Extraños en un tren

Carlos Rodríguez Braun dice que sabido es que a los políticos les interesa inaugurar obras públicas, mucho más que mantenerlas, la rentabilidad política y electoral es muy superior en un caso que en el otro.

Por Carlos Rodríguez Braun

Recordé el título de la película de Hitchcock, porque ante el terrible accidente ferroviario en Adamuz, que se cobraría cuarenta y cinco víctimas mortales, el ministro Óscar Puente declaró que le parecía “extraño”.

Los datos que fuimos conociendo y los otros accidentes que se fueron sucediendo en varios lugares de España, parecieron refutar la afirmación del señor Puente. Más aún, parecía que los problemas ferroviarios no solamente no eran nada extraños, sino que eran previsibles.

Para llegar a esa conclusión tuvo que ganar peso la hipótesis que el Gobierno procuró descartar desde el principio, a saber, que la causa fundamental estaba en la infraestructura y no en los trenes, es decir, que la responsabilidad recaía totalmente en manos del Estado español, por no haberse ocupado adecuadamente de las labores de mantenimiento de la red ferroviaria.

Sabido es que a los políticos les interesa inaugurar obras públicas, mucho más que mantenerlas. La rentabilidad política y electoral es muy superior en un caso que en el otro. Pero cuando se produce un accidente, y sobre todo si es tan trágico como el de Adamuz, todas las miradas buscan a los responsables.

Y un Gobierno que lleva casi ocho años en el poder difícilmente puede convencer a la opinión pública de que no tuvo ninguna responsabilidad en la catástrofe.

Además, no pueden las autoridades escudarse en que no fueron capaces de gastar más dinero en mantenimiento porque carecían de ingresos suficientes. Al contrario, el Ejecutivo de Pedro Sánchez ha tenido unos ingresos muy considerables, tanto por la llegada de fondos europeos como por la propia recaudación interna, que alcanzó niveles récord porque el Gobierno castigó a los contribuyentes sin deflactar la tarifa del impuesto sobre la renta. Dinero, por tanto, no le faltó a nuestros gobernantes.

Ante el asombro de los ciudadanos, el deterioro institucional alcanzó a la joya de la corona del transporte: el AVE, que llegó a ser emblema y orgullo nacional.

Recemos por las víctimas y sus familiares, y porque algún día el funcionamiento deficiente o letal de nuestros ferrocarriles sea algo realmente extraño.

Este artículo fue publicado originalmente en El Periódico de Sotogrande (España) el 19 de febrero de 2026.