Histeria de la Primera Guerra Mundial reempaquetada: La campaña para odiar todo lo ruso
Ted Galen Carpenter señala los paralelos entre la campaña para odiar todo lo ruso ahora y aquella para odiar todo lo alemán durante la Primera Guerra Mundial.
La invasión rusa de Ucrania ha desatado furia, veneno e intolerancia en EE.UU. y gran parte de Occidente democrático. Esta es una atmósfera de intolerancia que supera el periodo inmediatamente después del periodo 9/11 (especialmente aquel previo a la guerra en Irak) e incluso a la cima del McCartismo a principios de la década de 1950. De hecho, este periodo recuerda el ambiente ideológicamente tóxico en EE.UU. durante la Primera Guerra Mundial. Vladimir Putin es presentado no solo como un líder irresponsable que está desestabilizando Europa. En cambio, la imagen que los funcionarios occidentales y sus aliados en la prensa están mostrando es la de Putin como un agresor monstruoso y posiblemente incluso loco. La narrativa dominante recuerda la ofensiva de propaganda durante la Primera Guerra Mundial que presentaba al Kaiser Wilhelm II como “la Bestia de Berlín” cuyos soldados habían invadido países vecinos sin provocación.
Odiar al Kaiser se convirtió en una campaña de odio en contra de todo lo alemán. El pueblo alemán se volvió estereotipado como “los hunos”, agresores bárbaros despojando a Europa. Como en la campaña anterior, la oposición occidental a Putin y su guerra se ha convertido en un ánimo dominante en contra de todo lo ruso. Durante la Primera Guerra Mundial, las manifestaciones de actitudes anti-Alemania iban desde lo ridículo hasta lo siniestro. Los esfuerzos de prohibir pretzels en los restaurantes, y el movimiento para cambiar el nombre de las cosas que tenían nombres alemanes eran ejemplos destacados dentro de la primera categoría. Por lo tanto, los perros de raza dachshund se convirtieron en “perros de la libertad”, el sauerkraut se volvió la “col libre”, y las hamburguesas se convirtieron a “carne de libertad”.
Sin embargo, otros esfuerzos para fortalecer el sentimiento anti-alemán demostraron ser mucho más preocupantes y destructivos. Las personas eran acosadas e incluso atacadas por atreverse a hablar alemán, que era el lenguaje principal de los inmigrantes de primera generación provenientes de ese país. Peor todavía, los críticos de la guerra eran perseguidos y encarcelados simplemente por cuestionar la conveniencia de la cruzada del Presidente Woodrow Wilson para “hacer del mundo un lugar seguro para la democracia” o la constitucionalidad de la nueva conscripción militar.
La resaca de la historia durante la guerra persistió hasta el periodo de la posguerra. Los objetivos, no obstante, cambiaron desde los alemanes hacia los activistas de izquierda. La nueva ola de intolerancia culminó el Red Scare (susto rojo), cuando los izquierdistas (especialmente los inmigrantes sospechosos de tener dichos puntos de vista) fueron acusados de ser terroristas bolcheviques. Varios miles de sospechosos fueron reunidos en las notorias redadas Palmer y arrestados en campos de prisión construidos rápidamente. Los estadounidenses llegaron peligrosamente cerca de perder la Carta de Derechos durante la presidencia de Wilson debido a la histeria promovida por el gobierno.
La actual demonización de Rusia también ha ido desde los ridículo hasta lo fastidioso y siniestro. Las tiendas de licores y los supermercados en la mayoría de estados han retirado el vodka ruso de sus perchas. Los gobiernos de los estados están proponiendo prohibiciones mucho más extensas sobre un rango de productos rusos. Algo de la intolerancia ha adaptado una característica profundamente personal. Anna Netrebko, la famosa soprano rusa, ya no será invitada a presentarse en la Ópera Metropolitana luego de no cumplir con la exigencia de la compañía de que repudie públicamente a Putin.
A un nivel todavía mayor que durante la Primera Guerra Mundial, la actual actitud anti-rusa es al menos tan predominante y desagradable en el resto de Occidente como lo es en EE.UU. La Orquesta Filarmónica de Múnich despidió a su conductor ruso porque se negó a condenar a Putin. Incidentes similares se han dado en otros lugares. El premio a la intolerancia cruel, no obstante, va a los organizadores de los Juegos Paralímpicos de Invierno por prohibir que los atletas rusos discapacitados participen en su evento.
Al igual que durante la Primera Guerra mundial, los miembros de la prensa han ayudado y colaborado la actual ataque violento en contra de todo lo ruso. Además, haciendo eco de esa campaña anterior, los fanáticos anti-rusos están demandando que cualquiera que se oponga a sus opiniones sea silenciado e incluso procesado penalmente. Las conductoras del programa “The View” persuadieron a sus televidentes de que insistan que el Departamento de Justicia investigue (y ojalá acuse) al conductor Tucker Carlos de Fox News y la ex-Representantes Tulsi Gabbard (Demócrata por Hawaii) por ser agentes rusos y por haber cometido “traición”. El comentarista Keith Olbermann llamó a las fuerzas armadas a arrestar a Carlson y Gabbard como “enemigos combatientes” y mantenerlos en la cárcel esperando un juicio por “participar en una campaña de desinformación [rusa]”. El Senador Mitt Romney (Republicado por Utah), acusó a Gabbard de circular “mentiras traidoras” que podrían costar vidas.
Estos pedidos van más allá de las insinuaciones usuales y difamaciones dirigidas en contra de Carlson y otros opositores de la cruzada de Washington en contra de Rusia por parte de personas como Hillary Clinton y Anne Applebaum. Los episodios más recientes constituyen una amenaza específica en contra de los disidentes, y refleja un esfuerzo de generar no solo histeria, sino una histeria peligrosa. Dejando a un lado el punto clave de que Goldberg, Olbermann y otros caracteres intolerantes pro-guerra claramente no tienen idea acerca de la definición de traición bajo la Constitución, la actitud que ellos manifiestan es tóxica. Es precisamente la misma mentalidad que condujo a los horribles abusos de las libertades civiles durante e inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial. Sus llamados a la suprimir los puntos de vista de opositores necesitan ser repudiados de manera enfática y repetida. Ellos, en lugar de Carlson, Gabbard y otros opositores del involucramiento de EE.UU. en la guerra de Rusia con Ucrania, constituyen la verdadera amenaza a la paz y la libertad. No podemos costear una repetición de la histeria al estilo Primera Guerra Mundial.
Este artículo fue publicado originalmente en Antiwar.com (EE.UU.) el 5 de abril de 2022.