Poder, ¿para qué?

Macario Schettino encuentra importantes diferencias entre los funcionarios públicos y los políticos profesionales.

Por Macario Schettino

Platicamos el lunes por qué las sociedades humanas requieren de una estructura de poder, cuando superan un número de individuos realmente pequeño. Y comentamos anteriormente que una forma de entender esa estructura de poder es imaginarla como un 'bandido estacionario', fijo, que nos quita parte de nuestro dinero y a cambio nos ofrece algunas cosas. En principio, seguridad de la sociedad frente a enemigos externos (seguridad nacional), y resolución de conflictos al interior de la misma (impartición de justicia). En tiempos recientes, es decir, después de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno se ha hecho cargo de muchas otras cosas, y por ello ha requerido tomar una mayor parte de nuestro dinero. 

En cada país, las obligaciones del gobierno y los recursos con que se queda son diferentes. Sin embargo, debe ser muy claro que si le carga uno muchas cosas al gobierno, y le da uno poco dinero, el país va a funcionar mal y tendrá crisis frecuentes. Debería ser claro, pero no lo es, como lo demuestra México, donde queremos que el gobierno haga de todo, pero no aportamos recursos suficientes. Por eso tenemos servicios muy malos, notoriamente en seguridad pública, impartición de justicia y educación, por poner unos ejemplos. 

Sin importar eso, en todos los países el gobierno en realidad toma más dinero de lo que gasta de regreso, y ese dinero que sobra es parte de lo que quienes ocupan la estructura de poder consideran suyo. Desde gastos de viaje, muebles y oficinas, autos y choferes, hasta corrupción vil, estar en el poder implica tener ingresos adicionales que no son parte de la nómina. Con esto no quiero decir que todos aquellos que trabajan en el gobierno lo hagan por buscar esos ingresos. La función pública es un camino de desarrollo profesional perfectamente legítimo, y para muchos es incluso una vocación. Pero la tendencia a recibir esas prestaciones adicionales no debe olvidarse. En países poco organizados, como nosotros, la corrupción puede ser espectacular; en otros, que llevan más tiempo de estructura, se trata más de privilegios, como puede usted confirmarlo con las críticas constantes a los políticos europeos.

Pero como dijo aquél, no sólo de pan vive el hombre. Para los verdaderos políticos, los profesionales, la política no es un tema de dinero. Incluso en países con corrupción rampante, como México, buena parte de los políticos importantes no están en esa actividad para llenarse de dinero. Hay algunos que sí, y hay muchos que acumulan cierta riqueza, pero lo que mueve a los profesionales no es el dinero, es el poder. 

La capacidad de lograr que los otros hagan cosas que no querían hacer, eso es el poder. Y todos los seres humanos quieren esa capacidad, pero en diferente nivel. Algunos lo desean en tal magnitud que son capaces de cualquier cosa con tal de obtenerlo. Esos son los políticos profesionales. Piense usted por un momento lo que requiere una carrera política: años de disciplina partidista, aceptando ideas y acciones que no se comparten por completo; campañas en abundancia, fingiendo continuamente para obtener votos; debates, insultos, descalificaciones y, durante mucho tiempo, recursos muy escasos. Realmente se requiere una personalidad particular, que tienen pocas personas. 

Antes de terminar, permítame insistir en la diferencia entre los políticos profesionales y los funcionarios públicos. Los primeros buscan el poder, casi a cualquier costo; los segundos buscan un desarrollo profesional, siguen una vocación, con la esperanza de un ingreso razonable y, con algo de suerte, prestaciones atractivas en algún momento de su carrera. 

Los políticos, le digo, son personas que tienen una necesidad de tener poder que supera muchas de las otras necesidades que, para la mayoría de los seres humanos, son normales.

Este artículo fue publicado originalmente en El Financiero (México) el 10 de abril de 2019.