La confusión económica del vicepresidente JD Vance sobre Milton Friedman

Doug Bandow dice que las oportunidades cada vez mayores que Friedman ayudó a crear contribuyeron más que cualquier programa estatal a reducir la pobreza y promover la dignidad.

Por Doug Bandow

Gran parte de la izquierda religiosa ha albergado desde hace mucho tiempo un anhelo apenas disimulado por el socialismo. Por lo general, no se trata del marxismo-leninismo, por supuesto, a pesar de las fantasías del tipo "lo he visto y funciona" de algunos visitantes durante los primeros años de la Unión Soviética. Poco después del colapso de la URSS, asistí a un cónclave internacional sobre economía en Oxford, en el que los socialdemócratas escarmentados —los progresistas, en la jerga actual— reconocieron lo que llamaron "el juicio de la historia".

Tampoco la mayoría de quienes se autodenominan socialistas son realmente socialistas. El senador Bernie Sanders es un millonario propietario de tres viviendas que, que yo sepa, nunca ha propuesto nacionalizar toda la economía. Más bien, quiere utilizar los abundantes recursos generados por la empresa privada para financiar sus objetivos sociales. Caramba, esa es incluso la estrategia del líder comunista chino Xi Jinping: el "socialismo con características chinas" utiliza en gran medida la actividad económica privada para promover los intereses del régimen gobernante.

No obstante, siempre ha habido variantes más moderadas del colectivismo económico promovidas por los socialdemócratas y sus simpatizantes, quienes imaginaban un proceso electoral que entregara el control de sociedades relativamente libres a ingenieros sociales bien intencionados y omniscientes. Como el IRD ha documentado —y combatido— a lo largo de los años, los líderes de las principales corrientes religiosas a menudo han tendido en esta dirección. Entre los evangélicos, mostraban tendencias similares la comunidad de Sojourners, así como Ron Sider y Evangelicals for Social Action (ahora Christians for Social Action), organización que él mismo fundó. Estos activistas buscaban, en general, utilizar al Estado para abordar verdaderas dificultades y crisis humanas, pero, lamentablemente, con resultados contraproducentes con demasiada frecuencia.

Ahora, los conservadores nominales parecen estar virando cada vez más en una dirección similar. El presidente Donald Trump nunca ha mantenido una posición ideológica coherente, por lo que no es de extrañar que busque llevar a Estados Unidos de regreso al pasado, cuando el mercantilismo estaba en boga. Quizás más inquietante sea el aparente entusiasmo del vicepresidente JD Vance por una economía dirigida por el Estado.

Por supuesto, la Biblia no consagra ningún sistema económico. Fomentar el desarrollo y aumentar el crecimiento no eran la misión de los profetas y apóstoles. De hecho, ni el funcionamiento del antiguo reino hebreo ni el de la comunidad cristiana del Nuevo Testamento ofrecen muchos consejos útiles sobre cómo organizar y mantener una sociedad industrial moderna. Las buenas intenciones de las personas tampoco importaban mucho. Como preguntó Santiago: "Supongamos que un hermano o una hermana no tienen ropa ni comida diaria. Si alguno de ustedes le dice: 'Ve, te deseo lo mejor; mantente abrigado y bien alimentado', pero no hace nada respecto a sus necesidades físicas, ¿de qué sirve?"

Como entendió el hermano de Jesús, lo que importa son los resultados prácticos. Según ese criterio, el enfoque del presidente se queda corto. Por ejemplo, su política comercial, si es que merece llamarse así, es esencialmente una guerra comercial contra el mundo entero. Su campaña ha elevado los precios al consumidor, ha aumentado los costos de producción, ha paralizado a los fabricantes nacionales y ha destruido empleos estadounidenses. El vicepresidente insistió recientemente en que "la economía es una herramienta al servicio de la dignidad de la persona humana". Si es así, no debería estar alabando la “Trumoponomía".

Resultaron particularmente curiosas las críticas de Vance a Milton Friedman, el economista ganador del Premio Nobel que hizo mucho en las décadas de 1970 y 1980 para revivir el pensamiento económico liberal clásico, junto con el tipo de políticas que generalmente promovió el presidente Ronald Reagan. Siento un cariño especial por Friedman, a quien conocí mientras estudiaba en la Facultad de Derecho de Stanford y trabajaba a tiempo parcial en la Institución Hoover. Más tarde, él me nominó para ser miembro de la Sociedad Mont Pelerin, un refugio para los liberales clásicos que se había creado durante los días difíciles de la Guerra Fría.

