la ampliación del acceso a una energía fiable ha permitido una mayor longevidad, crecimiento económico y estabilidad social, mientras que la escasez de energía ha limitado las oportunidades y el bienestar. Una política energética centrada en el ser humano debe dar prioridad a la abundancia, la fiabilidad y la mejora continua, en lugar de tratar el uso de la energía como algo que debe racionarse y restringirse.
La energía está tan profundamente entretejida en la vida moderna que es fácil olvidar lo que realmente hace por nosotros. La notamos más cuando desaparece, cuando se apagan las luces, las casas se enfrían y el transporte se detiene. En esos momentos, la energía deja de ser una cuestión política abstracta y se convierte en algo mucho más básico: supervivencia, oportunidad y dignidad humana.
A lo largo de la historia de la humanidad, el progreso ha ido de la mano de la abundancia energética. Durante la mayor parte de nuestra existencia, las personas vivían al límite de la subsistencia. La esperanza de vida era corta, el trabajo físico era implacable e incluso pequeñas perturbaciones, como el mal tiempo o las malas cosechas, podían ser devastadoras. Lo que cambió esa trayectoria no fue solo el despertar moral y la mejora de las instituciones, sino el acceso a fuentes de energía más fiables y concentradas.
El carbón liberó a las sociedades de las limitaciones de la fuerza muscular y la madera. El petróleo y el gas impulsaron la movilidad, la industria y la agricultura moderna. La electricidad transformó los hogares, las ciudades, la sanidad y las comunicaciones. Cada paso adelante en la escala energética hizo que las personas fueran más sanas, más ricas y más resilientes. La energía fue el multiplicador que permitió que el ingenio humano creciera.
Por eso la energía nunca debe tratarse como un mero insumo o un detalle técnico. Es la base sobre la que se asienta casi todos los indicadores del bienestar humano. El agua potable requiere bombeo y tratamiento. La medicina moderna depende de la refrigeración, la esterilización y los equipos de precisión. La seguridad alimentaria depende de los fertilizantes, el transporte y el almacenamiento en frío. La educación, la información y las oportunidades económicas dependen de una energía fiable. Donde la energía es escasa, la vida se ve limitada.
Sin embargo, en los debates actuales sobre la energía, esta suele quedar en un segundo plano. Se debate principalmente en términos de objetivos de emisiones, costos del sistema o límites de consumo. Estas son consideraciones importantes, pero cuando la política energética pierde de vista para qué sirve la energía, corre el riesgo de desvincularse de las necesidades humanas, especialmente de las necesidades de los que menos tienen.
En todo el mundo, cientos de millones de personas siguen sin tener acceso a una electricidad fiable. Miles de millones dependen de la biomasa tradicional para cocinar, lo que los expone a una peligrosa contaminación del aire interior. Para estas poblaciones, la cuestión no es si se debe reducir el consumo de energía, sino cómo se puede ampliar el acceso de forma segura, asequible y rápida. Decirle a las personas que cocinan sobre fogones abiertos o estudian a la luz de las velas que el progreso requiere un menor consumo de energía no es una propuesta moral seria.
Incluso en los países ricos, la abundancia de energía sustenta la estabilidad social y la confianza pública. La calefacción y la refrigeración asequibles protegen a las personas mayores y vulnerables. Una energía fiable mantiene los alimentos asequibles y las cadenas de suministro intactas. Cuando la energía se vuelve poco fiable o inasequible, las consecuencias son inmediatas y políticas: estrés en los hogares, declive industrial y reacción pública. No se trata de efectos secundarios, sino de señales de que algo esencial para la vida humana se está viendo socavado.
Eso no significa que deban descartarse las preocupaciones medioambientales. Al contrario, el progreso medioambiental ha ido históricamente de la mano del avance tecnológico y la innovación energética. El aire más limpio, el agua más segura y la reducción de la contaminación local no se lograron congelando el desarrollo, sino mejorando la forma en que se produce y se utiliza la energía.
Se ha colado un error en el debate sobre la transición energética: se hace hincapié en la escasez en la búsqueda de objetivos de cero emisiones netas, en lugar de en la abundancia y la resiliencia. El verdadero reto no es utilizar menos energía, sino construir sistemas energéticos más limpios, más fiables y más abundantes. La escasez no es una estrategia climática, la restricción no es un plan de desarrollo, y el progreso humano siempre ha provenido de la ampliación de las posibilidades, en lugar de su reducción.
Con demasiada frecuencia, los debates públicos plantean la energía como algo que hay que racionar en lugar de mejorar. Ese planteamiento corre el riesgo de convertir la política energética en un ejercicio moral de suma cero, en el que la comodidad, la movilidad o el crecimiento se tratan como caprichos en lugar de logros. La historia sugiere la lección contraria: las sociedades que resuelven los problemas mediante la innovación y la abundancia superan a las que intentan gestionar el declive.
Un enfoque de la energía centrado en el ser humano parte de los resultados, no de abstracciones. ¿Una política mejora la salud de las personas? ¿Reduce la pobreza? ¿Aumenta la resiliencia ante las crisis? ¿Amplía las oportunidades entre generaciones y fronteras? Estas preguntas son más difíciles de responder que establecer objetivos, pero son las que importan.
También apuntan hacia un camino más optimista hacia el futuro. Las herramientas para el progreso, como la energía nuclear avanzada, las mejores redes eléctricas y el almacenamiento mejorado de energía, son reales y están mejorando. La tarea no consiste en renunciar al uso de la energía, sino en desplegar estas herramientas a gran escala, guiados por el principio de que la energía existe para servir a la vida humana.
En otras palabras, la política energética es política humana. Cuando tiene éxito, las personas viven más tiempo, más sanas y más libres. Cuando fracasa, los costos se miden en algo más que estadísticas; se miden en hogares fríos, hospitales a oscuras y futuros estancados.
Si queremos un futuro definido por el progreso humano, debemos empezar por reconocer una simple realidad: la energía no es un problema que haya que gestionar para eliminarlo. Cuando la energía es escasa, el bienestar se estanca o retrocede; cuando la energía es abundante, las personas y el planeta pueden prosperar. La energía es vida, y los sistemas energéticos abundantes, fiables y en continua mejora se encuentran entre los mayores facilitadores del florecimiento humano jamás creados.
Este artículo fue publicado originalmente en HumanProgress.org (Estados Unidos) el 3 de febrero de 2026.