¿Jekyll y Mr. Hyde?

Javier Garay señala que el gobierno de Abelardo de la Espriella está conformado, por un lado, por una élite técnica que cree en el libre comercio y, por otro lado, una tendencia que sitúa la identidad nacional como eje central de la acción política.

Por Javier Garay

El gabinete del nuevo gobierno en Colombia parece compuesto por dos personalidades políticas distintas.

La victoria de Abelardo de la Espriella generó mucho optimismo en Colombia. Significó un freno a las pretensiones autoritarias del movimiento de Gustavo Petro y abrió la posibilidad de recuperar el sendero que llevaba el país hasta 2022.

No obstante, ese optimismo debe moderarse dadas las realidades de la administración pública y, más importante aún, las tensiones que parecen formar parte del nuevo gobierno.

Sobre lo primero, algunas de las promesas de de la Espriella son de muy difícil realización. Otras, incluso, resultan contradictorias. Si bien es cierto que es necesario, por ejemplo, un ajuste fiscal del lado del gasto, no es claro que pueda materializarse la promesa de reducirlo en un 40%. Existen restricciones legales y políticas que permiten dudar de ello. Este último punto ilustra bien la contradicción: al tiempo que promete una reducción sin precedentes del gasto, el presidente también plantea aumentar las transferencias para ciertos grupos sociales. Lograr ambas cosas parece la cuadratura del círculo.

Pero lo más importante es que este gobierno parece estar adoptando las características de la famosa historia de Jekyll y Mr. Hyde. No quiero decir con esto que una de las tendencias sea inherentemente buena y la otra inherentemente mala, ni siquiera cuál podría ser cuál. Eso deberá decidirlo cada lector.

Lo que sí observo es que el gobierno está conformado, por un lado, por una élite técnica, formada en las principales universidades del mundo, que privilegia la evidencia empírica y el conocimiento especializado como base para la formulación de políticas públicas, representada por el vicepresidente José Manuel Restrepo. Por el otro, existe una tendencia que privilegia la soberanía nacional, cuestiona el consenso tecnocrático y las élites tradicionales, y sitúa la identidad nacional como eje central de la acción política. Uno de sus representantes es el designado canciller, Omar Bula.

Se trata de dos corrientes políticas que, en principio, resultan difíciles de conciliar. La primera privilegia el conocimiento especializado y los criterios técnicos; la segunda otorga mayor importancia a objetivos políticos asociados con la identidad nacional y la soberanía. Por falta de espacio, no pretendo hacer aquí un juicio normativo sobre ninguna de ellas, sino simplemente describir sus diferencias. Sus implicaciones merecen una discusión mucho más amplia, que espero abordar en futuras columnas.

Las diferencias también se reflejan en el tipo de decisiones que cada una privilegia. Para una, el libre comercio constituye la base del bienestar; para la otra, es un instrumento subordinado a objetivos nacionales. Desde esta última perspectiva, el proteccionismo no es visto con malos ojos.

En política internacional ocurre algo similar. Para una de estas corrientes, es fundamental que el país respete los compromisos adquiridos en los escenarios multilaterales y preserve su credibilidad internacional. Para la otra, esos compromisos representan con frecuencia una forma de injerencia externa, hasta el punto de que algunas organizaciones internacionales dejan de verse como espacios de cooperación para convertirse en limitaciones a la soberanía nacional.

La tercera diferencia gira alrededor de la llamada guerra cultural, entendida como la convicción de que las disputas sobre la identidad nacional, la familia, el género, el multiculturalismo y la soberanía cultural constituyen el eje central de la política contemporánea. Para una corriente, estos debates son inexistentes o, al menos, secundarios. Para la otra, son determinantes.

Detrás de estas diferencias existe, además, una profunda desconfianza mutua. Quienes privilegian el conocimiento especializado y la evidencia suelen ver con preocupación el ascenso de una política centrada en la identidad y el nacionalismo. A su vez, quienes reivindican esta última consideran que buena parte de ese conocimiento técnico refleja los intereses y las visiones de una élite con pretensiones universales más que verdades objetivas.

Podríamos seguir. El punto es que, en principio, ambas corrientes parecen contradictorias e incluso irreconciliables. Pero hay un problema adicional: el gobierno dura apenas cuatro años y los recursos —financieros, humanos e incluso de atención— son limitados. No se puede tener todo como prioridad ni lograrlo todo al mismo tiempo. Como si fuera poco, la nueva administración enfrenta una multiplicidad de crisis —salud, situación fiscal, energía, fenómeno de El Niño y seguridad, entre las más importantes—, lo que restringe aún más su margen de acción.

Puede que este gobierno logre mantener ambas personalidades de manera equilibrada durante un buen tiempo. Ese es, al fin y al cabo, uno de los rasgos distintivos de varios gobiernos de derecha que han llegado recientemente al poder en América Latina: combinar características nacionalistas, similares a las observadas en Estados Unidos y parte de Europa occidental, con un apego —al menos retórico— a la libertad económica.

Pero, en el largo plazo, una de las dos corrientes terminará predominando. Si la novela sirve como anticipación, sabemos que será Mr. Hyde quien prevalezca. Lástima que, al menos en esta columna, todavía no tengamos claro cuál de las dos personalidades corresponde a ese personaje. Esa discusión tendrá que quedar para otra ocasión.