Héroes o villanos

Macario Schettino dice que las historias de héroes y villanos no sirven para comprender el pasado: Benito Juárez un héroe a pesar de que se mantuvo tercamente casi tres lustros en la presidencia mientras que Santa Anna un héroe por su capacidad como militar pero un villano después de la Reforma.

Por Macario Schettino

Los políticos profesionales, decíamos anteriormente, tienen una gran necesidad de tener poder. Son capaces de hacer casi cualquier cosa por alcanzarlo. Tal vez algunos estén en esta actividad para hacerse millonarios, aprovechando la gran corrupción, pero estoy convencido de que son pocos entre los profesionales. La mayoría de quienes se dedican a esto tiene como objetivo llegar a la presidencia del país, o cuando menos a la gubernatura del estado. En México, y en cualquier otra parte. 

Para ellos, la obtención del poder es tan importante que son capaces de subordinarse a personas que abusan de ellos, que los obligan a tomar decisiones en contra de sus convicciones, a trabajar todos los días, casi todas las horas, y vivir a duras penas durante muchos años. Conforme su suerte mejora, se convierten en esa persona que abusa de otros y les obliga a actuar según sus dictados. 

Acá en México, muchos de esos políticos profesionales consideran que utilizar dinero público para mantenerse en el poder, o para impulsar a otros de su grupo, no es corrupción. Por eso, aunque desfalcan al erario, insisten en que no son corruptos. Y de verdad lo creen. 

Por las características mencionadas, la política tiene una mala fama en todas partes del mundo. Esa fama puede ser un poco menos mala, o peor, dependiendo de las condiciones del país. Cuando las cosas van bien, se les tiene más paciencia a los gobernantes. Cuando van mal, los odiamos. 

Por eso mismo, el carácter heroico de los políticos no depende tanto de sus virtudes personales, que las tienen, sino de los resultados que dan cuando tienen poder. Y en muchos casos, los resultados no dependen de ellos, sino de una gran cantidad de circunstancias que no están en sus manos, aunque ellos lo crean, porque una condición indispensable del político exitoso es una vanidad a toda prueba, casi soberbia. Visto al revés, su condición de villanos es exactamente igual: fruto de resultados que, en buena medida, no dependieron de ellos. 

Por eso las historias de héroes y villanos no tienen utilidad alguna para entender el pasado, ni mucho menos el presente. La gran capacidad de Santa Anna para formar ejércitos, casi de la nada, lo convirtió en el gran personaje de México desde la Independencia hasta la Reforma, a pesar de todos sus defectos, y de los terribles resultados que lo colocan como uno de los grandes villanos de nuestra historia. La tenacidad de Juárez, por el contrario, lo ha puesto en el pedestal de héroe, sin importar que esa terquedad le haya impedido soltar la presidencia en casi tres lustros. Y así con todos los hombres ilustres de México, y del mundo entero, y también de las pocas mujeres que hasta antes de las últimas décadas pudieron ejercer poder. 

Pero si así es el pasado, así también es el presente. Recuerde que Carlos Salinas era poco menos que un héroe de nivel histórico hasta los últimos días de 1993, y de ahí se convirtió en uno de los villanos más odiados en poco más de un año. Y si su ascenso fue construido cuidadosamente por él mismo, su caída fue producto de eventos que no estuvieron bajo su control. Recuerde, los resultados, al final, determinan si un político es héroe o villano. 

El actual presidente, me parece, ha construido una popularidad basada en el ataque, la polarización, la descalificación de sus contrarios. Y así lo ha hecho desde el inicio de su carrera política. Sin embargo, su condición de héroe o villano, a pesar de todo, será determinada por los resultados del tiempo que esté en el poder. Creo que la forma en que ha operado juega en su contra, pero será el tiempo el que decida.

Este artículo fue publicado originalmente en El Financiero (México) el 22 de abril de 2019.