Vance descartó las ideas de Friedman como más relevantes "en un mundo donde existen barreras cristianas en todo". En realidad, el vicepresidente se equivoca por completo. Como advirtió Lord Acton en su famosa frase: "El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente". Un sistema de mercado libre y competitivo es vital precisamente cuando la tentación y la oportunidad de que los funcionarios del gobierno hagan mal uso del poder son mayores. En ese momento, la dinámica del mercado puede ser la fuerza más poderosa disponible para limitar el uso abusivo e incluso tiránico del poder estatal.

Vance criticó acertadamente que se convirtiera el desarrollo económico "en una especie de ídolo" —después de todo, Dios nos ha advertido contra el amor al dinero—, pero el vicepresidente no debería descartar la importancia del crecimiento económico, especialmente para quienes tienen menos. Incluso Marx reconoció que la productividad económica del capitalismo sacó a la mayor parte del mundo de una pobreza extrema. Las oportunidades en expansión que Friedman ayudó a crear hicieron más que cualquier programa estatal para reducir la pobreza y mejorar la dignidad.

Además, los gobiernos se han equivocado sistemáticamente más de lo que han acertado con sus políticas económicas. El siglo XX fue el triunfo de "El Plan". La Primera Guerra Mundial generó el "socialismo de guerra", que dejó al continente europeo en ruinas. De ese conflicto surgieron los comunistas, los fascistas y los nazis. Sus intentos por crear un "Hombre Nuevo" —tanto en lo económico como en lo social e ideológico— variaron en los detalles, pero fueron, sin excepción, un fracaso. Los estados de bienestar más moderados de Occidente, incluido el New Deal de Franklin Delano Roosevelt, contribuyeron en gran medida a obstaculizar la recuperación y a frenar el crecimiento. Sin embargo, la "política industrial" se puso de moda más tarde en Washington, cuando los políticos de Estados Unidos temían que Japón fuera a superar a Estados Unidos económicamente. En 1991 se publicó un libro que incluso predecía un conflicto militar entre Estados Unidos y esta nueva potencia emergente. Sin embargo, la economía de esa nación pronto se estancó y todos perdieron la fe en que Tokio fuera el futuro. Mientras que hoy Estados Unidos se preocupa por los avances de China, esta última ha gastado miles de millones para impulsar una industria de chips semiconductores que sigue estando rezagada respecto a la de Estados Unidos.

Si bien los mercados siguen siendo imperfectos, el control estatal es aún menos impecable. La propiedad privada limita el daño causado por cualquier actor incompetente o corrupto; la política estatal, con demasiada frecuencia, multiplica las consecuencias negativas de las malas decisiones. Además, la ostentosa especulación de la familia Trump a costa de la política estatal ofrece una advertencia importante contra la idea de entregar aún más poder a cualquier presidente. La razón por la que los intereses económicos influyentes gastan miles de millones de dólares para controlar los gobiernos estadounidenses en todos los niveles es protegerse de esa autoridad y, con demasiada frecuencia, utilizar ese poder para su propio beneficio.

Dios no nos indica qué pensar sobre economía o política. Solo las ideologías totalitarias están vedadas a los creyentes. El notorio jurista nazi Roland Freisler, quien juzgó a los conspiradores de julio de 1944 contra Adolf Hitleropinó: "Hay una cosa… que nosotros, los nacionalsocialistas, y los cristianos tenemos en común, y solo una: ambos exigimos al hombre en su totalidad".

Sin embargo, un sistema de mercado protege mejor la libertad. Y responde de manera más eficaz en lo económico. Debemos promover el florecimiento humano. Es más probable que eso ocurra en un mundo en el que la economía sea ampliamente libre y los funcionarios públicos, como el vicepresidente, tengan una autoridad muy limitada para doblegarla a su voluntad.

Este artículo fue publicado originalmente en Institute on Religion and Democracy (Estados Unidos) el 17 de julio de 2026.